Opinión | Dàtils i magranes

Catedrático Emérito de Derecho Internacional
K.O.'s

El jugador del Elche André da Silva, en el partido del miércoles frente al Atlético de Madrid. / Áxel Álvarez / AXEL ALVAREZ
Hoy no me apetece escribir de lo mal que va el mundo. Hemos normalizado los más graves crímenes, aceptado que el destino del planeta esté en manos de sujetos que merecen el patíbulo, sujetos que han sustituido la diplomacia, la negociación y el compromiso por la exhibición de la fuerza bruta, haciendo del poder militar la exclusiva clave del orden que quieren imponer en su provecho. No me extraña que hayan surgido anuncios proféticos del fin que nos aguarda. Los cuatro jinetes del Apocalipsis cabalgan entre nosotros: la guerra, el hambre, la muerte y el falso Mesías, el Anticristo. ¿Lo es el presidente Trump, que se jacta de ser príncipe de la paz a través de la destrucción? ¿O acaso Donald es sólo el adelantado de una era de despiadada depredación que requiere rápidos realineamientos porque el centro de gravedad geopolítico del Bien ha cambiado de morada? Juntos somos más fuertes, era el lema de Naciones Unidas, una de las victimas, al cumplir ochenta años.
Tampoco me apetece hablar de las barrabasadas del ejército de Israel en trescientos sesenta grados a la redonda bajo la batuta del abominable Netanyahu, con una orden de captura emitida por la Corte Penal Internacional que nadie se atreve a ejecutar. Ni de los insípidos dirigentes europeos, merecedores de la insignificancia a que nos condena la ambigüedad en la defensa de valores, para los que ponemos boquita pequeña, y las amplias tragaderas con que digerimos los desmanes de nuestros socios.
Tampoco quiero hablar del estrecho de Ormuz, un estrecho estratégico que hoy concentra todas las miradas en medio de una gran confusión. Las aguas de Ormuz son en su parte más angosta mar territorial de Irán en una ribera y de Omán en la otra, y navegar por ellas en tránsito rápido e ininterrumpido es un derecho de toda clase de buques, mercantes o de guerra, de cualquier pabellón, que desean cruzar del Golfo Pérsico al Mar Arábigo y viceversa. Su importancia está avalada por las estadísticas. El negocio del petróleo y del gas natural se mueve por sus aguas. Media docena de países árabes (Iraq, Kuwait, Arabia Saudí, Bahrein, Qatar y Emiratos Árabes Unidos) son, además de Irán, ribereños del Golfo, y su única salida marítima al océano pasa necesariamente por el estrecho de Ormuz. Omán no es ribereña del Pérsico, pero domina su salida, gracias a la breve, pero atrevida, península de Musandam, un territorio separado del resto del territorio omaní por el de los Emiratos. Con estos acontecimientos uno aprende geografía física y política, no todo va a ser negativo. Por añadidura, la silueta del estrecho en manos de un psicoanalista permitiría identificar a maníacos sexuales: la prominencia del exclave omaní apunta derecha a la retraída costa de Irán y sus divertículos insulares, de no siempre pacífica historia.
Ni los ribereños ni, por supuesto, Estados Unidos tiene derecho a minar el estrecho, cerrarlo o bloquearlo; a lo más, Irán y Omán pueden establecer esquemas de separación de tráfico por motivos de seguridad, ajustándose a los reglamentos internacionales generalmente aceptados y previo sometimiento a la Organización Marítima Internacional; y así lo han hecho: dos millas de ancho en un sentido y otros dos en el inverso, con una separación de otras dos millas entre ambos. Los ribereños no pueden impedir, obstaculizar o suspender el tránsito, a menos que, tratándose de un buque mercante, amenace o cause daños graves al medio marino como consecuencia de la infracción de leyes sobre seguridad de la navegación y prevención de la contaminación. Así pues, el bloqueo de Estados Unidos, es una violación manifiesta del derecho internacional del mar, Pero ya sabemos que el presidente de los Estados Unidos, arquetipo de psicópata, tiene por suyo, como el capitán pirata al que nadie impuso leyes, cuanto abarca el mar bravío, de uno a otro confín. Puro romanticismo.
Por supuesto que los juristas reclamarían más precisiones. ¿Deben los submarinos navegar en superficie y con el pabellón bien a la vista? Ninguno lo hace. El paso en tránsito va, por otro lado, más allá del llamado paso inocente que es un derecho en el mar territorial (doce millas para Irán y otras tantas para Omán). Hay estrechos no estratégicos y estrechos con regímenes particulares como los daneses, los turcos o el de Magallanes. Se discute si el paso inocente incluye a los buques de guerra y de propulsión nuclear, o si estos han de someterse a notificación o, incluso autorización previa (como exigen Irán y Omán). Y no hemos querido hacer mención del derecho de sobrevuelo de aeronaves. Ya para nota: Omán es parte en la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (1982); Irán, que la firmó, con una larguísima declaración interpretativa, no la ha ratificado, pero sí es parte en la Convención sobre el Mar territorial (1958) que aplicaba a los estrechos el mismo derecho que se predica del mar territorial, con la salvedad de que en ellos no se permitía la suspensión del paso. Estados Unidos también es parte en la Convención de 1958, pero no en la de 1982, que ni siquiera ha firmado. Con independencia de ello, ¿acaso las reglas de la Convención de 1982 han cristalizado en normas consuetudinarias aplicables a todos o eso sólo ha ocurrido con las reglas de la Convención de 1958? Irán lo niega.
Menos mal que no quería hablar de todo lo anterior. Realmente, mi propósito era hablar de los árbitros, ahora que se inicia la etapa más dramática de la liga en que nuestro Elche se juega la permanencia en la división de honor. Es saludable desviar las angustias a asuntos que, en último término, son digeribles con una pastilla de omeprazol. Mi profesor de derecho administrativo, gran amante del fútbol, corría por la grada calificando como ¡prevaricador! al árbitro de pito avieso. Y no lo acusaba de cohecho pasivo porque gritarle ¡sobornado! aunque más grave, es menos expresivo, si se trata de amonestar con criterio. Su cultura jurídica le impedía mentar a la madre del trencilla o su cornamenta, como hacía a coro y capela la sana afición local. Pero eso queda ya para otro día.
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