Opinión | Tribuna
La fagocitosis de los innovadores

Protesta de profesores en la Dirección Territorial de Educación de Alicante
He visto esta dinámica destructiva de la fagocitosis en las escuelas de todos los países que conozco. Es probable que también se desarrolle en la micropolítica de las empresas. Se trata de un perverso mecanismo que acaba destruyendo a aquellos profesores o profesoras que quieren mejorar lo que se hace en la institución en la que trabajan. Es decir, de quienes son innovadores. No hace mucho publiqué un artículo de título lapidario: "Innovar o morir". La rutina es el cáncer de las instituciones.
El funcionamiento de la fagocitosis del innovador (o la innovadora, y esta cuestión del sexo no es una cuestión menor en este asunto) es el siguiente. Un profesor tipo A (inquieto, comprometido, esforzado) le propone a un profesor tipo B (acomodado, perezoso, desganado) hacer un proyecto de investigación en la acción sobre la participación de los alumnos y de las alumnas en la evaluación, o sobre la solución de conflictos a través de la mediación entre iguales, o sobre las autolesiones de los adolescentes, o sobre la autoestima de los estudiantes… El profesor tipo B, que tiene como lema que pudiendo no hacer nada, por qué es necesario hacer algo, se siente interpelado y, de alguna manera, puesto en evidencia. No puede argumentar con lógica que lo que él propone (no hacer nada) es mejor que lo que propone su colega (hacer algo positivo). Ya sé que esta etiquetación tan esquemática (tipo A y tipo B) es más que discutible, pero me permite explicarme.
Como no puede destruir la causa del profesor A, el B pone todo su empeño en destruir al profesor A. Lo quiere fagocitar, desacreditar, ridiculizar. Hay cuchillos que utilizan los B para herir y matar a los A. He descrito en otro lugar veinticinco cuchillos de diferente corte.
Me referiré aquí solamente a siete.
Primer cuchillo: "No hagas caso al A porque tiene problemas afectivos. No es que sea un buen profesional, es que no tiene hijos y todo el afecto que debería dedicarles lo pretende volcar en sus alumnos y alumnas. No es que quiera estar mucho tiempo en la escuela, lo que le pasa es que no quiere ir casa porque se está separando". Piensa el profesor B que desacreditando al profesor A, acabará desacreditando su propuesta.
Segundo cuchillo: el profesor B pregunta: ¿lo van a pagar?, ¿lo van a acreditar? Ante la negativa a sus preguntas, trata de atribuir al profesor A intenciones espurias: "Este con tal de sobresalir, es capaz de trabajar más", "lo que pretende es adular al director", "lo que busca en realidad es que la Inspección le premie con algún carguito". Le pasa al profesor A lo que le pasó a un soldado en la guerra: cavó una trinchera tan larga y tan profunda que le declararon desertor.
Tercer cuchillo: es muy eficaz la utilización de la ironía. "¿Te van a hacer un monumento en el patio?", "van a poner los padres y las madres tu nombre a una calle?". En Argentina dicen: "¿Te van a dar la tiza de oro?". Este tipo de chanzas son muy hirientes para quien, con buena voluntad, hace un a propuesta innovadora.
Cuarto cuchillo: el proceso del etiquetado es el mismo en todos los centros, lo que varían son las etiquetas. Consiste en colgar al profesor A una etiqueta desfavorable en el contexto: "No le hagas caso al profesor A porque es de Vox o porque es de Sumar, o porque es de Bildu".
Quinto cuchillo: se trata de invocar la experiencia con ánimo destructivo. "Eso que propone el profesor A ya lo hicimos aquí hace cinco años y no sirvió para nada. Es más, fue origen de un conflicto entre los que querían hacerlo y los que no querían. Es mejor dejar las cosas como están. Es mejor no hacer nada".
Sexto cuchillo: se trata de argumentar que "eso" que propone el profesor A ya se está haciendo de una forma u otra. No es nada especial, nada nuevo, es algo que todos lo hacen sin llamar tanto la atención.
Séptimo cuchillo: "Después de lo que hace la Administración con nosotros, que no nos escucha, que no nos concede lo que pedimos, que nos carga de burocracia, no vamos nosotros ahora a poner toda la carne en el asador", dice con mucha contundencia el profesor B.
Cuando uno de estos cuchillos es manejado por el director o la directora de la institución, la herida suele ser un poco más grande, más profunda y más dolorosa porque quien tiene la misión de promover, de alentar y de impulsar la innovación actúa de forma muy eficaz contra quien la promueve.
