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Exportavoz del PSOE en la Diputación
Elx-Elche,1984: memoria de una decisión histórica

El rótulo de L'Altet y El Altet, en valenciano y castellano, en una imagen de archivo. / Información
Aquella tarde del 28 de febrero de 1984, el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Elche era un hervidero. No se respiraba un aire cualquiera: se mascaba la tensión. En el orden del día figuraba la cooficialidad del topónimo «Elche–Elx», una decisión cargada de simbolismo que iba mucho más allá de una simple cuestión lingüística. Para unos era un gesto valiente; para otros, una provocación. En realidad, lo que estaba sobre la mesa era algo mucho más profundo: la identidad, la memoria y la manera en que una ciudad quería contarse a sí misma.
Yo defendía aquella medida convencido de que no se trataba solo de añadir una «x» a unas placas o de cumplir una ley autonómica recién nacida. Para mí era un acto de justicia con la historia, con la lengua y con la gente. Había llegado el momento de reconocer institucionalmente una realidad cultural e histórica que llevaba demasiado tiempo relegada. Sin embargo, la oposición conservadora arremetió con dureza. Las críticas se multiplicaron y, lo que fue peor, una parte del público organizado convirtió aquel pleno en un escenario de protesta. Gritos, abucheos, amenazas veladas. Desde los bancos del salón algunos sacaron tarjetas rojas, como si aquello fuera un estadio de fútbol, y llegaron incluso a pedir mi expulsión de la ciudad.
Momentos para no olvidar
En una de las sillas del Salón de Plenos estaba Tudi Torró, en aquel entonces coordinadora de l'ensenyament del valencià de la Generalitat, mi compañera de vida. Observaba todo con un rictus de indignación difícil de disimular. No era miedo lo que había en su mirada, sino rabia contenida. Le dolía ver cómo se desdibujaban las formas y cómo se vulneraban las normas más elementales del respeto institucional. Allí, en el corazón del Ayuntamiento, donde debíamos debatir con argumentos, algunos preferían el griterío, el insulto y la descalificación personal. Aquello no era solo mala educación; era también una falta de respeto hacia una democracia que todavía estaba aprendiendo a sostenerse. Cuando terminó la sesión y el acuerdo salió adelante pese a los votos en contra de la oposición, la policía municipal tuvo que escoltarnos hasta casa. Caminamos juntos, en silencio, por unas calles que con el tiempo recuperarían sus nombres tradicionales en valenciano. Sabíamos que hacíamos lo correcto, aunque también sabíamos que lo correcto no siempre resulta cómodo.
Recuerdo que incluso dentro del propio grupo de concejales del Gobierno hubo dudas. Había compañeros que compartían el fondo de la cuestión, pero pensaban que no era el momento, que el ambiente no estaba preparado y que avanzar demasiado podía quebrar la convivencia. Se llegó a comentar por algún concejal que el conseller Ciprià Ciscar había dicho en privado que «no era el momento». Y aquello, viniendo precisamente del responsable de Cultura y Educación de la Generalitat, sonaba profundamente contradictorio, no creíble, no era cierto. Porque precisamente era la cultura, precisamente era la educación, lo que estaba en juego.
En aquel pleno defendimos que sí era el momento. Que no se podía seguir aplazando aquello que definía a la ciudad. Yo siempre he pensado que vacilar ante determinadas decisiones es una forma de cobardía política. La historia no se construye dando pasos atrás. ¿Acaso no debía lo público liderar también la recuperación del alma de una ciudad?
Las calles donde volvió la tradición y su lengua
Durante los años siguientes, desde la Concejalía de Cultura impulsamos un proceso de restitución toponímica que permitió que más de sesenta calles recuperaran sus nombres históricos en valenciano. Aquella apuesta no se limitaba a la toponimia. Con la ayuda de Josep Raimon Sastre, Joan Carles Martí, Antonio Alberola… pusimos en marcha los premios de poesía «Toni Bru», el de narrativa «Ciutat d’Elx». Siempre pensé que la defensa de una lengua debía ir acompañada de una apuesta decidida por la creación cultural y por la dignificación de la cultura valenciana.
Por supuesto, tampoco entonces faltaron voces contrarias. Algunos decían que aquello generaba confusión o que respondía a una maniobra ideológica. Pero nosotros sabíamos que se estaba sembrando algo más profundo: el derecho de una ciudad a hablarse también en su propia lengua. Defender el valenciano, nuestra cultura, no era levantar fronteras ni excluir a nadie, sino precisamente reconocer la riqueza compartida de esta tierra y proteger una parte esencial de su memoria colectiva.
Los periódicos de aquellos días –INFORMACIÓN, Levante, Radio Elche– dejaron constancia de la tensión y del ruido de aquel febrero de 1984. Pero con el tiempo ha quedado también otra cosa: la certeza de que aquel no fue un pleno cualquiera. Fue el momento en que la ciudad decidió recuperar oficialmente una parte esencial de su identidad histórica y lingüística. Aquel acuerdo municipal sería posteriormente ratificado por la Generalitat Valenciana, estableciendo de manera oficial la denominación bilingüe «Elx–Elche». Y con ello, la ciudad recuperaba también una parte olvidada de sí misma.
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