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Mercedes Gallego

Mercedes Gallego

Subdirectora de INFORMACIÓN

Lecciones de una huelga

Imagen de una de las concentraciones por una enseñanza pública de calidad.

Imagen de una de las concentraciones por una enseñanza pública de calidad. / Jose Navarro

Una buena parte de lo aprendido y mucho de lo que soy se lo debo a la enseñanza pública. Viniendo al mundo en una familia numerosa sin demasiados posibles en un pequeño pueblo, ahora a un tiro de piedra de casi todo pero entonces a años luz de cualquier cosa, y con un padre agricultor y una madre ocupada a tiempo total en sacar adelante a la prole, el que hubiera una escuela pública a la que poder acudir era, además de una oportunidad de oro, la única posibilidad de formación en unos cuantos kilómetros a la redonda. Y de que esa educación fuera además de una calidad aceptable dependían muchos futuros.

Eran, para que se sitúen, años de meriendas de pan con chocolate, de televisores a los que aún no les habían salido los colores y de escaseces sin llegar al hambre que enseñaban, casi por castigo, el papel de la educación para escalar sueños que, de otro modo y en ese entorno, hubieran sido inalcanzables. Porque yo ya por entonces quería ser periodista.

Tras la escuela vino el instituto, también público, en el que sin móviles ni redes no quedaba otra que el patio y los recreos para ir despertando a la vida mientras en las aulas, junto a las enseñanzas que se podían estudiar en los libros, los profesores inculcaban el valor del trabajo y la responsabilidad reforzando conceptos que muchos ya traíamos aprendidos de casa a fuerza del ejemplo diario.

Después, el paso por la Universidad. Igualmente público y con becas que pendían sobre mi cabeza como espadas de Damocles, pero sin las que esa etapa de mi formación, también con un profesorado mayoritariamente implicado, hubiera sido imposible.

Fueron años de aulas, pupitres y pizarras con olor a tiza en los que las principales enseñanzas no eran, aun siéndolo, las que caían en los exámenes. Ni las que venían recogidas en los libros de texto o caligrafiadas en los apuntes.

Eran lecciones de dignidad, de integridad, de fortaleza, de respeto por los demás, de lucha por lo que es preciso pelear… lecciones de vida como las que durante semanas han venido impartiendo a sus alumnos miles de docentes sin que para ello haya sido preciso siquiera que hubiera clases.

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