Opinión | En la barra del Café Época
A mí no es que me canse pensar, lo que me pasa es que estoy polarizado

El hemiciclo del Congreso de los Diputados. / E. Parra / Europa Press
En estos tiempos que corren, donde todo son prisas, arritmias y ansiedades, una de las actividades más descansadas a las que uno se puede dedicar es a la polarización política, donde aquello de pensar es algo subsidiario, innecesario y fatigoso, un proceso intelectual que de suyo requiere una importante dosis de esfuerzo, matices, prudencia, lectura, escucha, memoria, humildad y, en los casos más graves, hasta admitir que el adversario puede tener razón en algo en lo que dice, ¡la Virgen del Amor Hermoso!, ¡qué por nadie pase!, una barbaridad, una práctica casi subversiva. Por fortuna para la peña, la polarización ha venido a rescatarnos de ese tormento intelectual y a ofrecernos un método mucho más cómodo de relacionarnos con la actualidad: elegir un bando, aprender cuatro consignas y repetirlas con la solemnidad de quien acaba de descubrir la pólvora.
La polarización como actitud tiene una ventaja evidente: simplifica el mundo, el cual, debido a su natural complejidad, resulta francamente incómodo, pues hay guerras con causas múltiples, problemas económicos con raíces históricas, crisis sociales con responsabilidades compartidas, debates morales llenos de zonas grises y decisiones públicas que exigen equilibrio entre bienes contradictorios, lo cual constituye demasiado trabajo para unos simples mortales, siendo mucho más fácil y simple el dividirlo todo entre «los nuestros» y «los otros», entre la luz y las tinieblas, entre la decencia y la equivocación, que, casualidades de la vida, la decencia suele coincidir siempre con mi opinión y el error con la de mi cuñado.
El ciudadano polarizado es un prodigio de eficiencia mental, él no necesita leer una noticia: le basta con saber qué medio la publica; no necesita escuchar un discurso: le basta con identificar quién lo pronuncia; no necesita analizar una propuesta: le basta con conocer de qué partido procede, de tal forma que, si la medida la plantean los míos, es audaz, necesaria y responsable, pero si la plantean los otros es sectaria, peligrosa y probablemente anticonstitucional, aunque consista simplemente en arreglar una acera, plantar tres árboles o regular el horario de las bibliotecas.
La coherencia, en este contexto, se ha convertido en una molestia burguesa, en la que uno puede defender hoy lo que ayer combatía con entusiasmo, siempre que el cambio venga avalado por las siglas correspondientes, de tal forma que si mi partido sube impuestos, se llama justicia social, pero si los sube el adversario, expolio fiscal; si mi partido pacta, demuestra altura de miras, si pactan los otros, se entregan al chantaje; si mi partido rectifica, escucha a la ciudadanía, pero si rectifican los demás, improvisan, como ven, todo tiene explicación, todo encaja, ya que la verdad es flexible; la lealtad, rígida.
La polarización tiene también una dimensión deportiva que no conviene despreciar, pues antes uno veía el fútbol para liberar tensiones y pasiones a la vez que aprovechaba para insultar al árbitro, pero ahora, eso mismo puede hacerlo con una rueda de prensa, una comisión parlamentaria o una votación municipal. En este contexto, la política ha adquirido la épica del derbi: bufanda, cántico, enemigo, árbitro vendido y tertuliano de confianza, en el que el debate público se ha convertido en un graderío en el que ya no se discute para convencer, sino para marcar territorio, donde no se argumenta, se embiste; donde no se responde: se etiqueta; y ay de quién dude, ¡qué no le pase na!, pues el matiz es el verdadero enemigo de nuestro tiempo, resulta sospechoso, huele a cobardía y a falta de compromiso. En estas lides, el tibio, el equidistante, el que dice «depende», el que osa afirmar que en un asunto concreto puede haber razones atendibles en ambos lados, merece el destierro inmediato, mientras que el fanático, por el contrario, goza de una reputación admirable: habla fuerte, no pestañea y jamás permite que los datos arruinen una buena indignación. Porque esa es otra: la indignación ha dejado de ser una reacción moral para convertirse en una dieta diaria, pues hay quien desayuna café, tostada y ultraje, a media mañana, se relame con un pequeño escándalo, para comer se zampa una polémica nacional, por la tarde, se hace un par de pinchos de agravios comparativos y un editorial furioso, y para finalizar por la noche, nada mejor que una tertulia con postre de apocalipsis. Vivimos instalados en una hipérbole permanente, como si cada declaración, cada gesto, cada fotografía y cada silencio fueran el preludio del Armagedon y luego, al día siguiente, vuelve a salir el sol y todo continúa como si nada.
