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Opinión | Tribuna

Roberto Hurtado García

Roberto Hurtado García

Médico y escritor

Primavera

Una mujer con alergia

Una mujer con alergia / COFARES

Esta mañana he tenido un ataque de alergia, cosa que ya consideraba prácticamente una antigüedad médica, como la Enciclopedia Salvat o los discos de Celtas Cortos. Uno cree que ciertas cosas desaparecen con los años y luego descubre que no: simplemente estaban esperando.

La alergia tiene algo de francotirador balcánico. Puede pasarse meses quieta y luego reaparecer una mañana cualquiera, normalmente cuando varios olivos deciden coordinarse contra ti.

Las lluvias, estupendas para el campo y para los agricultores sonrientes de los telediarios, no son recibidas con el mismo entusiasmo por todos. Hay un grupo creciente de personas que observamos la primavera con la misma mezcla de temor y resignación con la que otros esperan una inspección de Hacienda.

Y eso que yo fui un niño razonablemente asilvestrado. Me revolcaba en el barro. Jugaba en descampados donde hoy probablemente exigirían permisos medioambientales. Volvía a casa cubierto de tierra, sangre seca y una sustancia negruzca de origen incierto que mi madre resumía bajo el término genérico de “porquería”. He convivido con perros, gatos y criaturas que quizá ni siquiera pertenecían todavía a ninguna clasificación veterinaria conocida. He bebido agua de manguera. He respirado polvo de obras públicas de dudosa legalidad. Durante años pensé que aquella infancia casi rural me había inmunizado contra todo. Luego uno crece, estudia medicina y descubre que el cuerpo humano es bastante menos épico de lo que imaginábamos.

Y, aun así, aquí estamos. Por algún motivo, mi sistema inmunológico ha decidido interpretar el polen como una amenaza personal.

Lo curioso de ponerse enfermo siendo médico es descubrir hasta qué punto uno también ha terminado creyéndose esa ficción absurda según la cual los médicos somos personas resistentes, infatigables e inmunes a casi todo. Hasta que un buen día haces un broncoespasmo serio y descubres que tus bronquios han decidido cerrar por reformas.

Entonces pasas al otro lado.

La enfermera me preguntó si podía hablar seguido. Le contesté que sí en tres respiraciones. Después llegaron los broncodilatadores, los corticoides y esa sensación ligeramente humillante de comprobar que respirar bien vuelve a parecer un lujo razonable cuando llevas un rato sin conseguirlo.

De repente eres tú quien espera. Tú quien mira la cara de otros intentando interpretar si todo va bien. Tú quien agradece que alguien entre al despacho, aunque sea solo para preguntarte cómo te encuentras.

Y, sobre todo, compañeros. Compañeros de la sanidad pública que te atienden con una mezcla de profesionalidad y paciencia admirable incluso cuando tú, convertido temporalmente en paciente, recuperas esa costumbre tan médica de opinar sobre todo mientras te ponen el tratamiento.

Nos hemos acostumbrado a pensar en la sanidad pública como si fuera una estructura abstracta, una expresión que aparece en debates políticos y campañas electorales.

Pero a veces la sanidad pública es algo mucho más sencillo. En este caso, un neumólogo que, pese a las interconsultas pendientes, las urgencias y los avisos de planta, encuentra tiempo para asomarse tres veces a verte porque un compañero tiene auténtica cara de estar ahogándose. Y porque el color de tu piel ha pasado de “he dormido bien” a un pajizo preocupante.

Eso también sostiene un hospital. No los discursos. Eso.

Mientras me iba encontrando mejor pensé que quizá nos hemos acostumbrado demasiado a todo esto. A que te atiendan rápido. A que te escuchen. A que alguien se preocupe sinceramente de si consigues volver a respirar tranquilo.

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