Opinión | El indignado burgués
La ausencia del sentido de Estado

Ilustración de Elisa Martínez
Decía Marx (Groucho, el bueno), que «el secreto del éxito está en la honestidad; si puedes evitarla, está conseguido». Pedir honestidad en la política es como solicitar continencia en una orgía o en un festín de caníbales, pero estamos llegando a unos extremos (empujados por los propios extremos) en los que hasta los teóricamente más centrados parecen sociópatas.
Comparado con cualquier estadista del siglo XX, y mira que algunos eran tipos peligrosos, el político tipo español actual es corrosivo. Nadie intenta construir, sino destruir. Empezaron evitando la honestidad, como alentaba Marx, y han perdido cualquier escrúpulo.
Como sin duda sabrán, y si no se lo cuento yo, los scrupulus (diminutivo de scrupus) eran las piedrecillas puntiagudas que se colaban, durante las largas marchas, en las sandalias de los legionarios romanos. Un problemón, porque el pobre diablo, con toda su impedimenta a cuestas, no sabía qué hacer: si seguir andando y clavárselas a cada paso o pararse a quitarlas, entorpeciendo la marcha y arriesgándose al bastón de olivo retorcido que portaban los centuriones para castigar indisciplinas. Tener escrúpulos pasó con el tiempo a definir las dudas de conciencia ante la conducta a seguir.
Hasta que el populismo arrasó con las buenas maneras, sólo los sátrapas carecían de escrúpulos. Ahora no los tiene ni el concejal raso de una pedanía perdida en la sierra. Por valer, todo vale.
En esta última semana hemos visto a un presidente autonómico intentando crear un conflicto internacional, impidiendo el desembarco de los pasajeros del buque infectado de hantavirus. Otra presidenta ha tratado de dinamitar los esfuerzos diplomáticos de España con México (ella dice Méjico con jota para joder) por reescribir la historia y hacer ver que la conquista a sangre y fuego fue, en vez de eso, una etapa de conciliación, paz y amor entre civilizaciones. Otro dirigente, por último, se ha empleado a fondo en demostrar que Sánchez, en persona, ha creado el virus, encantado de promover una pandemia para impedir que se hable de Koldo. Peor que Spectra, el archienemigo de Bond. Ese, el del gato blanco.
Ni a uno le importan los presuntos ratones nadadores ni a otra se le da una higa Hernán Cortés, ni al de más allá los infectados, pero todo vale para quitarse las piedrecillas y meterlas en las sandalias del rival. Con estos mimbres hablar de sentido de Estado da risa. El patrioterismo de pecho de hojalata y las banderitas en la muñeca, son esperpentos siniestros.
Si hay algo que pudiera valorar en un político es ser estadista, tener y defender el Estado como norma, sentir los colores y obrar en consecuencia. Recuerdo haber oído decir a Kissinger, hace muchos años, que los norteamericanos tenían a gala discrepar en lo nacional pero ser una orgullosa piña en lo internacional. «Deutschland über Alles», Alemania por encima de todo, que se cantaba en las estrofas ahora prohibidas, por apología nazi, del himno nacional. Estaría bien tener interiorizado lo de España sobre todo, pero me temo que cada cual lo entiende de una forma y para algunos justifica esa «prioridad nacional» de la ultraderecha y cada vez más de la derecha.
Pienso en España como país contenedor, con todos los que estamos dentro seamos blancos, negros o verdes, cristianos viejos o musulmanes recientes, comunistas o derechistas añorantes de Fernando VII y sus «caenas», todos orgullosos de nuestros compromisos internacionales, de una forma de hacer las cosas bien que se nota en situaciones de crisis, cuando cada uno da lo mejor de sí mismo. Eso es ser patriota y no blandir el palo de la bandera para estrellarla en la cabeza de los que opinan diferente.
Me temo que ese puente ya lo hemos cruzado y la falta de respeto institucional, la ausencia de sentido de Estado y de escrúpulos son la realidad de hoy. Si es necesario poner a caer de un burro al país y cuestionar su reputación, se hace sin remordimientos Si España no es mía, la quemo. Si no es mía la pelota, la pincho, como a mí me hicieron de niño unos energúmenos con la pelota de baloncesto que estrenaba y que, por envidia, clavaron en los pinchos de una valla. No se lo perdono.
Ha arraigado tanto el cuanto peor, mejor, que no me cuesta nada pensar que Clavijo estaría encantado con unos cuantos positivos en Tenerife, que avalaran el temor que ha sembrado en su comunidad. O que Méjico (sic) declarara la guerra a España tras la gira triunfal, pagada por todos, de la lideresa de las sopas de ajo.
Que esa es otra: antes para que un presidente de comunidad recorriera el mundo se tenía que poner de acuerdo con el Ministerio de Exteriores para llevar un mensaje común, decidido por el Gobierno, que para eso tenía la responsabilidad de gestionar la diplomacia española. Ahora cada cual vende su película como le viene en gana. Una deslealtad institucional del nueve largo.
Debería rebelarme contra el patrioterismo barato y el nacionalismo del chunda chunda, pero me da una pereza bárbara. Además, ya no estoy en edad de conversiones. n
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