Opinión | Tribuna
La belleza de admirar lo bello

La belleza de admirar lo bello
Hoy me concedo una tregua en mi habitual reflexión sobre educación. No porque me falten motivos —más bien al contrario—, sino porque la tensión acumulada ha alcanzado un punto difícilmente sostenible. La conselleria, institución llamada a proteger los derechos y necesidades del alumnado, parece haberse replegado sobre sí misma, adoptando decisiones erráticas y poco conciliadoras con quienes sostenemos el sistema desde su primera línea: los docentes.
Un colectivo que, lejos de sentirse respaldado, percibe cada vez con mayor nitidez la presión y el menosprecio en un contexto donde los puentes hacia el entendimiento se resquebrajan. Y, sin embargo, lo que se demanda no es desmesurado o quizá sí —juzgue el lector— si entendemos como excesivo reclamar aulas dignamente equipadas, ratios coherentes que permitan atender la diversidad real del alumnado, el respeto y la promoción de nuestra lengua, y unas condiciones salariales para los docentes equiparables a las de sus homólogos en el resto de territorios del país.
Distintos informes —como los elaborados por la OCDE a través de su conocido estudio TALIS— vienen advirtiendo desde hace años que la calidad educativa está íntimamente ligada tanto a las condiciones laborales del profesorado como a su reconocimiento social. Ignorar esta evidencia no solo resulta imprudente, sino profundamente regresivo.
Pero hoy quisiera desplazar el foco hacia otra realidad igualmente estructural y, a menudo, invisibilizada: la de ser mujer y joven en una sociedad que continúa imponiéndonos estándares difícilmente alcanzables. Porque si la vida adulta ya exige una compleja arquitectura de responsabilidades —hipotecas, impuestos, independencia económica—, hacerlo desde una posición históricamente condicionada añade una capa adicional de dificultad.
Nadie elige nacer mujer, pero muchas descubrimos pronto que habitamos un escenario donde la exigencia no es doble, sino casi ilimitada. Paradójicamente, esta presión se intensifica bajo el prisma de la apariencia y una frecuente aseveración destructiva «pareces cansada, ¿estás bien?». Diversos estudios en el ámbito de la psicología social, como los impulsados por la American Psychological Association, han documentado cómo la exposición constante a modelos idealizados en redes sociales contribuye a generar frustración, autoexigencia extrema y una percepción distorsionada del éxito.
Vivimos, en efecto, en una cultura de la perfección performativa. Admiramos —y al mismo tiempo cuestionamos— a mujeres de nuestra esfera social o mediática que encarnan el ideal contemporáneo: belleza normativa, inteligencia visible, solvencia económica y una vida aparentemente plena. Sin embargo, rara vez concedemos espacio a su vulnerabilidad. Nos interesa la imagen, no la persona; el escaparate, no el trasfondo.
Esta lógica no se limita a quienes ocupan el foco mediático. También opera, de manera más silenciosa pero igual de implacable, sobre la llamada «mujer corriente». Aquella que acude a su puesto de trabajo con la obligación tácita de proyectar impecabilidad, que debe rendir con excelencia sin permitir que el cansancio o la adversidad asomen, que ha de equilibrar —sin margen de error— una vida profesional exigente con una vida personal idealizada. Pareja estable, hijos modélicos, vida social activa. Un equilibrio que roza lo heroico.
La cuestión, entonces, resulta inevitable: ¿qué tipo de autoexigencia hemos normalizado? ¿En qué momento se convirtió la ambición femenina en objeto de escrutinio constante? ¿Por qué el ascenso de una mujer a posiciones de liderazgo continúa siendo examinado con una severidad que rara vez se aplica a sus homólogos masculinos?
Tal vez ha llegado el momento de revisar no solo las estructuras visibles, sino también las inercias culturales que perpetúan estas dinámicas. Porque una sociedad que exige tanto —y comprende tan poco— corre el riesgo de convertirse en un espacio profundamente inhóspito para quienes, sencillamente, intentan habitarla con dignidad. En definitiva, quizás haya que empezar a nombrarlas como lo que son: heroínas contemporáneas.
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