Comprendo el poder disuasorio de estos cuchillos, comprendo la herida que pueden causar. El profesor A, que pretende reflexionar sobre su práctica para mejorarla, que quiere trabajar con entusiasmo para conseguir esa mejora, no solo no es felicitado por su iniciativa y su trabajo, sino que es ridiculizado o criticado con dureza.
Esas heridas se pueden curar. Se curan con la ayuda de la familia, de los amigos, de los compañeros que, después de muchos años, siguen manteniendo su afán innovador. Una herida no es un destino.
- ¿A ti no te habían dado una cuchillada?, pregunta un B.
- Sí, pero no fue una cuchillada mortal, estoy totalmente curado. No solo curado, estoy más fuerte que antes de recibirla.
Les digo a los profesores y a las profesoras, sobre todo a los jóvenes: sed A y jubilaos de A por una poderosa razón: vais a ser más felices. Es probable que tengáis que trabajar más, pero ese trabajo estará lleno de recompensas intrínsecas. No hay que caer en la trampa de la fagocitosis, por muy dolorosa que sea.
Esta historia, que creo haberle leído en algún libro José María Cabodevilla no sé dónde ni cuándo, explica muy bien lo que quiero decir.
En una cartería de Valencia se estaba clasificando la correspondencia en diversos casilleros: zonas, barrios, calles, bloques… Un cartero llama la atención de sus colegas sobre una carta que tiene en las manos con una extraña dirección: San Antonio de Padua. El cielo. Un colega le pregunta si tiene remite. Y él contesta que tiene un nombre y una dirección. Alguien dice que probablemente será la carta de un niño que le escribe a San Antonio, como suelen hacer con otros mágicos destinatarios: carta a los Reyes Magos, carta a Papá Noel… Abre la carta y comprueba que no es un niño quien la escribe sino un adulto que dice estar en el paro y que necesita con urgencia cien euros porque tiene que comprar medicinas para su hijo y no sabe dónde puede conseguir el dinero.
El cartero que ha recogido, abierto y leído la carta les dice a sus compañeros que cien euros para uno solo es mucho dinero, pero que, como el grupo es grande, propone que cada uno deje algo de dinero y que él se encargará de enviarlo a la dirección que figura en el remite.
Al terminar el trabajo el cartero comprueba que sus compañeros han dejado setenta euros. Él tiene disponibles otros diez. Setenta y diez, ochenta. Como dice el autor de la carta que necesita el dinero con urgencia decide no esperar a completar la cantidad solicitada. Mete el dinero en un sobre, pone la dirección que figura en el remite y, sin ninguna explicación, envía el dinero a su destinatario. A los dos meses reciben en la cartería una carta con la misma dirección: San Antonio de Padua. El cielo. El cartero llama la atención de sus compañeros y les dice que aquel trabajador desempleado ha escrito otra carta y que con seguridad dará las gracias por el dinero que enviaron. La abre. Es el mismo, en efecto. Y lee en voz alta para que todos se enteren del contenido: "Querido San Antonio: ya sabía yo que no me ibas a fallar. Te quiero dar las gracias por el dinero que me mandaste que, con otro poco que yo puse, me permitió comprar las medicinas para mi hijo que, por cierto, se ha curado. Pero te voy a dar un consejo: cuando mandes dinero otra vez a tus devotos, no se te ocurra mandarlo a través de las oficinas de correos porque, los muy ladrones, me han robado veinte euros de los que tú me mandaste".
Es comprensible que los carteros tomen la decisión de no volver a ayudar a nadie, ya que no solo no les han agradecido la generosidad, sino que les han llamado ladrones. Si no hubieran enviado la ayuda, se hubieran ahorrado el dinero y el insulto. ¿Cuál es la trampa? Que van a dejar de ser generosos. Esa es su desgracia.
Algunos me preguntan: ¿y qué hacemos con los B?, ¿los matamos nosotros?
No. No hay que matar a nadie. Hay que Invitarles a que compartan la causa de los A, la alegría de los A. Porque su postura es más positiva, más interesante, más optimista, más eficaz. Ya sé que no es fácil que acepten la invitación. Alguna vez sucede porque algunos son B porque nadie pensó que pudieran o quisieran ser A. Lo que siempre les quedará a los A es la reflexión de Voltaire: "No hay mayor venganza sobre nuestros enemigos que la de que nos vean felices".
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