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Opinión | El indignado burgués

¿De verdad creéis en la democracia?

¿De verdad creéis en la democracia?

¿De verdad creéis en la democracia?

Yo a veces tengo dudas. Sinceramente, y desde un punto de vista intelectual, resulta complicado justificar que el voto de un juez del Tribunal Supremo valga lo mismo que el de un minero de La Unión. Y no es por menospreciar al juez.

Chascarrillos aparte, a finales del XVIII y durante el siglo XIX estuvo en vigor el voto censitario, que limitaba la capacidad de sufragio a los que tenían rentas apañadas, patrimonio generoso o nivel educativo singular. Vamos, los que tributaban o tenían padres que les enviaban a la escuela y no a trabajar en las fábricas o el campo. Durante la Dictadura de Primo de Rivera se aprobó el voto femenino para las mujeres que tenían medios para sostenerse económicamente, o sea para las ricas con fortuna propia, no dependiente de un marido.

¿Mejor o peor? Depende. Si consideras que uno no vale más que otro estarás cometiendo una herejía defendiendo cosas contrarias al sufragio universal, pero ¿de verdad pensamos que un hombre un voto es la mejor fórmula posible? La democracia es un sistema muy puñetero, exige reconocer al diferente como un igual con criterio propio y, francamente, no estoy nada seguro de que la mayoría creamos firmemente en ese principio. Unos no considerarán al menos formado intelectualmente, otros al que tiene una religión o un color de piel diferente, la mayoría al que no piensa como nosotros. No les voy a dar mi opinión, lo dejo ahí y ustedes verán qué hacen con ello.

¿Es creer en la democracia tratar de derribar a un gobierno desde el minuto uno? ¿Es creer en la democracia utilizar todos los resortes mediáticos y judiciales según la fórmula aznarista de quién pueda hacer que haga? ¿Es creer en la democracia sembrar de bulos y fango y untar generosamente a los agitadores fascistas disfrazados de honrados reporteros? ¿Es creer en la democracia perseguir a la familia de algún político? No opino, en su tejado queda.

A casi todos nos gustaría que nuestras opiniones fueran las mayoritarias por los siglos de los siglos, amén. El “casi” lo pongo por mí, entre otras cosas porque me trae al pairo si los demás piensan lo mismo o lo contrario, ni me ocupa ni me preocupa. Cero: mi criterio está por encima de modas, encuestas, moderneces o corrección política y a estas alturas de mi vida no voy a hacerme el simpático para caer bien o conseguir una calle a mi nombre.

Claro, que una cosa es creerse en posesión de la verdad y otra muy distinta imponer las creencias y quemar en la hoguera a los incrédulos. Ahí está la línea roja, creo yo, y quizá en ese punto esté la clave de la validez democrática: que nadie te haga comulgar con ruedas de molino.

Creer en la democracia es como confiar en la Justicia: depende. Hay muchísimas ocasiones en que determinadas circunstancias y actitudes hacen planteárselo. Cuando políticos en ejercicio actúan mal a sabiendas o cuando jueces juegan al lawfare para defender sus opciones políticas, te lo cuestionas. Por eso es fundamental que haya mecanismos correctores, claro, que no vale con ganar unas elecciones para convertirse en tirano o en saqueador o estar en la oposición embarrando constantemente el campo de juego.

Y luego, mucho cuidado con las decisiones sacrosantas de las turbas, que eso de que el pueblo es soberano y no se equivoca jamás es una solemne estupidez. Fueron las masas quienes eligieron a Barrabás y he escrito a menudo que quien edifica sobre el pueblo construye sobre barro. Un pueblo mal informado, enfadado, es capaz de pegarse un tiro en el pie, pasa muy a menudo. Evidentemente esos estados de ánimo de la multitud son convenientemente alentados y producidos en laboratorio por quienes creen que la democracia es un sistema fácilmente manipulable. Porque, desgraciadamente, lo es. Frágil y fácil de infectar con el virus que interesa a los que mandan de verdad.

¿Se puede salir del círculo vicioso? Pues, por paradójico que parezca, a veces la democracia sorprende, nada extraño si tenemos en cuenta que un reloj roto da dos veces bien la hora cada día. Es mucho confiar en esa coincidencia, pero no queda otra. Eso y que no fallen los mecanismos correctores y las válvulas de presión.

A mi madre le estalló una olla exprés cuando yo tenía siete años, le destrozó la cocina y no causó daños a su persona porque la señora Pilar estaba en el salón leyendo “Rebecca” de Daphne du Maurier mientras se hacía el cocido. Desde aquella fecha luctuosa preferí encerrarme en mi biblioteca que jugar con mecanismos complejos, y las ollas y la democracia lo son.

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