Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

En busca de la vocación perdida

Alumnos durante las pruebas de Selectividad de este martes en Alicante

Alumnos durante las pruebas de Selectividad de este martes en Alicante / Pilar Cortés

Juanita ha obtenido un 13,2 puede acceder a Medicina; Pepito, un 10,804 para Ingeniería Robótica; Carmencita, un 10,102 para Educación Primaria. Y así, un largo etcétera de historias personales inunda cada junio los pasillos de las principales universidades de nuestra provincia. Son días marcados por los nervios, la incertidumbre y la presión de alcanzar una plaza que, para muchos jóvenes, parece determinar el resto de sus vidas.

Sin embargo, la realidad, muy frecuentemente obviada en los corrillos entre amigos, invita a la reflexión. Los datos muestran que más de uno de cada cinco universitarios abandona o cambia de titulación durante los primeros cursos. Detrás de estas cifras suelen encontrarse decisiones tomadas bajo presión, expectativas poco realistas o elecciones condicionadas por el prestigio percibido de una carrera más que por una auténtica vocación. Resulta paradójico que dediquemos años a enseñar a nuestros jóvenes a resolver ecuaciones complejas y, sin embargo, apenas dispongamos de tiempo para ayudarles a responder una pregunta infinitamente más difícil: qué quieren hacer con su vida.

Pero cabe preguntarse: ¿realmente sabemos elegir nuestro porvenir a los dieciocho años?

Como docente, observo cada curso a estudiantes más angustiados ante la decisión de qué carrera estudiar y, paradójicamente, más desorientados sobre quiénes son y qué desean llegar a ser. Se les ha transmitido la idea de que una única elección incorrecta puede condenar su futuro profesional de forma irreversible. En una sociedad dominada por la inmediatez, la inteligencia artificial, la economía de la atención y el éxito aparentemente instantáneo de influencers y creadores de contenido, orientar a un adolescente hacia una profesión que le proporcione realización personal resulta cada vez más complejo. El mensaje predominante parece ser otro: elegir aquello que genere más ingresos y no necesariamente aquello que otorgue sentido a una vida.

Cada vez que digo a mis alumnos que deberían perseguir aquello que verdaderamente les apasiona, y no únicamente aquello que creen que les hará ricos, observo en sus rostros una mezcla de incredulidad y desconcierto, como si acabara de proponerles abandonar la civilización para criar cabras en una montaña remota. En una época en la que abundan los gurús financieros de diecinueve años y los multimillonarios de TikTok —al menos según ellos mismos—, defender la vocación parece haberse convertido en una excentricidad.

Muchos han interiorizado la idea de que el éxito económico es un destino inmediato, olvidando que detrás de cada gran empresario, investigador o profesional existen años de esfuerzo silencioso, formación constante, sacrificios y, en no pocas ocasiones, trabajos precarios en sus inicios. Todos quieren ser Bill Gates o Amancio Ortega; pocos parecen interesados en recorrer el largo y tedioso trayecto que precede a la fotografía de portada.

También olvidamos con demasiada frecuencia que una sociedad no puede sostenerse únicamente sobre criterios de rentabilidad económica. Si el mundo careciera de humanistas, educadores, artistas, filósofos o escritores, dispondríamos quizá de más algoritmos, pero de muchas menos razones para levantarnos cada mañana. Las investigaciones sobre satisfacción laboral llevan años señalando que el propósito, la autonomía y el sentido de pertenencia influyen más en el bienestar profesional que el salario por sí solo. No es una cuestión romántica; es una cuestión profundamente pragmática.

En la escuela aprendemos que la Tierra se mueve por fuerzas físicas perfectamente explicables. Sin embargo, las grandes transformaciones humanas responden a impulsos mucho más complejos. ¿Qué lleva a una persona a emprender un proyecto, dedicar años a una investigación o escribir una novela? La pasión. La convicción de que aquello que hace merece la pena. Si el dinero fuera el único motor de la historia, difícilmente comprenderíamos la existencia de Van Gogh, Vermeer, Mozart o Vivaldi, creadores cuya aportación continúa enriqueciendo nuestras vidas siglos después. Tampoco entenderíamos por qué miles de docentes siguen defendiendo una educación de calidad o por qué tantas personas perseveran en profesiones esenciales cuyo reconocimiento económico dista mucho de su valor social. La experiencia humana está repleta de ejemplos cotidianos. Percibimos poesía en un plato excepcional, consuelo en una canción tras una pérdida o una emoción difícil de describir ante una obra de arte. Son experiencias que no cotizan en bolsa, pero que explican mucho mejor quiénes somos que cualquier índice bursátil. Por ello, antes de aconsejar a hijos, sobrinos o estudiantes sobre qué camino deben tomar, quizá convenga formular una pregunta distinta: ¿qué necesita realmente la sociedad? Probablemente necesite más personas comprometidas con aquello que hacen, más profesionales capaces de trabajar con vocación y menos individuos que acudan cada mañana a sus puestos guiados exclusivamente por la inercia.

Porque lo que está en juego no es únicamente la elección de una carrera universitaria. Nos jugamos el modelo de sociedad que queremos construir. Una sociedad que mida el valor de las personas exclusivamente por su rentabilidad económica terminará siendo, quizá, más eficiente en sus hojas de cálculo, pero inevitablemente más pobre en humanidad. La educación, la cultura, la investigación y el pensamiento crítico no son lujos para tiempos de bonanza, sino los cimientos sobre los que se sostiene cualquier democracia madura.

Conviene recordarlo ahora, especialmente cuando algunos reducen debates complejos a frases tan simples como preguntar si hay que pagarles 600€ más a quienes educan a las futuras generaciones “porque ellos quieren”. La simplificación suele ser cómoda; la reflexión, en cambio, exige un esfuerzo mucho mayor. Y precisamente de ese esfuerzo dependerá buena parte del país que encontremos cuando volvamos a acercarnos a las urnas.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents