Opinión
La educación cambia a las personas y las personas cambian el mundo

La educación cambia a las personas y las personas cambian el mundo
“La educación no cambia el mundo. La educación cambia a las personas, y las personas cambian el mundo”. La célebre reflexión del educador brasileño Paulo Freire resume con claridad la verdadera dimensión de la enseñanza. En tiempos como los actuales, marcados en la Comunidad Valenciana por una larga huelga de maestros y profesores de secundaria y de Formación Profesional, convendría detenerse un momento y pensar precisamente en eso, en la importancia decisiva que tiene la educación en la vida de una sociedad.
Se habla de salarios, de horarios, de negociaciones sindicales y de presupuestos. Y todo ello importa, naturalmente. Pero reducir esta protesta únicamente a una cuestión económica, como se ha pretendido hacer desde la Generalitat, sería no entender el verdadero fondo del problema. Los docentes llevan años advirtiendo del deterioro de las condiciones en las aulas: ratios excesivas, dificultades crecientes para atender adecuadamente a la diversidad, infraestructuras deficientes, burocracia asfixiante y una sensación cada vez más extendida de agotamiento profesional. No se trata solo de una reivindicación laboral, se trata de la posibilidad real de seguir enseñando con tiempo y con atención suficiente para cada alumno.
Porque educar no ha consistido nunca en transmitir contenidos. Una maestra o un profesor no se limitan a explicar matemáticas, lengua o historia. Educar es despertar curiosidad, ofrecer confianza, detectar talentos ocultos, acompañar inseguridades y, muchas veces, sostener emocionalmente a quienes todavía están aprendiendo a entender el mundo y a entenderse a sí mismos.
Con frecuencia olvidamos hasta qué punto somos el resultado de aquellos docentes que marcaron nuestra vida. Recuerdo a don Ricardo en primero de la añorada EGB, que me enseñó algo que con los años he comprendido mejor, que la cultura y el saber solo penetran verdaderamente cuando van acompañados de la bondad. No recuerdo únicamente lo que enseñaba; recuerdo sobre todo cómo nos hacía sentir. Comprendí gracias a él que la autoridad de un maestro nace del respeto, de la cercanía y de la capacidad de mirar a cada niño como alguien importante. Años después llegó don Manuel, que me enseñó a escribir y a amar la literatura. Gracias a él descubrí que las palabras podían convertirse en emoción y libertad, sentimientos que gozo al escribir estas líneas. Y más tarde, ya en mi querido Jorge Juan, don José, el Boluda, me descubrió la belleza de la Historia, no como una sucesión fría de fechas, sino como una conversación permanente entre generaciones. Quizá sin saberlo, aquel profesor terminó orientando mi vocación y buena parte de mi vida. Y estoy convencido de que casi cualquier persona podría recordar hoy un nombre semejante. Todos conservamos la memoria de algún maestro o de una profesora que vio algo en nosotros antes incluso de que nosotros mismos fuéramos capaces de verlo.
Con los años he tenido además la oportunidad de contemplar esa misma vocación desde otro lugar, el de un padre que observa a su hijo ejercer la docencia. Mi hijo es profesor de matemáticas en el Instituto Antonio José Cavanilles y, viéndolo cada día, comprendo aún mejor la dimensión humana de esta profesión. ¡Qué orgullo! Él no se limita a enseñar ecuaciones o resolver problemas matemáticos. Lo veo preocuparse por las dificultades personales de sus alumnos, escuchar sus inquietudes, atender sus emociones y tratar de orientarlos cuando atraviesan momentos difíciles. Muchas veces esa tarea silenciosa no aparece en ningún currículo ni en ninguna estadística, pero constituye quizá la parte más valiosa de la enseñanza. Y como mi hijo hay miles: mis sobrinas Mila y Victoria y su querido Ahmed y un largo número de docentes que siguen entendiendo su profesión como un compromiso profundamente humanista. Más allá de obligaciones administrativas y horarios, asumen que educar significa también acompañar. Y eso exige una entrega que rara vez recibe reconocimiento público.
Ninguno de estos maestros han ocupado portadas. Ninguno acumula riqueza ni poder. Pero dejan algo infinitamente más valioso, una huella duradera en la vida de cientos de alumnos. Por eso quizá convendría escuchar esta huelga con menos simplificaciones y más responsabilidad colectiva. Porque cuando una sociedad deteriora su educación pública no está dañando únicamente un servicio administrativo, más bien está debilitando el lugar donde se forman los ciudadanos del mañana.
Conviene pensar en nuestra historia reciente, que nos ha enseñado además algo esencial, el que las sociedades que han despreciado la educación, que han debilitado el pensamiento crítico o que han condenado el conocimiento a un segundo plano, han terminado muchas veces presas del fanatismo, de la intolerancia y de la manipulación. Allí donde la ignorancia avanza, la democracia retrocede. Existe una frase atribuida a Derek Bok, antiguo rector de Harvard, que resume admirablemente esta idea: “Si cree que la educación es cara, pruebe con la ignorancia”.
Tal vez hemos olvidado algo esencial, que una sociedad se define también por el respeto que concede a quienes educan a sus hijos. Porque los docentes trabajan con algo mucho más delicado que cualquier mercancía: la inteligencia, la sensibilidad y el futuro de las personas.
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