Opinión | Tribuna
De Roma a Madrid: ¿es exportable el modelo Meloni al caso español?

PI STUDIO
La llegada de Giorgia Meloni al poder en Italia no provocó el colapso institucional que muchos anticipaban. Lo que realmente ocurrió fue algo más sofisticado: la consolidación de un proyecto político capaz de transformar una fuerza inicialmente percibida como nacional-populista en un socio fiable para los principales centros de poder internacionales, desde Bruselas hasta Washington, pasando por los mercados financieros.
El ascenso de Meloni no se entiende sin el contexto italiano: años de estancamiento económico, crisis de representación y una profunda desconexión entre las élites políticas y la ciudadanía. Italia atravesó una sucesión de ciclos, populismo, tecnocracia, inestabilidad, que erosionaron el centro político tradicional. En ese escenario, Meloni optó por una estrategia clara: mantenerse fuera de gobiernos híbridos, preservar su identidad y esperar a que el sistema mostrara signos evidentes de agotamiento.
A partir de ahí, surge una pregunta inevitable en el contexto español actual: ¿podría Santiago Abascal recorrer una senda comparable con Vox?
España, salvando las distancias, presenta algunos paralelismos con Italia. Desde la crisis financiera, el sistema político ha experimentado fragmentación, desgaste institucional y una creciente polarización, estado de cosas que el gobierno actual no ha cesado de agravar. En ese contexto, Vox ha encontrado un espacio propio articulado en torno a la defensa de la soberanía nacional -en estos días, en su faceta de «prioridad nacional»- y la impugnación del consenso progresista dominante.
Sin embargo, consolidar una posición electoral –lo que resulta acreditado en el caso de Vox en las tres últimas elecciones regionales- no es lo mismo que estar en condiciones de gobernar.
Uno de los elementos más determinantes en el caso italiano fue la «estrategia de delimitación exterior» de Meloni. La líder italiana entendió que el principal reto no estaba dentro de su electorado, sino fuera: en la percepción de los socios europeos, los inversores y la opinión pública internacional. Por ello, ajustó su discurso en aspectos clave: rebajó el tono euroescéptico, reforzó el compromiso atlántico –con la reciente salvedad menor ya apuntada- y respaldó decisiones estratégicas como el apoyo a Ucrania.
Si Vox aspira a desempeñar un papel de gobierno, parece razonable seguir esa línea: seguir defendiendo la soberanía sin caer en el aislamiento. Es decir, confirmar la postura mantenida hasta ahora de no cuestionar la pertenencia a la Unión Europea o al euro, pero sí plantear una revisión de su funcionamiento; confirmar la postura sostenida de compromiso con el eje atlántico; no situarse fuera del sistema, sino operar desde dentro para transformarlo, como Vox ha hecho siempre en el orden interno nacional.
En definitiva, adaptarse, como Meloni ha sabido hacer, desde una fuerza de contestación contundente, pugnaz, a las exigencias propias del ejercicio del gobierno.
El ámbito económico es otro punto clave. El programa inicial de Fratelli d’Italia combinaba propuestas diversas: rebajas fiscales, intervencionismo selectivo y cierto proteccionismo, sin una articulación plenamente definida. Esa ambigüedad es habitual en partidos que dan el salto desde la oposición ideológica hacia la gestión.
En España, un proyecto similar debería acaso mejorar el antecedente italiano:

De Roma a Madrid: ¿es exportable el modelo Meloni al caso español?
Reducción más perfilada de la presión fiscal para conseguir un menor esfuerzo fiscal (desde hace años, entre las cinco economías desarrolladas con mayor sacrificio, junto con Portugal, Italia, Grecia y Francia, y aproximadamente superior en un 50 % a la media de los Estados de la Unión Europea), con el consiguiente efecto positivo en el consumo (prácticamente estancado desde 2019, con incremento de un 1 % frente a un 8’9 % de media en los países de la OCDE);
• Simplificación administrativa (uno de los aciertos, no muchos, del informe Draghi);
• Apuesta por la soberanía energética y alimentaria (lo que requerirá un cambio neto de postura en y de las instituciones europeas);
• Impulso a la industria (que, por fin, avala un documento con influencia en la Unión Europea, como es el citado informe Draghi);
• Una política presupuestaria totalmente distinta, decididamente contraria, no al gasto público de carácter social (sanidad, pensiones, educación) sino al dispendio público y a una política keynesiana simplista de estímulo público de la demanda que no crea riqueza a largo plazo;
• Favorecer la inversión productiva en sentido propio.
Todo lo cual redundaría en un crecimiento del PIB per capita, índice inequívoco de riqueza de los españoles (que sigue siendo un 17 % inferior al medio de la Unión Europea y un 23,4 % al de la zona Euro, datos que oculta sistemáticamente el gobierno cuando exhibe el crecimiento del PIB) y en la confianza de los mercados.
Además de los ejes tradicionales como seguridad, inmigración –inteligentemente renovado bajo la proclama «prioridad nacional»- y riesgos del multiculturalismo.
Entre las propuestas económicas mencionadas debería destacar una política orientada a la promoción y construcción de viviendas de protección oficial y/o públicas con precios asequibles, que permitan el acceso a la propiedad, lo que precisará del uso de suelo público y de la colaboración público-privada (como ha sucedido, por ejemplo, desde 1972, con las autopistas) a fin de que no sean onerosas –o que lo sean lo menos posible– conocida la maltrecha situación de las cuentas públicas de todas las Administraciones. Se ampliaría de este modo, en la línea de Meloni, el espacio electoral mediante una apelación a necesidades prácticas, de todos los españoles, cualesquiera que sean sus opiniones políticas, sin renunciar a ningún principio.
El verdadero riesgo en el caso italiano nunca fue un giro autoritario, sino la posible falta de experiencia en la gestión, especialmente en el terreno económico y en la interlocución internacional. Estos desafíos pueden presentarse también en el contexto español, pero son superables con arreglo a lo expuesto.
Con ello, un gobierno con Vox podrá encauzar, como Meloni, una eventual reacción negativa de los socios europeos, de llevar la confianza a los mercados y dar estabilidad a la Nación.
La experiencia italiana apunta a un factor decisivo: el equilibrio entre liderazgo político y capacidad de gobierno. De nuevo, sin rebajar un ápice la defensa de los principios –además de los ya expresados, los de la irrenunciable integridad territorial de España y la no discriminación entre españoles por razón de lengua o territorio– un ejecutivo no ideologizado que una a la firmeza sobre tales principios su dedicación a lo que Fernández-Carvajal llamó «las ultimidades sociales», en su sentido más práctico, con aproximaciones técnicas acertadas, puede evitar o aminorar las tensiones y revestirse de muy amplia credibilidad.
Meloni ha intentado y probablemente logrado articular una síntesis entre identidad nacional, conservadurismo cultural, destreza técnica y pragmatismo internacional. Ese mismo equilibrio sería deseable en España.
El modelo italiano no es trasladable de forma automática. Las diferencias institucionales, políticas y de proyección internacional entre Italia y España son relevantes. Pero sí deja una enseñanza clara: el éxito no pasa por prescindir de los principios, sino por integrarlos dentro de una lógica de gobierno.
Porque en la Europa actual no basta con ganar elecciones; es necesario convertirse en un actor fiable dentro del sistema. Y ese tránsito exige algo más que fuerza electoral: requiere estrategia, credibilidad y capacidad de adaptación.
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