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Opinión | La pluma y el diván

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La territorialidad es un galimatías histórico que tiene difícil entendimiento desde la superficialidad, pero que adopta una gran relevancia analizado desde su esencia. Las bases históricas de un pueblo son las que marcan su estatus y las que dictan su trayectoria.

Todos los símbolos que nos determinan como una unidad son arrastrados en el tiempo y son los que mantienen la conciencia de grupo. Por posicionarnos en una época cualquiera, la España del siglo XI estaba dominada en su mayoría por los musulmanes y, por ejemplificar, Lérida no pertenecía a los condados catalanes, como tampoco Tarragona.

En el siglo XVI el territorio español había cambiado significativamente, con una España seccionada en tres grandes bloques: El Reino de Portugal, el Reino de Aragón que abarcaba Navarra, Aragón, Cataluña y Valencia y el resto de la península que conformaba el tercero de los bloques. Es en el siglo XVIII cuando se configura el mapa actual.

Todo el batiburrillo de banderas, lenguas propias y costumbres, se conformaron a lo largo de muchos años fraguándose la unificación del territorio. Pero el orgullo de ser español aún está por llegar, son muchos los inconvenientes que siguen cortapisando este hecho histórico.

Posiblemente somos un pueblo inconformista, poco adaptativo si nos separan de los patrones de convivencia del pequeño territorio en el que nacemos y vivimos. La convivencia afianza los símbolos de identidad, como las banderas y el idioma y, con mucho tesón y despilfarro de medios, se desemboca en la idea de la secesión como algo imperioso e incontestable.

Con la entrada de la democracia, se establecieron unas premisas territoriales que se ajustaban a la situación de ese momento puntual, sin poder prever la evolución que podía tener ese planteamiento. De hecho, el sentido de la autonomía frente al centralismo está en continuo choque, provocando desacuerdos, inconvenientes legales y alejamiento de las señas de identidad hacia la unidad de España.

El mayor problema de cualquier unión es que sus partes vayan contracorriente aduciendo motivos intrínsecos a la soberanía de un pueblo. Si esto llega a buen puerto, la inercia será arrolladora porque todos los territorios tienen un sentido de soberanía apagado por la pertenencia a una única nación, pero que sin ninguna duda despertarían de su letargo. El sentido de pertenencia seguirá estando en función del micro territorio donde se nace y se vive.

Si se rompe la unidad, el imaginario territorial de España se convertiría en muchos pequeños estados soberanos sin ningún tipo de vínculo común. El País Catalán, el Vasco, el Asturiano, el Gallego, el Riojano, el Navarro, el Aragonés, el Cántabro, el Castellano, el Valenciano, el Balear, el Murciano, el Extremeño, el Canario y el Andaluz. Quince naciones sin unidad, deshilachadas, pero con una identidad propia de pertenencia con su bandera, su lengua y sus leyes.

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