Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

C. Suena

C. Suena

Redactora web

Lo de Eurovisión

El problema es que el certamen empieza a transmitir la sensación de que algunas piezas del tablero se colocan antes de que empiece la partida

Bulgaria gana Eurovisión por primera vez e Israel queda en segunda posición

Javier Vendrell Camacho

Hay años en Eurovisión en los que la polémica dura una noche. Una actuación desafinada, un televoto inesperado, una realización discutible. Al día siguiente, el mundo sigue girando. Pero luego están las ediciones que dejan algo más incómodo flotando en el ambiente. Una sensación difícil de explicar del todo, pero imposible de ignorar. La victoria de Bulgaria en esta edición pertenece claramente a este segundo grupo. No porque la canción fuera mala. Tampoco porque Bulgaria no pudiera ganar el festival por méritos propios. El problema no está realmente sobre el escenario, sino alrededor de él.

Eurovisión siempre ha convivido con la política, aunque durante años la UER haya intentado mantener la idea de que el festival existe en una especie de universo paralelo donde solo importa la música. Pero cualquiera que siga el certamen desde hace tiempo sabe que eso nunca ha sido del todo cierto. Han existido votos entre vecinos, alianzas regionales, afinidades culturales y castigos diplomáticos prácticamente desde que empezó el concurso. Nada nuevo.

La diferencia es que antes el público aceptaba esas dinámicas porque seguía creyendo en algo fundamental: que, con todas sus imperfecciones, el resultado final respondía a una votación real. Este año, por primera vez en mucho tiempo, esa confianza parece haberse resentido.

Y no es difícil entender por qué.

Bulgaria, Rumanía y Moldavia regresaron a Eurovisión 2026 después de distintos periodos de ausencia. Bulgaria llevaba fuera desde 2023, Rumanía no participaba desde 2024 y Moldavia se había retirado de la edición de 2025 alegando problemas económicos, administrativos y artísticos. En el caso rumano, las dificultades presupuestarias habían sido recurrentes hasta el punto de que el país llegó a ser expulsado en 2016 por sus deudas con la UER.

No hablamos precisamente de televisiones públicas sobradas de recursos. De hecho, los problemas económicos llevan años provocando entradas y salidas constantes de países del este de Europa en Eurovisión. Bulgaria, Montenegro, Bosnia o Macedonia del Norte son algunos ejemplos recientes.

Por eso llamó tanto la atención que los tres regresaran precisamente este año. Y más aún en una edición especialmente complicada para la organización, marcada por el boicot de cinco países (España, Países Bajos, Irlanda, Islandia y Eslovenia) por la presencia de Israel en el concurso.

Hasta ahí podría hablarse de coincidencia. El problema es que las coincidencias empezaron a acumularse.

Lo llamativo es que Bulgaria pasó en poco tiempo de no tener planes claros de regreso a convertirse en la ganadora del festival. Meses antes, medios especializados recogían que la televisión búlgara no contemplaba participar en 2026. Poco después no solo confirmó su vuelta, sino que apareció con una candidatura competitiva, una puesta en escena de gran nivel y un equipo creativo encabezado por Fredrik Rydman, uno de los escenógrafos más reconocidos del festival en la última década.

Y después llegaron los resultados.

Las mayores puntuaciones del televoto fueron precisamente para Bulgaria, Rumanía, Israel y Moldavia. Bulgaria terminó ganando el festival, Israel fue segunda, Rumanía acabó tercera y Moldavia entró en el top 10. Incluso en semifinales aparecieron resultados difíciles de interpretar para parte del fandom eurovisivo: los búlgaros ganaron la segunda semifinal pese a no haber liderado el voto del jurado en esa ronda.

¿Prueba todo esto que el resultado estuviera manipulado? No. Y afirmarlo sería irresponsable.

Pero tampoco hace falta hablar de fraude para entender el malestar que se ha instalado entre muchos eurofans. Lo que provoca desconfianza no es una sola decisión concreta, sino la acumulación de elementos que, vistos en conjunto, resultan demasiado convenientes para la UER.

Porque Bulgaria no solo ganó Eurovisión. Su victoria también deja a la UER un escenario relativamente cómodo para la organización del festival de 2027.

Basta con mirar la clasificación final para entender por qué. Israel, segunda clasificada, atraviesa una situación internacional que convertiría la organización del festival en un foco de tensión permanente. Australia volvió a quedar arriba, pero organizar el festival allí siempre plantea enormes dificultades logísticas. Finlandia, otra de las favoritas, podría abrir un nuevo frente político dentro de la propia UER por la cuestión israelí. Italia, que ya organizó Eurovisión en 2022, sí tendría capacidad para hacerlo otra vez, aunque una nueva edición consecutiva en Europa occidental tampoco ayudaría a aliviar el desgaste político que atraviesa actualmente el festival.

Bulgaria, en cambio, aparece como una anfitriona conveniente. Sofía ya ha mostrado interés en organizar Eurovisión 2027 y el país ofrece a la UER una salida estable en un momento en el que el certamen atraviesa probablemente su mayor crisis reputacional en años.

Y ahí está el verdadero problema de esta edición. No en Bulgaria. Ni siquiera en Israel. El problema es que Eurovisión empieza a transmitir la sensación de que algunas piezas del tablero se colocan antes de que empiece la partida.

Durante décadas discutíamos si ganaba la mejor canción. Después pasamos a debatir si ganaba el mejor relato. Ahora la conversación empieza a ser mucho más incómoda: si termina ganando quien más conviene que gane.

Y cuando un festival pierde algo tan básico como la confianza del público en la limpieza de sus resultados, ya no hay escenografía, ni brillibrilli, ni fuegos artificiales que consigan taparlo del todo.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents