Opinión | En la barra del Café Época
Ja veurem què passa!
«Puedo creer lo imposible pero no lo improbable» Gilbert Keith Chesterton.

El alcalde de Elche gesticula durante el último debate en el pleno municipal de la ciudad. / Áxel Álvarez
Igual que por estas fechas ya hay alficoces, cuando falta menos de un año para las elecciones municipales, los columnistas, opinadores, contertulios y demás personas de mal vivir suelen dedicar su tiempo al venturoso arte de analizar, prospectar y diagnosticar la gestión realizada por los que mandan en el municipio (el alcalde, el equipo de gobierno, sus socios, los asesores, los revisores del servicio de la hora, los agentes de movilidad urbana y la reina de las fiestas) a la vez que se lanzan, así sin más, a lo loco y como si no costara, a pronosticar que resultado electoral es el más probable que se produzca teniendo en cuenta parámetros y tendencias sociológicas, ideológicas y económicas, el grado de desarrollo urbanístico y medioambiental llevado a cabo en la ciudad y otro tipo de presupuestos y factores de la ciencia política, que cuando uno los lee, parecen tan profundos y argumentados como la tesis sobre los implantes cerebrales, cuando en muchos casos, como decía mi abuela, el voto en las municipales se decanta por que el candidato te ha saludado por la calle, por encontrar habitualmente aparcamiento cerca de casa, por que han baldeado tu calle o la han adornado por Navidad o simplemente porque con este gobierno municipal los cohetes si son de «segó».
Por ello, a mí que me gusta jugar los viernes al Cuponazo de la Once y una de mis heroínas favoritas es la «Vieja del visillo», no me he podido resistir a hacer mi análisis y mi pronóstico, si bien, he de advertir que dado los antecedentes, no es muy fiable, pues siempre llevo el boleto que no tiene premio.
Si comenzamos analizando la actuación del alcalde de Elche en estos tres años de legislatura, podemos concluir que en política municipal hay dos tipos de alcaldes: los que pasan desapercibidos y los que consiguen que hasta la inauguración de una pipicán parezca el desembarco de Normandía, y luego está Pablo Ruz, que ha logrado una categoría propia: la del alcalde que convierte cada rueda de prensa en una mezcla entre sermón institucional, campaña permanente y episodio piloto de la serie «Lo nunca visto y lo que nos queda», porque si algo hay que reconocerle a Ruz es que tiene una virtud política que hoy escasea más que un aparcamiento gratuito en el centro: presencia, muchísima presencia: Ruz no gobierna Elche; Ruz aparece en Elche, está en una obra, en una misa, en un mercado, en una presentación empresarial, en una pedanía, en un acto cultural y probablemente en la comunión del primo de alguien en Carrús. Estoy seguro que si el Ayuntamiento instalara cámaras 24 horas, descubriríamos que el alcalde tiene el don de la ubicuidad o un pacto secreto con la física cuántica.
He de reconocer como una fortaleza de Pablo Ruz el hecho de que comprendió algo esencial de la política contemporánea: hoy gobierna quien domina el relato, y en eso el alcalde ilicitano juega en Primera División, pues mientras otros alcaldes hablan como cuando vuelvo yo de haber estado andando más de una hora, más cansado que el corrector ortográfico en X, Ruz habla como si cada pleno municipal fuera el discurso de Churchill antes de Dunkerque. Todo es histórico, todo es decisivo, en la ciudad no se asfaltan calles, si no que se llevan a cabo epopeyas urbanísticas, en Elche no se plantan árboles, se ejecuta un plan estratégico medioambiental propicio para crear un microclima, ¡La Virgen del Amor Hermoso!, y cuidado, porque esa teatralidad funciona.
El alcalde ha conseguido proyectar la sensación de que «pasan cosas», y que el simple hecho de mover expedientes ya se vea como dinamismo, consiguiendo crear la percepción pública de una ciudad en movimiento, aunque muchas de ellas sigan siendo promesas o todo lo más proyectos. También ha sabido conectar con un votante conservador moderado que se identifica con un liderazgo más emocional y menos burocrático, Ruz transmite cercanía tradicional, orgullo local y cierta idea de «orden», pues es un alcalde muy de procesión, de patrimonio, de bandera institucional y de defensa sentimental de Elche, un político que parece diseñado en un laboratorio entre una agrupación festera y una junta de distrito.
