Opinión | A propósito de todo
El amor a las palabras

El amor a las palabras. / INFORMACIÓN
El otro día estaba en una cafetería leyendo La palabra escrita de Isabel Allende cuando me di cuenta de algo bastante poco práctico para los tiempos que corren: sigo creyendo profundamente en las palabras. Quizá por eso pesan tanto cuando se han escrito y cuesta tanto perdonarlas cuando se han dicho afiladas, con punzón y a veces, aunque nos cueste admitirlo, sin piedad. Creo en las palabras y no solo en las bien escritas —que también—, sino en las palabras en general. En las que llegan a tiempo. En las que arreglan. En las que destruyen. En las que alguien te dice una noche cualquiera y terminan acompañándote durante años como un perfume pegado a una bufanda.
Quizá por eso me cuesta tanto entender esta época donde todo el mundo habla muchísimo y, aun así, parece que cada vez nos decimos menos cosas de verdad. Como ya he dicho, mi amor a las palabras no me deja practicar el ghosting, ni el monosilabismo ni ninguna de esas corrientes que, los mensajes instantáneos y la conexión inmediata nos han regalado. Las considero casi mágicas y yo, que siempre he tenido algo de Clara del Valle y su manera de intuir lo invisible, intento juntar las palabras como quien busca señales: esperando que, en algún momento, todo cobre sentido.
Allende escribe sobre la literatura como quien habla de una necesidad física. Como si escribir no fuera una profesión ni una pose intelectual, sino una forma de permanecer viva. Y mientras la leía pensé en todas las veces que las palabras me han salvado más que las personas. O, peor todavía, en todas las veces que me ha atraído alguien precisamente por cómo utilizaba las palabras. Seamos realistas: en el tiempo del snobismo y de que todos quieren ser virales con los libros que leen, me puedo enamorar perfectamente de alguien por ser racional.
Las palabras tienen algo erótico. No sexual necesariamente, pero sí profundamente íntimo. Elegir qué le cuentas a alguien es una forma de desnudo. Por eso cuando una conversación funciona de verdad —cuando alguien entiende tus referencias, tus silencios, tus formas de mirar el mundo— ocurre algo muy parecido al deseo.
Y quizá por eso duele tanto cuando las palabras desaparecen. Porque el desamor contemporáneo no siempre llega con gritos. A veces llega con respuestas cortas. Con menos preguntas. Con alguien que deja de escribirte como antes. Hay personas que empiezan dedicándote párrafos y terminan reaccionando a tus mensajes con un emoji. Y pocas tragedias modernas me parecen más tristes que esa.
Supongo que por eso sigo tan aferrado a los libros. Por eso escribo y por eso los leo. Porque en un mundo lleno de conversaciones rápidas, la literatura todavía exige permanencia. Sentarte. Escuchar. Entrar en la cabeza de otro sin mirar el móvil cada siete minutos. Entre tanta inmediatez, leer sigue siendo uno de los últimos actos lentos que nos quedan.
Mi amiga M. dice que se nota muchísimo quién ha leído y quién no cuando alguien intenta quererte. No por una cuestión intelectual —la pedantería me parece un escándalo horrible—, sino porque quien lee suele entender mejor los matices. Las contradicciones. La complejidad humana. Y amar bien, sospecho, tiene mucho que ver con eso: con saber interpretar al otro incluso cuando no sabe explicarse.
Al salir de la cafetería cerré el libro y pensé en algo bastante cursi, pero inevitable: quizá escribir y amar se parezcan demasiado. Ambos actos parten de la misma esperanza: que alguien al otro lado entienda exactamente lo que has querido decir.
Y me pregunté si no será por eso que algunos seguimos escribiendo, leyendo y enamorándonos igual: porque, en el fondo, todavía creemos que las palabras pueden salvar algo.
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