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Opinión | En la barra del Café Época

Y es que somos raros

Excrementos de una mascota en un parque de Elche, que es lo que quiere combatir la nueva ordenanza de convivencia.

Excrementos de una mascota en un parque de Elche, que es lo que quiere combatir la nueva ordenanza de convivencia. / INFORMACIÓN

Los que saben de estas cosas, psicólogos, sociólogos, filósofos, tertulianos y Belén Esteban, sostienen la sesuda teoría que el sentido de la vida está en el amor, en la búsqueda de la felicidad o en alcanzar la plenitud espiritual, ¡Piu!, el verdadero motor que mueve a la humanidad, además del triunfo personal, el parné y ponerse más fuerte que el vinagre corriendo o yendo al gimnasio, son esas aficiones absurdas, incómodas y, en muchos casos, directamente incomprensibles que la gente defiende con un entusiasmo digno de una secta medieval, porque si algo caracteriza al ser humano no es su inteligencia, sino su capacidad de convertir aquello que le gusta, aunque sea algo muy loco, en una tradición entrañable y en algo muchísimo mejor que lo que le gusta al pobre desgraciado de enfrente, ¡dónde va a parar!, ya lo dijo Jean-Paul Sartre: «El infierno son los otros». Seguramente lo escribió un domingo de agosto intentando encontrar hueco para poner la sombrilla en Benidorm.

Es cierto aquello que «para gustos colores», y que a cada uno le gusta lo que le gusta o le que le da la gana, pero hay gustos que, al menos para mí, son un despropósito, como por ejemplo el de aquellos que les gusta ver el programa de televisión Parlamento, los que hacen running solo con un bañador como el que llevaba «Pepito piscinas», con sus «cosas» bamboleando y más apretadas que los tornillos de un submarino, los que siguen los plenos municipales o los que defienden a ultranza que no hay mayor placer que comerse unos caracoles un domingo al mediodía, ¡hijo de mi vida!, ¿qué me estás contando?

Hace muy poco, tuve profesionalmente que estudiar el mundo del caracol, todo un reto, por que aunque sea difícil de entender, existe legislación comunitaria, nacional y autonómica que regulan la venta de estos moluscos gasterópodos, vamos, como si no hubiera otra cosa a la que dedicar el tiempo, y es que el caracol es pura fantasía, es ese animal que, si aparece en el jardín, provoca el mismo entusiasmo que una inspección de Hacienda, pero que, si lo sirven en una cazuela con ajo y salsa, se transforma mágicamente en «delicatessen» y te los cobran al mismo precio que una docena y media de gamba roja a la plancha. Yo es que me quedo loco, el ser humano lleva siglos perfeccionando la gastronomía para terminar chupando un molusco baboso con un palillo mientras intenta aparentar elegancia, y no pasa nada, nadie cuestiona nada, al contrario: si dices que no te gustan, siempre aparece un experto gastronómico con bigote que te mira con superioridad moral y sentencia: «Es que no has probado los buenos». ¡Claro!, porque seguramente el problema no es que estés comiendo el equivalente culinario a una zapatilla húmeda, sino que no he encontrado todavía el caracol adecuado, pues debe de haber un caracol premium, uno criado escuchando a Mozart y masajeado con aceite de oliva virgen extra, al que no he tenido el honor de conocer.

Dejando aparte el mundo del caracol, que ya tiene lo suyo, otra de las aficiones alucinantes que últimamente son top en la categoría de las insensateces es la de correr maratones, una categoría humana fascinante. El corredor de maratón es aquella persona que un día se levanta de la cama a las seis y diez de la mañana tras escuchar el despertador y en vez de pensar: «¡Quiero morirme!», piensa: «¿Y si recorro 42 kilómetros sufriendo voluntariamente?», y no solo lo hacen, sino que además pagan inscripción, lo que yo les diga, ¡pagan!, como quien reserva una experiencia de spa, pero en lugar de masajes obtiene deshidratación, calambres y pezones ensangrentados, ¡La Virgen del Amor Hermoso!

El corredor de maratón es un ser que jamás está tranquilo, necesita hablarte de sus tiempos, de sus ritmos, de su entrenamiento funcional, de algo llamado «gel energético», que parece alimento para astronautas deprimidos. Tú que solo querías tomarte un café tranquilamente, acabas escuchando cómo alguien te explica, con brillo en los ojos, la diferencia entre correr una media maratón y una maratón completa y lo hace emocionado y como si a ti te importara lo que dice, y lo más admirable es que nunca parecen disfrutarlo, nadie llega a la meta diciendo: ¡Qué rato tan agradable he pasado!, qué va, llegan con la expresión de quien ha sobrevivido a una catástrofe natural, pero al día siguiente ya están subiendo fotos a redes sociales con frases motivacionales que Paulo Coelho probablemente escribió después de subir una de las cuestas de Narnia: «Los límites solo existen en tu mente». No, perdona, los límites también existen en las rodillas.

