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Opinión | Desconexión digital

El cortisol

El estrés sostenido es un elemento cada vez más presente en la vida diaria.

El estrés sostenido es un elemento cada vez más presente en la vida diaria. / INFORMACIÓN

No existe nada más tranquilizador que darle una solución fácil a un problema complejo. En los últimos años, buena parte de los desequilibrios físicos y emocionales parecen tener una causa: el cortisol.

Si han leído a Cortázar, quizá lo imaginen como un gusano redondeado, color verde lima. Una especie de goma viscosa, con cuatro pelos y mal carácter. Un cronopio venido a peor. Si está regulado -centrado, dirían los expertos en Eneagrama-, salta, viaja, canta, ríe y sueña. Obedece esas reglas del optimismo doméstico que venden en Leroy Merlín para la entrada de nuestras casas. Pero cuando se descentra, va acelerado, come en exceso y mal, llora con frecuencia y duerme poco o nada.

Y entonces usted, persona humana, continente de cronopios luminosos, pero también turbios, comenzará a sospechar que un villano hormonal ha tomado su vida si cae enfermo o padece síntomas propios del malestar de este siglo. Nadie nos va a contar que vivir enganchados a una pantalla tiene más desventajas que beneficios, atrapados en la espiral del consumo y la productividad, que se disfrazan de crecimiento y amor propio. El cuerpo lanzará sus alarmas: tensión alta, mala calidad del descanso, niebla mental, y la inquietante sensación de estar olvidando siempre algo importante mientras seguimos haciendo.

Y ahí, cuando desplacemos el dedo hacia otro vídeo aleatorio, aparecerán esos que no conocemos; gente a la que le damos potestad para que nos explique una especie de horóscopo de la biología. Nos dirán, entre otras cosas, que el cortisol es como el signo Leo del zodiaco: un egocéntrico histriónico al que aplacar.

Entonces llega la solución sencilla: rutinas, suplementos, terapias con especialistas en combatir al monstruo. Lo que no nos cuentan es que no es tan sencillo sacar a la hormona de sus casillas; ella suele trabajar bien, afanada en ayudarnos a despertar, regular nuestra energía o en saber reaccionar, precisamente, ante el abuso y el estrés.

Así que puede que el bichito influya en cómo se sienten, pero menos que la instaurada costumbre de empujarnos a la acción y la atención hacia fuera constantes.

Tampoco parece una buena idea la de borrar cada vez más la línea sana que separaba la jornada laboral del día a día personal. Llevamos la oficina en el bolsillo día y noche, llamamos flexibilidad a no desconectar nunca y raro al que se resiste a caer en la trampa de la invasión virtual que hemos normalizado.

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