Opinión | La pluma y el diván
Vesania

Vesania
Bastante cuerdos seguimos estando en un mundo diseñado y controlado por un atajo de locos de atar que permiten, alientan e inventan todo tipo de felonías y canalladas para ajustar sus intereses.
Estamos viviendo una página de la historia triste en su conjunto, no tan alejada de otras páginas anteriores que se suceden en una cascada interminable de despropósitos. Cuanto más cerca creemos que estamos de la razón, más nos alejamos de ella.
Los grandes observan a los pequeños desde sus atalayas a sabiendas de que tienen sus razones blindadas, sean justas o injustas, sabias o necias, cuerdas o locas, a los ojos de quienes se rinden a sus pies.
Ningún régimen político, en la corta historia de la humanidad, ha conseguido desenmascarar a los tiranos, déspotas, dictadores u opresores, hasta que ha sido demasiado tarde.
Incluso las democracias, tan aplaudidas y alabas, esconden entre sus raíces tantas inmundicias y despojos que se ven desvirtuadas, acarreando maldades escondidas que ha de pagar el pueblo, el último eslabón de una larga cadena.
Los representantes de muchas gobernanzas democráticas han sido unos lunáticos, viviendo episodios de falsa cordura y periodos de desatado desenfreno esquizofrénico, que han desembocado en grandes catástrofes que ha pagado con creces la humanidad en su conjunto y que sigue pagando en nuestros días.
Parece que el poder es perseguido con ansia por los más perturbados, como si el poder tuviera algún elemento inherente a la propia locura.
El desequilibrado poderoso escarba en los valores ajenos para despojarlos de su sentido estricto y cambiarlos por aquellos que le son beneficiosos. De esa manera el sometimiento es dulce para el sometido y ventajoso para el que somete.
Si alguno más avispado despierta del letargo, se le hace callar de inmediato con las argucias propias del desalmado. De esta manera tan simple, todos se sentirán aún más desprotegidos y acatarán las normas sin plantearse ninguna acción contestataria.
No puedo afirmar que existan tantos poderosos como majaretas en el mundo, pero se puede atisbar que quien llega al poder sensato y juicioso, sale de él muerto o desequilibrado.
La pérdida de la realidad social es uno de los grandes sinsentidos que atacan al poderoso, que acaba percibiéndola tan distorsionada que sería incapaz de ajustarla lo más mínimo.
Si algo podemos concluir del contrasentido del poder, es que quienes lo ostentan, ya sea por sufragio universal o por golpe de Estado, acaban sumidos en el ostracismo más absoluto, perdiendo la razón, el sentido de la justicia y la humildad necesaria para ser magnánimos.
Terminan embutidos en delirios de grandeza que les impiden tener un comportamiento acorde con las circunstancias. Se vuelven mentirosos y déspotas olvidando sus orígenes y sus metas. Se convierten en pasto de la vesania.
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