Opinión | Esto no es un cuaderno
Encomio de la estulticia

Pablo Ruz y Toni Pérez, con las imágenes de cómo será el Palacio de Congresos. / PILAR CORTÉS
«Habría sido gol si hubiera entrado entre los postes».
– Michael Owen, exfutbolista británico
La rivalidad entre el líder conservador británico Disraeli y el liberal Gladstone definió la política parlamentaria victoriana en las décadas de 1860-70. Este era un hombre rígido y moralista; aquel, un dandi cínico e ingenioso. Cuentan que cuando en una ocasión le pidieron a Disraeli que definiera con precisión semántica la sutil diferencia entre una «desgracia» y una «calamidad», aprovechó la ocasión para lanzarle una invectiva a su eterno rival. «Si el señor Gladstone cayera al Támesis y se ahogara, eso sería una desgracia; pero si alguien lo salvara, eso sería una calamidad», sentenció con una acendrada puya británica.
En otra ocasión, el afilado Disraeli afirmó en un acalorado debate en la Cámara de los Comunes que «la mitad de los miembros del gobierno son unos bribones». El speaker (presidente) se levantó indignado y le ordenó retirar el insulto de inmediato. El aludido, sin perder la calma, se puso en pie y reformuló la frase: «Señor presidente, retiro lo dicho. La mitad de los miembros del gabinete no son unos bribones».
Las descalificaciones y/o insultos más o menos directos, más o menos hirientes, más o menos eufemísticos entre rivales políticos existen desde los inicios mismos de la civilización que conocemos y nos ha traído hasta donde estamos. Desde Demóstenes contra Esquines (330 a.C.): «Tú hacías de actor secundario; yo iba a verte actuar; tú fracasabas en las obras y yo te silbaba»; Cicerón contra Catilina (63 a.C.): «¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?», hasta la edad dorada del parlamentarismo español del siglo XIX (Castelar, Cánovas del Castillo). Para desembocar en el absoluto declive que vivimos en las últimas décadas, carente ya del más mínimo disimulo o perífrasis: felón, traidor, asesino, tahúr, criminal, ruin, mezquino, miserable, terrorista, indecente... hasta llegar al quintaesencialista «me gusta la fruta».
La ironía, el sarcasmo («la forma más baja de humor pero la más alta expresión de ingenio», según Óscar Wilde) e incluso la invectiva, expresadas de manera mordaz pero elegante, definen la inteligencia y el ingenio de quien las profiere, de la misma manera que los insultos zafios y sin circunloquios contra adversarios políticos retratan la cortedad intelectual (además de semántica) y la escasez de argumentario de quien los expele. Quevedo la expuso con claridad meridiana: «El insulto es la razón del que razón no tiene».
Viene todo este preámbulo a cuento de lo sucedido en los últimos plenos del Ayuntamiento ilicitano. En la sesión ordinaria de abril se debatía una propuesta de Vox sobre uno de los temas recurrente de la formación de Abascal, la seguridad ciudadana. El edil Samuel Ruiz, tras dibujar una situación cuasi apocalíptica al respecto en el municipio, le espetó a la compromisaria Esther Díez: «Si a estas alturas sigue pensando que el peligro es una etiqueta política que se han inventado, es que usted es idiota».
Quejas, alboroto, llamadas al orden y la presidenta de la sesión, Irene Ruiz, anunciando que tal expresión no constaría en acta. Debería dejarse en el registro de la sesión, como fiel reflejo de lo que se dice en los plenos, para los anales de la historia local. En cualquier caso, no es ni de lejos lo peor que se ha escuchado en el noble salón plenario de la casa consistorial, ni siquiera en esta legislatura.
Díez pidió una rectificación pública; el alcalde, Pablo Ruz, habló con su coaligado Ruiz para que se aviniera con la compromisaria, con nulo resultado, en claro menoscabo de su autoridad en el bipartito (y eso que viajaron juntos a China). El concejal arguyó que no la había insultado, y en puridad así era, semánticamente hablando. El condicional «si» le salvaba de una afrenta directa a la edil: la portavoz sería una idiota, en todo caso, si siguiera pensando que no hay inseguridad y que es un invento de Vox. Como tal extremo no quedó claramente explicitado (aunque sí intuido), no hubo insulto stricto sensu. A no ser que el Tribunal Supremo siente jurisprudencia en sentido contrario, por supuesto.
