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Opinión | El teleadicto

"La noche de Aimar"

"La noche de Aimar".

"La noche de Aimar". / Atresmedia

Es una pena que La noche de Aimar no sea en directo. Siquiera un falso directo que se grabase pocas horas antes de su emisión. En la primera entrega pesó como una losa que el programa fuese grabado, puesto que a los dos invitados estrella de la noche, José Sacristán y Juan Diego Botto, les unía algo muy importante en su carrera: haber trabajado con Adolfo Aristarain en dos películas que cambiaron el rumbo de sus trayectorias, Un lugar en el mundo y Martín (Hache), que con buenos reflejos emitió Versión española la noche anterior.

Recién fallecido Aristarain, el mejor exponente del cine argentino humanista contemporáneo, era obligado mencionar lo que supuso el viaje a la capital argentina de Sacristán así como la repercusión que tuvo en la vida de Botto haber interpretado a Martín.

Pensemos que Mercedes Milá presentó en riguroso directo Buenas noches, los jueves por la noche a las diez de la noche de los años 1982, 1983 y 1984, en entregas de hora y media. La misma duración que tuvo La noche abierta presentada también en directo a finales de la década de los noventa.

¿A qué viene grabar los programas con tanta antelación? Es verdad que las entrevistas con los personajes pueden ser un tanto atemporales. Pero siempre es bueno que se cuelen por las rendijas del plató algunas cuestiones de la actualidad, que son las que convierten el espacio en un ente vivo, con alma.

Concluyo recordando las palabras que Eusebio Poncela decía a Botto en su película fetiche, a propósito de su homosexualidad. "Me seducen las mentes. Me seduce la inteligencia. Me seducen una cara y un cuerpo cuando veo que hay una mente que los mueve, que vale la pena conocer. Conocer, poseer, dominar, admirar".

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