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Resurgir desde el descreimiento

Fachada de la sede nacional del PSOE en Ferraz el 27 de mayo de 2026.

Fachada de la sede nacional del PSOE en Ferraz el 27 de mayo de 2026. / Diego Radamés / Europa Press

Hay momentos en la vida de un partido en los que no basta con resistir. Hay que elegir. Y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) está hoy ante esa elección. España no necesita un PSOE que administre el desgaste. Necesita un PSOE que lo interrumpa. Un PSOE fuerte, limpio de la losa de los casos judiciales que agotan la paciencia de quienes creen en la socialdemocracia, y regalan argumentos a sus adversarios, capaz de reaccionar de inmediato, sin dejar que los días conviertan una explicación en una coartada. La política no espera, y la ciudadanía, mucho menos.

La fuerza no se decreta, se demuestra. Y se demuestra con claridad en los asuntos que duelen cada mañana; sí, duelen a la ciudadanía. La vivienda es el primero. No hay socialdemocracia creíble si una generación entera asume que vivir dignamente es un lujo. Es hora de coger el toro por los cuernos de una vez: suelo público movilizado, alquiler asequible protegido por ley, fiscalidad que penalice la especulación y premie la función social de la propiedad, y una alianza real con ayuntamientos y comunidades para construir, rehabilitar y garantizar. No más anuncios. Hechos, calendario y responsables con nombre y apellidos. Solidaridad de los entes subestatales. No egoísmo. Las mejores cabezas al frente, no por lealtad ni por adorar santos, sino por competencia. Digo y reitero: por competencia.

Un PSOE serio es un PSOE esforzado, un PSOE vivo. Que estudia, que escucha, que decide. Que vuelve a ser el partido de los expedientes bien hechos, de los ministros que dominan sus carteras, de los cuadros que conocen el territorio. Que no confunde la comunicación con la gestión, ni la ocurrencia con la política. Que entiende que la ejemplaridad empieza en casa: transparencia total, puertas abiertas a la rendición de cuentas y tolerancia cero ante cualquier sombra. Sin paños calientes. Quien falla, se va inmediatamente a la rúe. Así es como se consigue la credibilidad, la que actualmente se halla capitidisminuida. La política no es, ni puede ser, un medio de vida de algunos.

Y porque lo nacional se juega también fuera, España necesita un Gobierno que el mundo reconozca. Frente al autoritarismo de inspiración trumpiana que desprecia las reglas, que convierte la fuerza en derecho y el insulto en doctrina, el socialismo español debe decir alto y claro que defiende la multilateralidad, el derecho internacional y los derechos humanos frente a la opresión. No por pose, sino por convicción histórica. Europa nos mira, América Latina nos espera, y el Mediterráneo nos interpela.

Tienen que ser la voz firme que no se pliega, que tiende puentes sin renunciar a principios, es también hacer política útil para quienes pagan la hipoteca y temen el recibo de la luz o al alquiler. Resurgir desde el descreimiento no es un eslogan. Es una tarea. Exige humildad, sí, mucha humildad, para reconocer errores, coraje para corregirlos y ambición para proponer. Exige dejar atrás la política pequeña y recuperar la grande: la que mejora la vida material de la gente y, al mismo tiempo, defiende un orden internacional justo. No son palabras retóricas, deben ser hechos.

La socialdemocracia no ha muerto. Está viva, pero hay que insuflarle oxígeno constante frente a los tiempos duros y autócratas que se avecinan. Está cansada de excusas. Si el PSOE se atreve a ser lo que millones de españoles esperan de él, un partido serio, limpio, competente y valiente, no habrá descreimiento que resista. Habrá, de nuevo, confianza. Y con ella, futuro. Decía Eleanor Roosevelt que “el futuro pertenece a aquellos que creen en la belleza de sus sueños”.

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