Opinión | Sin aspereza
Acorralados

Marisol, la niña prodigio del franquismo que se liberó en la Transición.
Un titular sale al encuentro y golpea con fuerza: "Máxima preocupación por el estado de salud de Pepa Flores". ¿Pero qué pasa aquí? Esto sí que no. ¿Es que también van a saltar por los aires los mejores recuerdos? ¿No vamos a poder refugiarnos en ellos ahora que cabalgan por la cabeza recreándolos como si hubiesen sucedido ayer? Estamos a principios de los sesenta. Mi abuela me recoge del colegio del barrio y un viernes al mes nos embarcábamos en una travesía hasta el refugio del habilitado que le gestionaba la pensión. De allí me agarraba con más fuerza la mano, atravesábamos unos jardines que olían a tierra mojada o azahar según la época y, a través de la judería, acabábamos en una pastelería donde al nieto se le iban los ojos.
Unas cuantas tardes por temporada tocaba cine. La fiesta mayor se llamaba Marisol y allí acudía resplandeciente con Un rayo de luz, manejando el coche con un poni al frente, rodeada de mocitos al trote mientras entona "Corre, corre caballito" enfundada en una rebeca roja para que no perdiera el decoro sobre la que sobresalen unas trenzas rubias y una cara repleta de alegría. Lo que no sabíamos es que para entonces ya había pasado por El show de Ed Sullivan que emitía la CBS los domingos por la tarde en vivo desde Nueva York, el mismo día que también estaba invitado Harpo Marx. Y, por supuesto, el gran público desconocía hasta mucho tiempo después que todo aquello supuso un martirio para la criatura.
Lo recordaba viendo a Sinner andando como un pato mareado sobre la tierra ardiente de Roland Garros, con su piel transparente y el pelo rojizo ensortijado, intentando resistir con vida hasta el final de la contienda en la seguridad de que no tenía nada que hacer. Simone Biles, once medallas olímpicas, 30 mundiales, 23 de ellas de oro, récord absoluto entre hombres y mujeres gimnastas, confiesa a sus 29 años que odia el ejercicio cuando aún no ha descartado participar en los próximos Juegos a celebrar en su país.
Marisol rompió con su pasado, volvió a ser Pepa Flores, se transformó en pecera del brazo de Gades, fue más allá hasta militar en el Partido Comunista de los Pueblos de España, se vinculó al régimen de Castro en La Habana y porque ya era muy difícil extremarse más que si no... Al distanciarse del bailaor, desdeñó la política para los restos. E hizo algo salvador dada su singladura: enterró de cuajo la exposición pública a la que la había arrastrado el productor Manuel Goyanes con once añitos, refugiándose en su tierra natal en lo que se conoce que ella valora como la mejor decisión jamás tomada.
La ópera primera de otra de las directoras que han irrumpido para sublimar nuestro cine va sobre los trastornos que conlleva competir en lo más alto del escalafón. Una de las hijas de Pepa Flores ha salido unos instantes para decir que a su madre no le pasa nada. Y lo ha dejado ahí si bien quienes la rodean no ocultan que la muerte de su pareja durante 35 años la cortó por la mitad. Pero, bueno, como a cualquier hijo de vecino que es lo que ella ansiaba ser. Así que, si me lo permiten, no nos alarmen porque sí. Que bastante tenemos ya.
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