Opinión | Tribuna
Tradiciones alicantinas: otro verano siendo precaria

La playa del Postiguet esta semana, como si fuera pleno verano / Pilar Cortés
Cuando mayo toca a su fin la ciudad empieza a transformarse las terrazas empiezan a multiplicarse como setas, los apartamentos turísticos brotan en cada edificio, la playa del Postiguet se llena de “guiris” y la juventud alicantina actualiza el currículum con esa mezcla de esperanza, humillación preventiva y resignación.
Porque sí, llega el ansiado momento en que miles de jóvenes vuelven a emprender esa entrañable tradición consistente en buscar “un trabajo de verano”. Una experiencia antropológica fascinante en la que se compite ferozmente por contratos de veinte horas que en realidad son cincuenta, salarios que parecen una broma del empresariado y horarios diseñados por alguien que claramente odia la conciliación y quizá también a la humanidad.
El verano alicantino no lo sostienen las palmeras ni el sol. Lo sostienen camareras agotadas, repartidores sudando a cuarenta grados, dependientas encadenando turnos imposibles y estudiantes que descubren, con enorme emoción, que el “ambiente dinámico” de la oferta laboral significa exactamente que nadie sabe cuándo sale de trabajar.
Lo verdaderamente admirable es la capacidad colectiva que hemos desarrollado para normalizarlo. Que una generación entera necesite hipotecar todos los veranos de su juventud para poder subsistir el resto del año, pagar el alquiler, el máster, el carnet de conducir o simplemente, sobrevivir, ya no escandaliza a nadie. Forma parte del paisaje, como los chiringuitos o las despedidas de soltero o de soltera.
Y mientras tanto, Alicante continúa vendiéndose al mundo como un paraíso. Que lo es, claro. Sobre todo para quien viene una semana, paga un Airbnb a precio de capital europea y consume una ciudad convertida progresivamente en parque temático turístico. Más complicado resulta vivir aquí todo el año cobrando salarios de temporada en una economía diseñada casi exclusivamente para servir cafés, poner copas y limpiar apartamentos turísticos.
Porque ese es el verdadero debate que nunca termina de abordarse: el modelo económico. Alicante lleva décadas apostando prácticamente todo al monocultivo turístico, mientras expulsa lentamente a quienes sostienen la ciudad (Alicante, city and beach). La realidad es una economía frágil, estacional y profundamente precarizadora que necesita mano de obra joven, barata y sustituible para seguir funcionando.
Pero un momento, ¿alguien se ha dado cuenta de que no estamos condenados a vivir eternamente de servir mesas y especular con apartamentos turísticos? Sí, de hecho hace tiempo que distintos informes económicos y estudios de la Universidad de Alicante vienen advirtiendo de la fragilidad de este modelo excesivamente dependiente del turismo, la hostelería y la construcción, incapaz de traducir el crecimiento económico en mejores salarios, estabilidad laboral o acceso a la vivienda. Alicante necesita diversificar su economía y empezar a apostar de verdad por sectores capaces de generar empleo cualificado y menos precario: innovación tecnológica vinculada al ecosistema de empresas digitales que empezó a crecer alrededor de Distrito Digital, pero que el Consell actual abandonó; economía verde ligada a la rehabilitación energética de edificios y la movilidad sostenible; investigación y transferencia de conocimiento desde la propia Universidad de Alicante; industria cultural aprovechando el potencial audiovisual, musical y creativo de la ciudad; o servicios públicos y de cuidados que respondan al envejecimiento de la población y generen empleo estable y útil socialmente.
Porque el problema nunca ha sido el turismo en sí, sino convertirlo en prácticamente el único horizonte posible para toda una generación (recordemos las palabras de Mazón la Comunidad será turística, o no será, como si fuera una cita shakesperiana).
Se me ocurre que el debate pendiente no sea cuántos turistas más caben cada verano, sino qué tipo de ciudad queremos sostener durante todo el año: una donde la juventud pueda construir un proyecto de vida digno o una donde únicamente pueda sobrevivir enlazando contratos temporales mientras el precio de la vivienda y la precariedad siguen creciendo al mismo ritmo que las terrazas y los apartamentos turísticos.
Después llegan los artículos alarmados preguntándose por qué la juventud no puede emanciparse, por qué cae la natalidad o por qué tanta gente joven se marcha. Misterios contemporáneos absolutamente imposibles de resolver. Pero no pasa nada, seguro que dentro de poco escucharemos al alcalde hablar de talento joven, emprendimiento y resiliencia. Palabras modernas para explicar que, efectivamente, te tocará hacer dobles turnos todo agosto mientras sonríes a turistas por un sueldo que apenas te permitirá seguir siendo pobre, pero eso sí, con vistas al mar.
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