Opinión | Lo que se aprende leyendo

Catedrático de Política Económica de la UA
La expansión de Madrid y sus beneficiarios (II)

Trabajadores en una obra en Elche, en una imagen de archivo. / Áxel Álvarez
Los problemas relacionados con la carencia de viviendas en España no puede decirse que sean a consecuencia de la inactividad de la «España vaciada». Si esa fuera la cuestión, con las políticas de vivienda que se anuncian, habríamos «matado dos pájaros de un tiro». Los problemas del encarecimiento de las viviendas y de los alquileres se da preferentemente en la que llamamos la «España llenada», con Madrid a la cabeza. En otras palabras, el plan de la vivienda que propone el Gobierno de España va a ser un aliciente más para que, las grandes aglomeraciones urbanas, engorden su actividad y sus ventajas.
Pero siendo esto lo más probable, los dirigentes de cada territorio van a tratar de sacar el máximo de ventajas a su situación particular. En la Comunidad Valenciana ya se ha empezado a anunciar ese descubrimiento tan novedoso (pero tan viejo), como es la conversión de los terrenos destinados a dotaciones en terrenos disponibles para la construcción de nuevas viviendas. No parece que estas iniciativas no estén llenas de problemas jurídicos y técnicos-urbanísticos, pero no confío en que los colegios profesionales digan nada al respecto. Puede que digan, como decía aquel ministro de Aznar: «¿Esto es un saqueo? No. Es el mercado, amigo». Pues no, eso no es el mercado, y lo de «amigo», ya veremos.
Hay que advertir que el mercado del suelo y la vivienda tiene poco que ver con la plastilina con la que juegan los niños para formar figuras, animales, pueblos, viviendas a su gusto. ¿Cómo trasformaremos esas dotaciones, que han cedido los antiguos propietarios del suelo, impuestas por unas normas urbanísticas y desarrollos de los Planes Generales, y que han soportado largos periodos de tramitación de reparcelaciones y de cesiones «por el interés público», en nuevas propiedades privadas? Por mucho que se ponga el cebo en el anzuelo de las Viviendas de Protección Oficial «para toda la vida…», todos sabemos que lo que viene detrás de esa frase es: «…Por ahora».
No olvidemos que, además, no necesariamente estas viviendas van a hacerse donde son necesarias. Se harán donde haya dotaciones antiguas o nuevas, continuando con el «círculo virtuoso del crecimiento»: Madrid enseña mucho en este apartado.
Pero el Ayuntamiento de Madrid ha puesto el énfasis en otra alternativa no menos innovadora: «Madrid busca hacer hueco a una población como la de Sevilla, densificando los desarrollos del sur hasta en 300.000 nuevas casas». Quien pueda estar preocupado por la paralización de la «España llenada» puede descansar tranquilo: Sevilla se acumula al centro. No sé lo que pensarán en Sevilla de ese ejemplo.
No creo que nadie pueda llamar a esta alternativa como una barbaridad. Los urbanistas independientes, si los hubiese, podrían aclarar lo que significa esta opción desde el punto de vista de la articulación de los habitantes, suficiencia de z e infraestructuras, mucho más recargadas que las actuales. Pero no estamos jugando con plastilina.
La densificación urbana, aparte de la ocupación de dotaciones públicas, va a tener que utilizar las propiedades privadas con «densificación insuficiente», permitiendo la transformación de los bloques actuales de baja altura o con espacio público (o privado) no utilizado, en nuevos y vigorosos edificios de: ¿Viviendas de Protección Oficial?
El decano del Colegio de Arquitectos de Madrid considera que «la densificación no supone ningún problema técnico, ni de acometida de agua o de luz, porque todas las redes están sobredimensionadas para crecimientos de este tipo». Pero, ¡Ay!, matiza: «¿Quién se queda con las plusvalías de esas mayores densidades?». Y continúa: «¿Será el dueño del suelo, el Ayuntamiento? ¿Será vivienda social? ¿Hacemos rico al promotor?» (El País 25-4-2026). Si no cabe duda de la gran capacidad que tienen las administraciones públicas para intentar corregir lo que se han llamado «fallos del mercado», no podemos ser tan ingenuos como para pensar que los inversores y especuladores de la vivienda y el suelo se van a quedar de brazos cruzados.
Nos ha quitado la ilusión de seguir jugando con plastilina: «¡Es el mercado, amigo!».
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