Opinión | La pluma y el diván
Sátira política

Sátira política
El curso de los acontecimientos políticos de los últimos años ha conseguido, como nunca, que la mayoría de los ciudadanos estemos concienciados de la importancia capital que tienen, para todos y cada uno de nosotros, estos hombres y mujeres que un día decidieron libremente dedicarse a hacer política.
Las universidades, como fuente de saber y conocimiento durante siglos, han sido las encargadas de formar a los ciudadanos en las diferentes disciplinas, mejorando significativamente con el paso del tiempo el adiestramiento de sus egresados, para que la sociedad en su conjunto pueda aprovechar esas mejoras y el país progresar más y mejor.
Para nuestros políticos universitarios la carrera estrella es la de Derecho y, curiosamente, la de Ciencias Políticas parece que no interesa mucho. Si nos vamos a las obviedades, a nadie se le ocurre operar a corazón abierto sin tener estudios universitarios de medicina o construir un rascacielos sin la titulación pertinente de arquitecto o ingeniero.
El caso de los profesionales de la política también está vinculado a las vidas de los ciudadanos, porque son quienes marcan las pautas legislativas, los impuestos, los servicios de que pueden disponer o los caminos que ha de seguir la economía, entre otras muchas funciones más que afectan directamente a todos.
Los valores del político en España se ciñen únicamente a la capacidad de sumisión a un partido político, la cantidad de votos que es capaz de arrastrar con su imagen o su verborrea y al índice de impasibilidad que es capaz de representar.
La sumisión o arte del lameculos actúa en escalera ascendente, de tal forma que el que entra a formar parte de un partido político tiene que ir escalando puestos por genuflexión ante el superior inmediato, al margen de cualquier tipo de habilidad o conocimiento que pudiera poseer.
La captación de votos es algo intrínseco a la propia supervivencia del político. De hecho, el que está ninguneado por sus correligionarios y por sus conciudadanos tiene sus días contados en el seno de un partido, pero aquel que consigue despertar la admiración de los demás porque cuenta con popularidad y se presupone que arrastrará votos, se encontrará apoyado por propios y extraños.
El buen político español no es el que cuenta con una formación universitaria, que sabe idiomas, que ha estudiado a fondo la política nacional e internacional, que maneja las leyes y la economía sin titubeos, que no le tiembla el pulso cuando ha de tomar decisiones que afectan a millones de ciudadanos.
El buen político español es el que sabe manejar sus emociones, hablar simulando que sabe lo que no sabe, que cuando yerra se mantiene impertérrito y que cuando ha de fastidiar al pueblo lo hace de una forma impasible.
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