Opinión | Vuelva usted mañana
El final agónico del PSOE y el daño inevitable

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, junto a Alberto II, príncipe soberano del Principado de Mónaco, en Moncloa. / José Luis Roca
Si hace cincuenta años, en los albores de la Transición, nos llegan a decir que medio siglo más tarde la democracia sería esto, la ilusión se habría desvanecido antes de comenzar. Y es que sentimos vergüenza y desazón porque no era o no debió ser esto y menos protagonizado ahora por un partido que fue el de muchos hoy desencantados, huérfanos de quien les represente en el marco de la socialdemocracia y actor de un drama que excede incluso lo estético.
Defender esta cruda realidad es tarea imposible salvo para quienes viven de ella o se han instalado en el reino de la mediocridad moral y política, en la primacía de un Maquiavelo redivivo y un Goebbels redescubierto. No existía lawfare, esa guerra judicial contra la política inventada en las dictaduras latinoamericanas tan del gusto del socialismo patrio, sino un ataque contra los tribunales que no se quieren en su papel de garantes de la ley, como simple correa de transmisión de las directrices del único poder que se reconoce, ilimitado e impune, el Ejecutivo apoyado en siglas diversas que han perdido su idiosincrasia para vergüenza de sus referentes ideológicos. Me pregunto una y otra vez qué diría el añorado Julio Anguita.
Nadie sabe qué sucederá, si una vez terminen los procesos en curso habrá muchas condenas o absoluciones, pero la suciedad que se expone no es gratuita ni se basa en meras especulaciones. Los datos son evidentes para cualquiera que tenga la honestidad de querer verlos. La democracia no es solo no delinquir, es algo más. Es indiferente lo que suceda en los procesos, el derecho procesal da para mucho, pero no sirve para negar conductas inmorales incompatibles con la democracia y el respeto a los ciudadanos.
Hubo en estos cincuenta años corrupción, aunque en su inmensa mayoría proveniente del poder local o autonómico y, casi siempre, en el marco del urbanismo. Hoy, por el contrario, la corrupción aparente es del mismo estado, institucional, extendida a todos los ámbitos públicos e incluso a las relaciones internacionales.
Hay corrupción en el PSOE y en el resto de los partidos. Pero, ahora hay otro PSOE, que se mueve en el marco de los regímenes más opacos y que usa el poder para dinamitar las respuestas del sistema frente a los abusos de sus dirigentes. Los imputados no son ya simples concejales, sino miembros del gobierno, secretarios de organización del partido, ministros, fuerzas de seguridad designadas a dedo etc. El Estado y “su” partido, constituido en “movimiento nacional” ayudado por formaciones en decadencia que han perdido su oportunidad de servir para transformar o evitar una crisis que es endémica.
Leer los autos que se van dictando, con más o menos elementos fundados en indicios, hechos que mañana pueden conformar la prueba indiciaria suficiente para condenar, no meras especulaciones, es suficiente para sentir vergüenza. Los indicios no son lo que de ellos se dice desde la ignorancia o la manipulación. No es este el lugar de realizar análisis jurídicos. Hoy es el momento de exigir o demandar una respuesta común que ponga fin al daño que se causa a la democracia, por actuaciones que no deben ser imputadas al PSOE en su conjunto, sino a este nuevo PSOE que poco o nada tiene que ver con el PSOE que fue y dejó o empezó a dejar de serlo en tiempos de la segunda legislatura de Zapatero. De aquellos barros vienen estos lodos.
Frente a una realidad tozuda, Sánchez alza su voz y, otra vez, pasa al ataque frente al sistema. Todo forma parte de una conspiración político judicial dice. Van a por nosotros que dijo Franco a Arburua cuando lo cesó. Todo, en palabras de Puente, es un intento de acabar con un gobierno inexistente y sin mayoría parlamentaria por vías antidemocráticas, entendiendo por tales la incoación de procesos penales, pedir elecciones o intentar una moción de censura, forma en la que llegó Sánchez al poder sin ganar nunca unas elecciones. Un discurso peligroso en quien ya es peligroso para la democracia. Decir que se buscan atajos cuando hay procesos en curso significa afirmar que todo lo que hace el Poder Judicial es obra de la oposición, que los tribunales prevarican. Deshonesto y suficiente para calificar a quien así habla ante lo que se imputa a sus más próximos. Una defensa propia de autócratas.
El desencanto está ahí, unido a la preocupación por la degeneración del sistema constitucional en manos de quien carece de empatía y convicciones de ningún tipo más allá de ocupar el poder. Este puede ser el final del PSOE, un suicidio que tiene referentes en Europa que no parece que estemos ya a tiempo de evitar. Sucede, como muchos militantes de ese partido afirman, que es imposible esa regeneración porque Sánchez y Zapatero han acabado con la alternativa interna. No quedan muchos, entre los activos, que vivan de sus propios medios y no dependan del salario público. El PSOE está hecho a imagen y semejanza de Sánchez al que se defiende confundiéndolo con el partido; es él, al que se le entregó en régimen de monopolio y él lo controla absolutamente extendiendo su poder a las instituciones y las empresas públicas todas. Si cae, se cae todo lo que significa. Pero el progresismo indeterminado prefiere autoinmolarse heroicamente como Numancia.
Queda un año, sin que se explique el porqué es tan esencial ese año sin presupuestos y sin mayoría parlamentaria, sin posible gobierno. La falta de respuesta es la medida del temor que debemos tener a la vista de la absoluta indiferencia de Sánchez y su PSOE, sin límites éticos y sabedor de un final agónico. La férrea voluntad de seguir un año, por anormal, constituye un misterio que no tardaremos en ver desvelado. Si no es gobernar qué puede ser.
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