Ahora bien, no todo es oro lo que reluce. El debe de la gestión municipal también está más apretado que los tornillos de un submarino. En él cohabitan los grandes proyectos de ciudad, promesas electorales incumplidas como lo de las Clarisas, el Conservatorio, la finalización de la Circunvalación Sur, el TRAM, el Auditorio; junto a ellas coexiste el riesgo financiero y de gestión, propiciado por aquello que decía mi madre : «donde sacas y no metes, antes mengua que crece», que ha dado lugar a la aplicación de un plan económico financiero que, a pesar de los fuegos de artificio lanzados por el equipo de gobierno intentando vender como un logro la aplicación de este plan, lo cierto y verdad es que no lo es. Más bien con él se trata de encauzar una gestión económica desestabilizada; y como vecino del ático del debe, está el asunto de las formas, porque Pablo Ruz corre el riesgo clásico de los políticos hiperactivos: agotamiento por saturación, ya que cuando un alcalde aparece absolutamente en todo, cada aparición pierde valor, la sobreexposición acaba generando desgaste y cierta preocupación, pues no vaya a ser que si abres la nevera, aparezca el alcalde para explicarte lo sano que es tomarte un yogur en ayunas y más en Elche.
Posiblemente Pablo Ruz actualmente tiene una probabilidad muy alta de llegar a las municipales de 2027 en una posición relativamente fuerte. Tiene visibilidad, controla el relato público, domina la agenda mediática local y mantiene una imagen de alcalde activo, lo cual, en política municipal eso vale oro, pero también llegará con una presión enorme, porque en 2027 ya no bastará con decir que «Elche está despertando», la ciudadanía empezará a preguntar si, después de despertar, la ciudad ha conseguido al menos encontrar las llaves del coche y el reto de Ruz será demostrar que debajo del comunicador existe también un gestor eficaz, supuesto este que para algunos sectores de la ciudad está en entredicho.
Pero quizá el mayor problema político de Pablo Ruz para revalidar el cargo no sea ni la oposición ni los incómodos socios de gobierno; quizá el mayor problema de Pablo Ruz sea Pablo Ruz, y eso, en política, suele ser el principio de todas las tragedias, y digo esto porque el alcalde de Elche ha intentado construir durante estos años una imagen pública muy concreta: gestor cercano, alcalde activo, defensor de la identidad local, político de calle y líder moderado del centro-derecha clásico. El problema es que, conforme avanza la legislatura, empieza a crecer una percepción cada vez más incómoda para una parte del electorado moderado: la sensación de que el personaje institucional está derivando hacia una cierta radicalización ideológica, no necesariamente en el contenido puro de sus políticas -que siguen siendo bastante convencionales en muchos ámbitos- sino en el tono, en las alianzas, en las batallas culturales escogidas y en la necesidad permanente de marcar perfil ideológico, y ahí es donde aparecen los riesgos reales de cara a 2027. Porque Elche no es una ciudad especialmente extremista, nunca lo ha sido, el votante ilicitano medio históricamente ha premiado a perfiles relativamente pragmáticos. Elche puede votar izquierda o derecha, pero suele desconfiar de quien parece vivir en una tertulia política permanente.
La política municipal tiene reglas distintas a la nacional, el vecino no vota pensando únicamente en ideología, también vota pensando en quién le transmite estabilidad, normalidad y sensación de convivencia razonable, y aquí aparece un riesgo muy serio para Ruz: que parte de la ciudadanía empiece a verlo menos como «el alcalde de todos» y más como un dirigente excesivamente identificado con un bloque político concreto. Cuando eso ocurre, el desgaste se acelera muchísimo y puede acabar siendo un error estratégico enorme, porque una cosa es movilizar al votante conservador y otra muy distinta estrechar tanto el espacio ideológico que termines asustando al electorado moderado que te permitió llegar a la Alcaldía.
Y quizá ahí esté el gran riesgo de Pablo Ruz de cara a 2027: empezar a gobernar más pensando en consolidar un personaje político que en administrar una ciudad compleja. El alcalde corre el riesgo de quedar atrapado en una dinámica muy reconocible en la política española contemporánea: la necesidad continua de agradar a los sectores más ideologizados de su propio espacio político y eso suele ser una trampa mortal, primero porque nunca es suficiente, y segundo porque el votante moderado, cuando detecta tensión ideológica permanente, tiende a desconectarse emocionalmente.
Eso explicaría por qué su mayor adversario no está sentado en el banco de la oposición; su mayor adversario es la tentación de sobreactuar políticamente, la tentación de convertirse más en símbolo que en alcalde, porque los vecinos de Elche pueden soportar muchas cosas, pero llevan peor la sensación de que alguien gobierne pensando más en la batalla política que en la ciudad real.
Y ahí está el examen definitivo de Pablo Ruz, demostrar si detrás del comunicador existe un alcalde capaz de seguir ocupando el centro político de Elche… o si terminará encerrado en una versión demasiado ideológica de sí mismo, porque, al final, casi todos los políticos pierden por la oposición, pero algunos, los más intensos, los más convencidos de su propio personaje, terminan perdiendo contra el espejo.
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