Y hablando de sufrimiento voluntario, merece un capítulo especial la gente que se va de camping, lo cual es una actividad extraordinaria porque consiste básicamente en pagar dinero para vivir peor que en casa, dormir incómodo, sudar dentro de una tienda que funciona como un horno portátil y compartir baño con veinte desconocidos alemanes con pelos en el pecho y en la espalda que han decidido convertir la ducha en una experiencia espiritual de cuarenta minutos. El campista, sin embargo, lo vende como una conexión con la naturaleza, una frase preciosa que significa: «No hay enchufes y me está picando algo», porque la naturaleza es maravillosa hasta que descubres que los mosquitos también tienen derecho a cenar y montar una tienda de campaña es otra de esas tradiciones humanas que deberían estudiarse en universidades, nunca sale bien, jamás, la bolsa de la tienda parece diseñada por ingenieros de la NASA, pero las instrucciones son un jeroglífico egipcio dibujado por alguien bajo los efectos de un tranquilizante veterinario. Siempre hay una pareja discutiendo mientras sostiene unos palos imposibles: «Te dije que esta pieza iba arriba»; «¡Pues en el dibujo parece abajo!»; «¡Porque estás sujetándolo al revés!, y todo esto para dormir en el suelo, ¡en el suelo!, una superficie que la humanidad abandonó hace siglos gracias al maravilloso invento llamado cama».

Pero ninguna experiencia refleja mejor el espíritu masoquista del verano español que ir a la playa en pleno agosto, especialmente un domingo, porque no basta con disfrutar del mar, no, hay que hacerlo junto a treinta mil personas más, a cuarenta grados y con una sombrilla clavada peligrosamente cerca del hígado. La playa en agosto no es descanso: es supervivencia, el trayecto desde la toalla hasta el agua ya parece una recreación del desierto del Sáhara, vas saltando sobre la arena ardiente mientras intentas mantener cierta dignidad, algo imposible cuando avanzas haciendo pequeños grititos agónicos, y luego está el ritual logístico, porque pasar un día de playa exige mover más equipamiento que una operación militar: neveras, sillas plegables, bolsas, flotadores, raquetas, juguetes infantiles, la suegra y una sombrilla que, misteriosamente, siempre pesa como si estuviera fabricada con restos del Titanic, la gente llega para el arrastre antes incluso de sentarse, pero lo increíble es que después dirán: «Qué bien hemos estado». ¿Bien? Has pasado nueve horas sudando, comiendo arena y escuchando reguetón ajeno a un volumen que vulnera tratados internacionales.

Quizás porque somos más raros que un helado de tortilla o porque el domingo fue San Pascual, que sé yo, el Ayuntamiento ha tenido la iniciativa de elaborar una ordenanza municipal de convivencia vecinal, con la finalidad de poner un poco de orden en el desaguisado que es la forma que tenemos de socializar los vecinos, teniendo en cuenta nuestros gustos, preferencias y actividades, muchos de ellos carentes de sentido alguno y que en muchos casos alteran la convivencia, lo cual esta muy bien, el problema de esta regulación reside en determinar que consideraciones prevalecen: las del equipo del gobierno y sus socios, las de la oposición, las de mi vecina Vicenta o las de la asociación «Elche piensa de vez en cuando», toda una incógnita y un reto difícil de alcanzar, porque quizás la grandeza del ser humano reside en su inagotable capacidad de romantizar nuestros gustos y preferencias, a lo que hay que añadir la necesidad que tenemos de convencer a los demás de que merece la pena: el corredor quiere que tú también corras, el campista quiere que pruebes la experiencia y el amante de los caracoles insiste en que les des otra oportunidad, como si el objetivo final de la humanidad fuera compartir nuestras rarezas hasta que nadie recuerde quién empezó la broma.

Y quizá sea eso lo que realmente da sentido a la vida: la capacidad colectiva de encontrar felicidad en cosas completamente absurdas, porque mientras alguien siga emocionándose preparando una nevera para la playa, defendiendo con pasión las virtudes gastronómicas de un caracol o ventilándose los tobillos en febrero llevando un pantalón tobillero y unos zapatos castellanos sin calcetines como si fuera un camarero italiano que ha perdido parte de su uniforme, la humanidad seguirá teniendo esperanza, un poco extraña eso sí, pero esperanza al fin y al cabo.

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