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Opinión | Palabras gruesas

Carlos Gómez Gil

Carlos Gómez Gil

Doctor en Sociología y Analista Político

Madrid contra España

Ayuso, en el Dos de Mayo: "Madrid no se dejará controlar por nada ni por nadie"

Javier Vendrell Camacho

Mientras que en los últimos años el problema territorial de Cataluña ha reducido su temperatura, reconduciéndose por cauces democráticos, Madrid se ha convertido en el mayor problema para la estabilidad política, social, económica y demográfica del Estado. No se trata, únicamente, del proceso de huida hacia delante protagonizado por la maleducada Díaz Ayuso, tan oportunista como carente del respeto institucional básico y de las capacidades más elementales, embarcada en un proceso de desobediencia que utiliza las peores herramientas del populismo posdemocrático reaccionario para mantener un enfrentamiento sistemático con las instituciones y el Gobierno central. Hablamos de un proceso de concentración geográfica en torno a su área metropolitana y su capital que arranca desde hace décadas, con efectos destructivos en los equilibrios regionales para el conjunto del país.

Algunos datos así lo demuestran. Madrid es la tercera área metropolitana más importante por población de toda Europa, tan solo por detrás de París y Londres, atrayendo cerca del 40 % de los emigrantes nacionales al actuar como una gigantesca aspiradora de población joven, talento e inversión. La región acoge el 65 % de los inmigrantes internos con titulación universitaria, recibiendo dos tercios de la inversión extranjera de España, aglutinando el 40 % de los empleados públicos estatales a pesar de representar el 14 % del total de la población nacional. Al mismo tiempo, alberga el 80 % de los empleados de los servicios centrales de la administración general del Estado y el 70 % de todos los organismos públicos.

Esta formidable concentración de poder, capital y organismos públicos en todas sus dimensiones y niveles coloca a Madrid en una situación de extraordinaria ventaja comparativa para recibir nuevas empresas, aumentando con ello la generación de bienes y servicios para toda esa población trabajadora y sus familias. Sirva como ejemplo que, de las cincuenta primeras grandes empresas de España, veintinueve de ellas tienen su sede social en Madrid. Para ponerlo en perspectiva, en Alemania, el país más descentralizado de toda Europa, su capital acoge únicamente la sede de dos grandes empresas de todo el país.

Son muchos los efectos de esta dinámica hipercentralizadora tan poderosa existente en España. Así, el modelo de carreteras radiales, que tienen su origen en Madrid al ser el inicio de las seis grandes vías nacionales y el centralismo ferroviario, que concentra en Atocha y Chamartín los principales ejes ferroviarios de alta velocidad, generan importantes obstáculos para la movilidad interregional en el resto de España, al tiempo que absorbe volúmenes muy importantes de inversión en infraestructuras y equipamientos para Madrid, dañando otras inversiones muy necesarias en el resto del país.

Ayuso advierte de que en México y en España está muriendo la democracia

Ayuso advierte de que en México y en España está muriendo la democracia / EFE

Esta situación de superioridad geográfica generada por este modelo unicéntrico inyecta recursos muy importantes a la comunidad y a la capital madrileña que, de la mano de sus gobiernos ultraneoliberales del PP, impulsan una política fiscal de rebaja de impuestos a grandes patrimonios, fortunas y empresas para atraer más capitales (con reducciones del tramo autonómico del IRPF, patrimonio, sucesiones y donaciones, para grandes estrellas del fútbol o adquisición de inmuebles de lujo), mientras que, por el contrario, es una región con los más bajos niveles en gasto social, sanitario o educativo por habitante de toda España. Madrid es, en estos momentos, un territorio que hace «dumping fiscal» al resto de las regiones para atraer inversiones y grandes patrimonios mediante una competencia desleal, a costa de dejar de financiar servicios públicos básicos y desatender obligaciones legales que, en ocasiones, tienen que ser subsidiariamente asumidas por la administración central.

El resultado de todo ello es una región con más poder, capital, población y riqueza, a costa del resto de las regiones que, por el contrario, soportan un aumento de los desequilibrios generados por este centralismo castizo, afectando gravemente a la cohesión territorial y agrandando muchos de los grandes problemas que actualmente tenemos entre manos, como los fenómenos de despoblación, al descapitalizar de talento y población a numerosos territorios, o el grave problema de la vivienda, al impulsarse una gigantesca burbuja especulativa en la región madrileña que se agranda por su centralismo. Al concentrar Madrid y absorber tanta población, profesionales y recursos, se vacía de talento y oportunidades a otros territorios, alimentando una demanda de vivienda que desde hace tiempo se encuentra al límite, impulsada a su vez por el turismo, las grandes plataformas de alquiler y una gigantesca burbuja especulativa que ha hecho de la capital el epicentro de grandes fortunas de dudoso origen.

Por si fuera poco, el sistema político que anida en Madrid ha generado un ecosistema mediático, regado con abundante dinero por los dirigentes de la Comunidad y los ayuntamientos madrileños, dedicado a su alabanza hasta el sonrojo, mediante un periodismo mercenario empeñado en generar bulos, crispación y tensiones en la convivencia, al que se han sumado ahora agitadores e influencers de todo pelaje.

Es necesario abandonar este modelo hipercentralista con una redistribución territorial de la inversión, las instituciones e infraestructuras, corrigiendo los profundos desequilibrios que se han generado, afectando gravemente a la cohesión territorial y a la prosperidad regional. La razón es muy sencilla: la profunda desigualdad que abre el centralismo madrileño está dañando un proyecto compartido de convivencia en el Estado. A tiempo estamos de corregirlo.

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