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Opinión | La Rebotica Chismosa

En tierra de nadie

Es urgente que la sanidad entienda que el proceso oncológico no termina con la última sesión de tratamiento

El miedo a la recaída te acompaña a la sala de espera de la vida.

El miedo a la recaída te acompaña a la sala de espera de la vida. / INFORMACIÓN

Durante 365 días has vivido en una nave espacial. Has habitado un universo regido por un calendario implacable de sesiones de quimioterapia, radio y cirugías. En esa cápsula tenías un plan, una hoja de ruta y un ejército de profesionales a tu lado para luchar contra los monstruos que aparecían en cada etapa.

Pero un día, el tratamiento termina. Te dicen que has sobrevivido, que ya estás “reparada”, y te devuelven a la Tierra. Te piden que te pongas el uniforme, que regreses al trabajo y que retomes tu vida justo donde la dejaste. El problema es que, aunque el mundo sigue igual, tú ya no eres la misma. Has vuelto de un viaje del que nadie regresa ilesa, y el aterrizaje puede ser más aterrador que el propio despegue.

Nadie puede ver desde fuera lo que te ha costado cada uno de esos 365 días de aislamiento emocional y batalla física. Al mirarte al espejo, te encuentras con una extraña: tu imagen ha cambiado, el pelo tiene otra textura o no está, y las cicatrices se han convertido en un mapa permanente de la guerra que libraste. Sin embargo, el entorno a menudo tiene prisa por olvidar. “Ya pasó”, te dicen, como si la experiencia pudiera archivarse en un cajón. Pero, ¿cómo vas a olvidar lo que te ha transformado cada uno de esos 365 días?

Existe una soledad inmensa en ese impás donde dejas de ser “paciente” para el sistema, pero todavía no te sientes “ciudadana” para la vida. No estás lo suficientemente mal como para quedarte en casa, pero algo dentro de ti sigue roto, sin nombre y sin cita médica.

Es en este abismo donde descubres que el monstruo no ha muerto; simplemente ha cambiado de forma. Antes era un enemigo frontal, visible y controlado por los médicos. Ahora es un monstruo silencioso que viaja contigo en la nave de la cotidianidad. Se manifiesta en un pinchazo inesperado mientras te enjabonas en la ducha, en la culpa absurda al comer un trozo de chocolate o en el cansancio repentino que te hace preguntarte, con el corazón en un puño, si es que hay algo malo en ti otra vez. El sistema te etiqueta como curada, pero el miedo a la recaída te acompaña a la sala de espera de la vida sin que nadie te haya enseñado a gestionarlo.

En este vacío donde la sanidad pública parece desaparecer, el único salvavidas real suele ser el relato oral de otras mujeres. Escuchar a las que aterrizaron hace tiempo es lo que te permite saber que lo que sientes es normal, que la extrañeza ante el espejo irá amainando y que el monstruo, con el tiempo, se irá haciendo más pequeño. Esa red de cuidados entre iguales es la que sostiene el puente sobre el abismo, la que nos ayuda a cruzar cuando el sistema nos suelta la mano demasiado pronto.

Pero no debería ser solo una tarea de supervivencia entre nosotras. Es urgente que la sanidad entienda que el proceso oncológico no termina con la última sesión de tratamiento. Necesitamos un acompañamiento integral que incluya psicólogos especializados, fisioterapeutas y personal que camine a nuestro lado en la recuperación física y mental. Porque la curación real no es solo que las células dejen de estar enfermas; la curación real es lograr que, una vez que hayamos aterrizado de nuevo, sintamos que la Tierra vuelve a ser un lugar seguro para vivir.

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