Opinión
Vivir en multitud

Vivir en multitud.
A un lado y a otro, torrentes de personas desconocidas, ríos de aguas crecidas, de sociedades crecidas, encrespadas, multitudes formando remolinos de copiosa espuma a nuestro alrededor. El ruido, el caos, la incertidumbre más severa. Multitudes formando remolinos de abundante confusión a nuestro alrededor. Griterío, risotadas, lamentos preñados de teatralidad. Resulta complicado moverse en relativa libertad, avanzar tímidamente un paso y no tropezar con un viandante apresurado, que, como nosotros, ansioso como nosotros, se afana en la busca de un rincón espacioso y solitario, un huequecito calmoso, un paraíso mudo, una isla sobresaliente y pacífica, minúscula, un montículo alejado de la marea, a salvo del estruendo, enclave privilegiado en que abrazarse a sus propios pensamientos, a sus íntimas reflexiones, a ese discernimiento introspectivo tan necesario, tan valioso, que nos ayuda a identificarnos como seres humanos racionales.
Ocurre habitualmente, es rutina cotidiana, que abrimos la puertecita del microondas y golpeamos en las costillas al vecino. Perdone usted el atropello. A violentos empujones nos abrimos paso para alcanzar la cucharilla del café, que descansa desmayada junto al fregadero. A izquierda y derecha, multitudes de rostros compungidos, de ariscos ademanes. A izquierda y derecha, densas nubes de individuos arracimados. Transeúntes anónimos de miradas vidriosas que entran y salen con áspera indiferencia de nuestro dormitorio, de nuestro cuarto de baño, de nuestro corazón. Disculpe usted que pisotee sin ningún reparo las mullidas alfombras de su frágil dignidad. Las débiles agujas del reloj, con su compás incesante, apesadumbrado y decadente, con su implacable recuento de las horas, apenas logran acomodarse al trasiego asfixiante de estas multitudes que nos rodean. A izquierda y derecha, arriba y abajo, amontonamientos insalubres de población. La humanidad convertida en pululantes y siniestros hormigueos, en un ronroneo ensordecedor de permanente actividad. La humanidad más extravagante transformada en triste anhelo impaciente, en locura, en frivolidad, en inconsolable desconsuelo.
Formamos largas colas para tramitar documentos, para comprar alimentos —pues de algún modo habrá que denominarlos—, para ser atendidos fugazmente por el médico, para ser desgarrados en un quirófano. Colas para adentrarse en los lugares de ocio —ninguna cola frente a las puertas de la biblioteca—. Gruesas colas para embutirnos en un autobús, para abordar aviones atestados, para aprisionarnos en trenes achacosos. Colas inhumanas para chapotear humanamente con pies cansados en el agua tibia que languidece mansamente en la orilla de una playa: mi reino por un centímetro cuadrado de arena. Mi reino entero, y hasta mi sangre peligrosamente azucarada, por una burbujita de oxígeno. Interminables e inamovibles colas para acceder a una ruinosa vivienda de precio miserablemente inflado.
Insufribles colas, en fin, para acariciar el azul de un cielo amable, de un cielo de nubes algodonosas y amables. Colas inacabables, sinuosas, kilométricas, hasta para transitar los peldaños que nos conducen al amor dudoso de un ser idealizado y querido. A izquierda y derecha, arriba y abajo, multitudes.
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