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Opinión | Tribuna

El buen espejo

Un fotograma de «Historia del buen valle», que se proyecta en sesión extraordinaria del Cineclub Luis Buñuel.

Un fotograma de «Historia del buen valle», que se proyecta en sesión extraordinaria del Cineclub Luis Buñuel. / Cineclub Luis Buñuel Elx

Tendemos desde el sur del arco mediterráneo a hacer el ejercicio de ser un reflejo del norte, sobre todo en cuestiones que afectan a la sociedad y la cultura. Cuando se aúnan, como fue el caso de la película «En construcción» (2001), la búsqueda de paralelismos fructifica en un interesante debate. José Luis Guerin, el director de aquella película sobre la remodelación del barrio del Raval de Barcelona, lo ha vuelto a hacer y nos hace enfrentarnos otra vez a nuestro pensamiento preestablecido sobre la configuración del territorio. Si entonces detuvo su mirada en un grupo de obreros que trabajaban durante la transformación radical a la que se sometía la ciudad para convertirla en lo que ahora se promociona como la Gran Barcelona, no lo es menos el acercamiento que realiza con «Historias del buen valle» (2025) a los resultados de aquella operación urbanística, en el caso de un barrio como el Vallbona, uno de los más desconocidos de la periferia barcelonesa, interrumpido por autopistas, a medio camino de otros municipios.

De igual manera, la película se sitúa entre el cine documental y la ficción. Como decía el crítico Carlos Losilla en la web «Política&Prosa», «es difícil saber si Guerin está filmando a los personajes reales que ha encontrado en Vallbona o si estos últimos conforman el reparto de una película de género», cercana al western contemporáneo, amenazado el paisaje por un ferrocarril que lo atravesará y obligará a muchos de sus habitantes a abandonar el lugar, un paraíso que pronto va a dejar de serlo. Guerin se ocupa de algunas de sus historias, de unas vidas que, después de muchas condicionantes y sucesos particulares, afectadas por una evolución histórica y un determinado contexto social, se exponen al capitalismo desmedido y la especulación feroz de estos tiempos, mientras se abren a las oleadas migratorias. Sin victimismo, sin discursos engolados.

Guerin no es un cineasta social ni sus películas cine reivindicativo, pero su obra sí se acerca a lo que podemos entender como utopía política. Citando de nuevo a Losilla, «el buen valle es a la vez Vallbona, el lugar real, y una utopía que Guerin solo puede construir y habitar a través del cine», aunque resulte una película un tanto ingenua, a través de un registro entre realista y lírico. Esta película nos enseña algo como colectividad: debemos prescindir de la malicia que lo cubre todo, estamos necesitados de cierta quimera subversiva. Bajo la apariencia sencilla de esta película, sin alardes estilísticos, con un fluido trabajo de montaje, su resonancia es universal. Necesitamos ahora, más que nunca, la sabiduría de mujeres y hombres buenos en la ciudad, como los de «Historia del buen valle», en sesión extraordinaria del Cineclub Luis Buñuel el jueves 21 a las 20 horas, con entrada libre en el cine Odeón.

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