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Opinión | Tribuna

Sobre el libro (de)texto

Sobre el libro (de)texto

Sobre el libro (de)texto

Hace unas semanas, en un evento con colegas libreros de toda España, un compañero del otro extremo de la provincia de Alicante nos contó a quienes compartíamos mesa en la cena algo que, por desgracia, no nos sorprendió: un conocido suyo que trabajó en una gran superficie comercial le explicó que los responsables de preparar los pedidos de libro de texto tenían la instrucción de que, cuando las familias pasaran a buscar sus encargos, aunque tuvieran el pedido completo, no lo entregaran tal cual e inventaran alguna excusa diciendo que estaba incompleto. Así conseguían una nueva visita días después, convencidos de que en ese nuevo viaje la familia añadiría artículos adicionales al carrito. Soy poco dado a las conspiranoias, y considero estas cosas poco inteligentes porque al final todo se sabe (igual que a pesar del esfuerzo denodado de los gobiernos por ocultarlo es público y notorio que nos fumigan desde los aviones, que la Tierra es plana o que si no pagáramos impuestos podríamos procurarnos educación, sanidad, Seguridad Social y servicios urbanos con nuestros mayores salarios -nótese la ironía, por favor-), con lo que, a pesar de que no nos sorprendió la noticia, quisiera creer que no hay directivos tan torpes y que fue solo un hecho descontextualizado que no pudimos contrastar.

El caso es que éramos varios libreros en la mesa y un representante de una importante editorial de libro de texto, y esta anécdota surgió alrededor de la conversación que manteníamos sobre las modificaciones que otra importante editorial, tras un cambio en la dirección, está imponiéndonos a las librerías. Es un empeoramiento de condiciones que desde hace un tiempo viene marcando tendencia entre las editoriales del libro de texto, cada año más caro. Esto deja a las librerías frente a los caballos: por un lado, las familias con su comprensible indignación con los precios al saber por cuánto sale la broma; y por otro los centros educativos, que piden sus presupuestos a distribuidoras, que pueden obtener mejores condiciones de las editoriales que las librerías.

¿Por qué hacen esto las editoriales? Nos sacan del mercado para ahorrar costes (todos lo queremos en nuestras empresas, es legítimo), disminuyen sus costes logísticos y encargan esto a diferentes distribuidoras (con exclusividad en cada región, dejándonos sin alternativas o al albur de que en nuestra zona queden o no algunos títulos tras el acaparamiento de grandes superficies). Así, las editoriales de texto (algunas incluso suprimen el crédito a muchas librerías) cancelan los envíos directos y pasan esa gestión a otro agente que se lleva su parte en el transporte. Esto significa lo siguiente para los comercios de barrio:

1. A los libros de texto de precio libre (etapas de educación obligatoria: Primaria y Secundaria) presumiblemente se les sumará un nuevo añadido en el coste. Esto es, subida de precio al cliente final (familias) o que las distribuidoras o las mismas editoriales los oferten a los centros educativos apenas por encima del precio de coste de la librería (impidiéndonos competir en los contratos y apenas ahorrando nada a los centros).

2. Con los libros de precio fijo marcado por la editorial (etapas educativas no obligatorias como Infantil, Bachillerato y ciclos formativos), el porcentaje de las librerías respecto del PVP oficial disminuye drásticamente hasta comerse en algunos casos el descuento máximo que por ley podemos hacer a los centros educativos cuando nos piden presupuestos, que es un 15%, con lo que tampoco podemos competir ofertando presupuestos a los centros, puesto que nos dejan sin margen. Alguna editorial nos asegura que la distribuidora no se meterá en nuevos centros a hacernos la competencia, pero eso es imposible garantizarlo (de hecho, un comercial de una distribuidora ya me adelantó hace unos días que nadie podría controlarles eso, y que incluso la editorial les iba a hacer la competencia a ellos).

Sobre los descuentos: en general los libros tienen un PVP fijado por la editorial, que puede rebajarse un 5% a clientes normales (como excepción: ferias y Día del Libro, con un descuento del 10%), y hasta un 15% a centros educativos, de investigación o bibliotecas (Ley 10/2007, de 22 de junio, de la lectura, del libro y de las bibliotecas). Esta regla excluye al libro de texto de precio libre mencionado arriba. Además, sepan que el porcentaje de la librería está entre el 25 y el 35%. Con esos 3 euros de media por cada 10 que les cuesta a ustedes un libro debemos pagar nóminas, alquileres, impuestos, suministros, equipos informáticos, etc. No es que vayamos sobrados, y todavía algunos nos llaman ladrones al conocer el montante de su compra.

Regresando al texto: están trasladando a las familias la logística de poner los libros en sus manos, restándonos competitividad al pequeño comercio. No hay mejora para el cliente final: las familias, en vez de caminar a su tienda de referencia irán a una gran superficie, comiéndose la gasolina la rebaja de PVP (además no siempre tendremos stock para servir en los comercios de barrio). Es un coste que de rondón les cuelan a ustedes y que ellos se ahorran porque centralizan el transporte mediante distribuidoras, que priman a las grandes cuentas, les salen más baratas.

Es otra piedra más en el camino tortuoso de los negocios de barrio, ya lapidados por la tontuna gandula de pedir todo a golpe de click. En nuestra mano como clientes y consumidoras, como padres o profesoras y equipos de dirección de los centros educativos, está parte de la solución: pidan información de a quién piden el material en sus centros y pregunten a las librerías qué textos son más baratos y/o fáciles de conseguir (esto aplica también a las lecturas recomendadas). Consulten también si, ya que las librerías patrocinamos las rifas que año tras año montan las AMPAS para sus actividades, no podrían los centros estar del lado de los negocios que generan trabajo, solidaridad y vida urbana en las aceras de su ciudad.

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