En cualquier caso, el improperio de Ruiz adquirió proporciones mediáticas nacionales (una vez más) y en vista de que no se producía el acto de contrición del concejal (más bien lo contrario), Esther Díez pidió una reparación en el pleno de este mes, concretada en una reprobación del edil. Una proposición que, como era de esperar, no prosperó porque el alcalde tiró por elevación (algo habitual en los plenos) y pidió que se rechazara también el calificativo de «imbécil» que el ministro de Transportes, Óscar Puente, le había dedicado al líder estatal del PP, Alberto Núñez Feijóo. Dron interceptado con misil tierra-aire.
Pero la cuestión que suscita esta reacción del primer edil es si el epíteto «idiota» sugerido por un miembro de la corporación municipal a otro es equiparable al término «imbécil» dedicado por un ministro al jefe de la oposición. ¿Anula uno al otro, o se complementan? ¿Qué es peor, ser idiota o imbécil? Y, sobre todo, ¿por qué la estupidez va en aumento en el mundo si cada vez la raza humana tiene más conocimientos y goza de mayores avances en todos los campos? Ya el teólogo y filósofo Erasmo de Róterdam advirtió de la importancia del asunto cuando en 1511 publicó Elogio de la locura (título cuya traducción más ajustada del latín sería Elogio de la necedad o de la estupidez), donde ya apuntaba las ventajas de la Estulticia sobre la Razón, y cuán felices son las personas cuando viven arropadas por la idiotez.
Dejemos esta espinosa materia y digamos que en lo que al resto de política local se refiere, vamos progresando adecuadamente y el equipo de gobierno está que se sale de proyectos (como siempre, más o menos). De momento, el alcalde y varios ediles han podido ya salvar las vías en tren en la nueva zona de Altabix gracias a la esperada pasarela peatonal. «Un hito histórico», en palabras de Ruz, y a pesar de su acostumbrada tendencia a la hipérbole, no le falta razón. A partir de ahora vamos a saturarnos de hitos históricos del bipartito PP-Vox. Atentos.
Lo que ya se observa es la efervescencia política mediante anuncios (los de siempre, pero ahora con mayor premura, como si fueran ya para mañana mismo) que presagian ya la vorágine preelectoral. Nos han visitado últimamente dos consellers. El de Infraestructuras, Vicente Martínez Mus, para participar en un foro de este periódico, que anunció que todo lo suyo (carretera de Santa Pola, Tram, Ronda Sur, depuradora de Algorós) marcha más o menos según lo previsto salvo alguna cosa e imprevistos habituales. Y el de Emergencias e Interior, Juan Carlos Valderrama, para un curso policial y anunciar, junto a Ruz, otro nuevo proyecto: la instalación en el colegio Carlos III del futuro centro de formación de la Policía Local y la sede de Protección Civil. Lo dicho, un no parar de hitos históricos.
Para rematar la semana, se ha dejado caer por aquí el presidente de la Diputación, Toni Pérez, para decirle al alcalde y a la ciudadanía en general que no desesperen con el Palacio de Congresos, que todo llegará a su debido tiempo. De momento se ha reunido la comisión mixta institucional para dar pasos firmes en asuntos burocrático-organizativos, que son trámites tan farragosos como necesarios. Y no, no habrá máquinas trabajando en el solar en lo que queda de mandato. Será un hito histórico para el próximo. Confiemos en que la estulticia no acabe afectando (o no mucho más) a todos estos proyectos, o no habrá muchos más hitos históricos a la vista.
Y, por favor, señores/as ediles, si no tienen más remedio que acudir a los denuestos en los plenos, insulten con clase y refinamiento. Nos harán un favor a la ciudadanía (y a la presidenta de la sesión).
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