Las redes sociales, naturalmente, han elevado esta gimnasia al rango de arte mayor, ya que allí cada usuario puede convertirse en fiscal general del Estado, en catedrático de Derecho Constitucional, epidemiólogo, economista, experto en geopolítica y juez de instrucción, todo ello antes de las once de la mañana y sin abandonar el sofá. Las redes no han inventado la estupidez, sería injusto acusarlas de tanto mérito, pero sí le han dado megáfono y audiencia. Antes el disparate moría en la barra de un bar, ahora se viraliza, se monetiza y se convierte en tendencia.
El resultado de la polarización es una sociedad dividida en tribus que se miran con una mezcla de desprecio, miedo y superioridad moral, donde cada una de ellas consume sus propios medios, celebra sus propios héroes, absuelve sus propios pecados y exagera los ajenos con una dedicación admirable y donde la moderación queda para los ingenuos, los pagafantas o los que son más simples que el mecanismo de un botijo. Pero lo más absurdo de toda esta locura, es que, mientras nos entretenemos en esta guerra de trincheras, a los problemas reales les traen al pairo nuestras disputas: la vivienda no baja de precio porque alguien gane una discusión en televisión; la sanidad no mejora porque un diputado haya colocado una frase ingeniosa; la educación no se arregla con un meme; la deuda pública no desaparece por acumulación de indignación y los jóvenes no encuentran un futuro más alentador porque sus mayores hayan convertido la política en una pelea de gallos con argumentario.
La polarización es, en el fondo, un lujo improductivo que solo sirve para sentirse acompañado, reafirmado y moralmente impecable, pero no necesariamente para resolver nada, podríamos decir que es el equivalente político de tocar el claxon en un atasco: descarga, molesta y no mueve un solo coche, ahora eso sí, nos permite creer que participamos intensamente en la vida pública cuando, a menudo, solo estamos contribuyendo al ruido ambiental, donde existe mucha épica, pero poca fontanería; mucha bandera, pero poca gestión; mucha consigna, pero poco presupuesto; mucha pureza, pero muy poca solución.
Quizá por eso convendría recuperar una idea revolucionaria: que el adversario político no tiene por qué ser un ser del averno ni un enemigo existencial, sino que puede ser simplemente alguien que se equivoca, como nosotros nos equivocamos y que puede incluso acertar alguna vez, circunstancia desagradable, eso sí, pero estadísticamente posible, y nosotros, por nuestra parte, podemos estar equivocados sin que se hunda el edificio entero de nuestra identidad. Esta reflexión no significa renunciar a las convicciones, no se trata de abrazar una equidistancia bobalicona en la que todo da igual y todos tienen la misma parte de razón, dejémoslo claro, siempre hay ideas mejores y peores, políticas más justas y menos justas, decisiones acertadas y disparates administrativos con membrete oficial, pero una cosa es discutir con firmeza y otra vivir como si cada discrepancia fuese una guerra civil en miniatura.
La democracia no consiste en que todos pensemos igual, sino en que podamos pensar distinto sin tratarnos como amenazas públicas, simplemente basta con aceptar que el pluralismo no es una enfermedad que deba curarse, sino una condición normal de las sociedades libres, para lo cual se exige paciencia, sentido del humor y una cierta resistencia a la tentación de sentirse siempre en el bando de los que están en posesión de la perfección y la verdad absoluta. Quizá algún día descubramos que se puede discrepar sin gritar, votar sin odiar, debatir sin caricaturizar y cambiar de opinión sin solicitar asilo político, pero hasta entonces, mientras vivamos imbuidos de tanta certeza, esperemos que no se nos olvide penar.
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