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Opinión | El indignado burgués

Cámara: Una institución tóxica. Unas elecciones viciadas

Carlos Baño, en la sede de la Cámara de Alicante.

Carlos Baño, en la sede de la Cámara de Alicante. / ALEX DOMINGUEZ

Las instituciones responden a la idiosincrasia de quien las maneja. Ya lo dice el refrán: de padres cerdos, hijos cochinos o de padres gatos, hijos mininos, como prefieran. Cierto y verdad es que yo pensaba, ingenuo de mí, que algunas entidades estaban por encima de quienes, por azar o por cálculo político de alguno, las podían dirigir. Creía yo, ¡qué error, qué inmenso error!, que la historia y la trayectoria las vacunaban de todo riesgo. No es así: hay seres tan tóxicos que envenenan lo que tocan y reducen a cenizas el pasado.

Las elecciones en la Cámara de Comercio se celebran cada cuatro años, pero en esta ocasión las candidaturas han brillado por su ausencia. He vivido muchas elecciones camerales en primera línea de fuego -siete, si no recuerdo mal- y siempre había cola de empresarios que deseaban entrar en el pleno y se molestaban en buscar avales y firmas para concurrir a las elecciones en el grupo indicado, lo que no solía ser fácil. Ahora ya no. ¿Para qué? Si el único candidato a presidente es un detenido investigado por delitos de estafa y fraude, no es de extrañar que nadie serio quiera ligar su prestigio a tal quilombo. Una entidad oficial de derecho público con un presidente imputado por fraude en subvenciones, que es de lo que vive hoy la Cámara. Cóctel explosivo. ¿Se ha dado algún caso así en la historia de España? Yo diría que no, busquen en Google.

Me pregunto qué hace la institución tutelante, verbigracia la Generalitat y, por señalar, la consellera responsable, Marian Cano, y el president Pérez Llorca. Es una pregunta retórica porque sé la respuesta: nada de nada. ¿Porque no pueden o porque no quieren? Yo diría que seis de uno y media docena de otro, pero si eres presidente de la Generalitat y no tienes el valor o la fuerza para ganar el pulso que te están echando, mejor te dedicas a jugar a las tabas.

Un conocido político-empresario me dijo una vez que su norma era: “Haz lo que debas, aunque debas lo que hagas”. Vale para muchas ocasiones y esta es una de ellas. Porque dejar que el interfecto sea aclamado por un pleno de empresarios y nombrado otro cuatrienio para la presidencia de la Cámara es un desdoro para la institución, para la propia Generalitat y, por supuesto, para quienes le votan. La justicia no se va a detener y pudiera ser que no cumpliera el mandato, pero el daño ya estaría hecho.

En las actuales circunstancias la Cámara es un activo tóxico al que un empresario solvente no querría acercarse ni con un palo. Cosa diferente es que algunos confundan la relación personal o incluso el interés de su negocio con hacer lo correcto. En esta ocasión no va a haber realmente elecciones, dado que no hay confrontación y por tanto quedan proclamados automáticamente miembros del pleno los que se presentan, obviamente de la cuerda del imputado. Las elecciones son indirectas, el pleno vota entre sus miembros al presidente y al resto del Comité Ejecutivo, y es previsible que decidan bochornosamente darle un segundo mandato.

¿Por qué nadie sensato quiere hoy ser presidente de la Cámara? De la historia y el pasado se vive un tiempo. La imagen de una institución fija su valor, pero en este mundo en el que todos los imperios han durado un rato y han desaparecido sin pena ni gloria, los oropeles antiguos se deslucen en instantes y eso es lo que ha pasado.

¿Merece la pena ser presidente hoy en día? Como soy un romántico diré que sí, porque revivir un muerto está en la mejor tradición de cumplir deseos imposibles. La Cámara es un zombi que arrastra jirones de lo que fue un traje de gala, pero, bien dirigido, aún podría cumplir su papel como institución intermedia. A efectos prácticos meterse en ese avispero no compensa: una institución con mala reputación, descapitalizada por una serie de catastróficas desdichas, con un lío monumental por la sede en el Panoramis y con un futuro negro no es precisamente la novia ideal, más bien la novia cadáver.

Encima, si alguien ajeno tuviera los redaños de presentarse se vería sometido a una batería de insultos, amenazas de matón de colegio, descalificaciones e improperios. Entonces, lo sensato es dejar que se hunda sola. Cuando acaben de gastarse el poco dinero que pueda quedar en las arcas después de un cuatrienio nefasto o se pulan el edificio de la Plaza del Mar para levantar una estatua al imputado (con placa incluida), llegarán los madremías. Habrá que ver si entonces la Generalitat la rescata o deja que desaparezca. Depende de quien esté en el Palau, claro.

Eso sí, esta vez no podrá decir que gana las elecciones a un presidente que se puso sueldo oficial y que él, jamás de los jamases. Otros gajes del oficio no cuentan porque, total, con decir que tú no tienes nómina, asunto resuelto. De familiares no se dijo nada. Alguien se creerá el relato, porque siempre hay crédulos. Envidio su ingenuidad.

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