Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión | Tribuna

La sociedad del ruido: cuando el bulo erosiona la confianza

La sociedad del ruido: cuando el bulo erosiona la confianza.

La sociedad del ruido: cuando el bulo erosiona la confianza.

Hay sociedades que se deterioran por las crisis económicas, otras por los conflictos políticos y algunas por la pérdida de referentes compartidos. Pero existe una erosión mucho más silenciosa y quizá más peligrosa: aquella que comienza cuando dejamos de confiar en la verdad. O peor aún, cuando dejamos de creer que merece la pena buscarla.

Vivimos en un tiempo en el que la mentira ha dejado de esconderse. Ya no necesita disimular ni moverse en los márgenes. Se presenta disfrazada de opinión, de confidencia, de supuesto conocimiento privilegiado o de indignación moral. Se comparte en redes sociales, se multiplica en grupos de mensajería, aparece en conversaciones cotidianas y, demasiadas veces, se instala con sorprendente facilidad en el debate público. Es el tiempo de los bulos, de las medias verdades y de los relatos construidos para influir más que para informar.

El problema no reside únicamente en que existan falsedades —porque las mentiras han acompañado siempre a la condición humana— sino en la velocidad con la que hoy circulan, en la facilidad con la que son aceptadas y, especialmente, en la normalidad con la que terminan formando parte de nuestra convivencia.

Y quizá ahí resida el verdadero riesgo: el bulo no solo desinforma; desgasta. No solo manipula; divide. No solo engaña; erosiona uno de los pilares esenciales sobre los que se construye cualquier comunidad sana: la confianza.

La confianza es el gran pegamento invisible de cualquier sociedad moderna. Confiamos en las instituciones para garantizar derechos, en los medios para informarnos, en las empresas para actuar con responsabilidad y en las personas con las que convivimos para construir relaciones basadas en la honestidad. Cuando esa confianza se resquebraja, aparece una niebla moral: dejamos de creer en nada, sospechamos de todos y terminamos refugiándonos solo en aquello que confirma nuestras ideas.

Las redes sociales han amplificado este fenómeno hasta extremos difíciles de imaginar hace apenas dos décadas. Su arquitectura premia la emoción rápida frente a la reflexión pausada. El mensaje que provoca indignación, miedo o rabia viaja mucho más rápido que un análisis sereno. Los algoritmos no distinguen entre verdad y mentira; distinguen entre aquello que genera atención y aquello que no.

Pero los bulos no nacen únicamente en las redes sociales ni viven solo en el universo digital. Mucho antes de los algoritmos, los bulos ya caminaban entre nosotros, en conversaciones privadas, en pasillos, cafés o entornos profesionales y personales. Hoy siguen existiendo y, en ocasiones, con una capacidad de daño aún mayor.

Existe una forma de desinformación especialmente corrosiva: aquella que unas personas construyen deliberadamente sobre otras. Rumores, insinuaciones, medias verdades o afirmaciones falsas pronunciadas con apariencia de certeza que buscan deteriorar una reputación, generar desconfianza o debilitar a alguien personal o profesionalmente. A veces surge del resentimiento, de la rivalidad o del interés; otras, simplemente, de una cultura donde hablar del ausente parece haberse normalizado.

Hay algo profundamente injusto en el bulo personal: quien lo lanza apenas asume costes, mientras quien lo sufre debe invertir tiempo, credibilidad y energía emocional para defenderse de algo que nunca debió producirse. La mentira tiene una enorme capacidad de expansión; la verdad, en cambio, suele caminar más despacio.

En el ámbito profesional, empresarial o institucional, estas prácticas resultan especialmente dañinas. La reputación constituye uno de los activos más valiosos de cualquier persona. No hablamos solo de imagen; hablamos de confianza, liderazgo y credibilidad. Cuando el rumor sustituye a los hechos, el daño acaba siendo colectivo: nadie termina confiando plenamente en nadie.

La ética, precisamente, comienza en cómo hablamos de los demás cuando no están delante. Una sociedad madura no debería normalizar el rumor destructivo ni premiar la maledicencia disfrazada de información. La libertad de expresión jamás puede confundirse con el derecho a dañar gratuitamente.

Las instituciones, los medios y las organizaciones tienen aquí una enorme responsabilidad. La transparencia sigue siendo la mejor vacuna frente a la desinformación. Cuanto mayor es la opacidad, más espacio encuentran la especulación y el rumor. Explicar mejor, comunicar con honestidad y actuar con coherencia entre lo que se dice y lo que se hace se convierte en una obligación.

También los ciudadanos debemos asumir una responsabilidad individual. Compartimos demasiadas veces información sin verificar, movidos por emociones o prejuicios. Hemos perdido, en parte, el hábito de contrastar, de dudar sanamente y de dedicar tiempo a comprender los matices de los problemas complejos.

Por eso, la educación crítica y digital será uno de los grandes retos de nuestro tiempo. Enseñar a distinguir hechos de opiniones, a verificar fuentes y a entender cómo operan las dinámicas digitales será tan importante como aprender matemáticas o idiomas.

La pregunta final es incómoda, pero necesaria: ¿queremos una sociedad basada en la verdad o una sociedad atrapada por emociones instantáneas y relatos interesados? Combatir los bulos exige algo más que regulación o tecnología: exige responsabilidad, honestidad y valentía moral.

Porque una sociedad que deja de confiar en la verdad termina debilitando algo esencial: la confianza mutua. Y sin confianza no hay convivencia sólida, ni liderazgo creíble, ni instituciones fuertes, ni proyecto común posible. Solo queda el ruido. Y el ruido, aunque ensordecedor, nunca construye futuro.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents