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Opinión | Tribuna

Roberto Hurtado García

Roberto Hurtado García

Médico y escritor

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Versiones. / 5

Volví a aquel pub después de más de treinta años. Seguía oliendo a lejía barata y humedad. Entré al baño y allí estaba el mismo espejo empañado de entonces. Me devolvió una cara que no tenía nada que ver con la del chaval que entraba allí con diecinueve años y demasiada confianza. Me quedé mirándome unos segundos. Después regresé al ruido.

El concierto empezaba a las ocho en punto. La banda ya estaba afinando cuando llegamos. No sonaban mal. Había muchas horas ahí dentro: ensayos, bodas mal pagadas, bares medio vacíos y canciones repetidas hasta perderles el miedo.

La cantante tendría veinte años. Los demás estaban ya en edad de hablar de colesterol, fascitis plantares y revisiones de próstata sin bajar demasiado la voz. Y, sin embargo, cuando arrancaban las canciones, aquello se sostenía. Tocaron versiones de Sade, Luz Casal y Michael Jackson. Después sonó “Perfect”, de Fairground Attraction. Cuando empezó, varias personas comenzaron a cantar antes incluso del estribillo.

Mi hermano tocaba el bajo sentado en un taburete. Una fascitis plantar. Hace treinta años habría saltado por el escenario intentando parecerse a alguien. Ahora calculaba cómo apoyar el pie entre canción y canción. Aun así, seguía tocando bien. Muy bien.

Pedí un agua con gas. El camarero me la dejó delante con una expresión de decepción profesional. En algún momento de mi vida había dejado de beber whisky con Coca-Cola sin darme cuenta.

Mi hijo pequeño llevaba rato aburrido, hundido en la silla con esa mirada de los niños cuando descubren que los planes de los adultos pueden durar eternamente.

El mayor, en cambio, no apartaba los ojos del escenario. Miraba a los músicos como si estuviera tomando apuntes. Ya se estaba imaginado ahí arriba.

La banda seguía tocando canciones de otros. Canciones que todos conocíamos.

A las nueve y media terminó el concierto. Hubo aplausos sinceros. Algunos abrazos. Después encendieron las luces y el pub volvió a ser lo que era: un local pequeño, algo triste, donde al día siguiente alguien limpiaría el suelo con la misma lejía barata.

Los músicos empezaron a recoger despacio. Mi hermano tardó un poco más que los demás en levantarse del taburete. Apoyó una mano en el amplificador antes de incorporarse. Lo vi guardar el bajo con cuidado.

Entonces miré a mi hijo mayor. Seguía observando el escenario vacío. Durante un instante pensé en decirle algo. No supe qué. Mi hermano acababa de levantarse del taburete.

Y aun así había tocado hasta el final.

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