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Opinión | El indignado burgués

Rendirse por cansancio

El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo

El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo / DAVID ZORRAKINO - EUROPA PRESS

En este mundo crepuscular, en el que a la democracia liberal le quedan dos telediarios, la idea es acabar con el rival por hartazgo, en vez de con ilusiones o esperanzas. Sería estupendo que un proyecto político, un programa de esos que antaño eran tan importantes, tuvieran hogaño la virtud de pintar una sonrisa en nuestro rostro. Desgraciadamente no es así. Preferimos siempre el mal menor; votamos protegiéndonos, no entregándonos en manos de la utopía. Muerta la ideología queda la rabia.

Tengo la odiosa sensación de que hay quien quiere que el hartazgo ponga vaselina al cambio de ciclo político. O, para decirlo de otra manera, que, cansado de escándalos, pataletas, sustos judiciales y ataques desaforados, el personal diga: nos rendimos y votamos a los otros, que, total, qué más nos da. El problema es que, si por cansancio, se pegan un tiro en el pie la pupa es para ellos.

Pero resulta tan cómodo abandonarse a la molicie y decir que todo es igual, que se callen un momento que es la hora de la siesta… Debe resultar apacible que se apague el ruido de fondo, como si tuviéramos tinnitus y de repente nos lo curaran. Los medios de siempre entrarían en un oasis de paz y aplausos o, como mucho, jalearían enfervorecidos los planes de privatización de sanidad o educación y la caza del emigrante. A los que pagamos sanidad privada y no somos emigrantes desde hace generaciones, total, nos da igual. Olvídense de lo del lado correcto de la historia, que es una falacia, porque la trinchera buena es siempre la de los vencedores, sean los aliados o Vlad el Empalador.

¡Fuera, que se vayan! Basta de escándalos, de corrupción. Hurra por los que cuando podían hacer, han hecho. Hagamos un clamor de la necesidad de matar al perro para que se acabe la rabia. Después de la explosión vendrá la calma o, quizá sea que tengamos los tímpanos destrozados y ya no oigamos nada. En todo caso llegará el bendito silencio y estallará la paz como en la novela de Gironella, otrora tan popular.

Las derechas tienen la virtud, y lo digo sin ironía, de echar pelillos a la mar con sus líos y mantener prietas las filas, recias, marciales. Entre los suyos y entre los que les apoyan. No conozco un votante de derechas que haya cambiado su voto por la Gürtel o la Kitchen o por los asuntillos de Zaplana, de Bárcenas o de las ranas de Esperanza Aguirre. Por más que pienso no encuentro un Page o un Felipe en los correligionarios de Feijóo. Lo más parecido es la Ayuso, pero no se enfrenta a los suyos, crea contra los malos su propio discurso y si le molestan mucho acaba con el presidente de su partido sin levantar la voz. Que sí, que se sale del tiesto, pero nada que ver con la cuña de la propia madera que sufren en las izquierdas.

Con un gobierno de derechas y de ultraderechas no habrá sobresaltos ni gritos. Una balsa de aceite en redes y teles amigas, un botafumeiro movido por tertulianos falderos. Palmaditas en la espalda, caricias en el lomo y doblar de espinazo. Como debe de ser.

Los que, como Goethe y yo, preferimos la injusticia al desorden, pedimos, rogamos, que se acabe esto y volvamos a vivir una vida tranquila. Dejaremos de pagar impuestos, se supone, y paralelamente nos quitarán servicios, pero que cada cual se busque la vida que ya es mayorcito. Pedir un Estado benefactor es de perdedores, incapaces de rascarse sus propias pulgas. Acabemos con la estructura del Estado, que es un gasto, y brindemos con cava manchego por el fin de la aventura del gobierno social-comunista que rige ahora nuestros destinos.

Señores socialistas: levanten la bandera blanca de la rendición incondicional. Que reconozcan las izquierdas que perdieron hace mucho su aura progresista, ese perfume que obnubilaba a intelectuales y gentes de mal vivir. El futuro es irremediablemente de otros. No se han dado cuenta de que el bienestar es una palabra vacía; la solidaridad, otro tanto.

Es un hecho que no se puede gobernar siendo rehenes de los votos de Puigdemont y del resto de compañeros de viaje. Resulta una quimera aprobar presupuestos. Es imposible resistir los constantes golpes de los procesos judiciales, algunos legítimos y otros un tanto cuestionables. Váyanse y no molesten más, que el cambio de ciclo es imparable.

Sencillamente, el progresismo se ha pasado de moda, como los pantalones de campana en su momento. La fábrica del fango no tendría efecto en un gobierno potente, apoyado por partidos leales, con la opinión pública y las redes sociales a favor. Justo es el caso contrario y se retroalimenta. Mueren por sus errores, innumerables como las arenas de la playa, y también por los del vecino, pero es lo que toca.

Niño, deja ya de joder con la pelota, que es la hora de la siesta. ¡Se callen, coño! Basta ya de ruidos. Han vencido, enhorabuena. Bien está lo que bien acaba. Al Gobierno solo le queda recoger los lápices y cerrar el pupitre.

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