Opinión
Fomo mortis

Algunos de los libros antiguos presentes en la librería Raíces de Alicante / HECTOR FUENTES
El algoritmo nunca duerme. Nosotros sí, pero mal. Hay un tipo de ansiedad que todavía no ha encontrado su nombre, aunque lo necesita con urgencia. No es el FOMO clásico —fear of missing out, el miedo a perderse algo mientras sucede, a no estar en la fiesta correcta, a que el grupo avance sin ti—, eso es prehistoria. Esto es algo diferente, algo más oscuro y ridículo a la vez: el miedo a morirse con cosas pendientes. Series que todo el mundo ha visto y sobre las que nadie habla ya. Películas que fueron el evento cultural del año y que siguen ahí, intactas, esperando un momento idóneo que no llega. Libros comprados con la mejor intención pudriéndose en mesillas de todo el mundo mientras sus dueños siguen añadiendo títulos a la pila, como si el problema fuera de espacio. Pódcast recomendados que llevan meses en una cola a la que nadie vuelve. Me permito el latinajo: fomo mortis. El pánico a estirar la pata sin haber terminado la lista de pendientes. Como si la lista de pendientes fuera a llorar en tu entierro.
La acumulación cultural siempre ha existido. Lo nuevo es que ahora está organizada, medida y alimentada por máquinas que han convertido nuestra atención en un negocio. Antes había más libros de los que podíamos leer y más películas de las que podíamos ver, pero también existía el olvido. La recomendación venía de amigos, de una crítica en el periódico o de una conversación casual. Eran flujos imperfectos, limitados y humanos. Nadie se angustiaba por no haber leído todos los libros del año porque casi nadie sabía cuántos eran. Hoy día sí lo sabemos (o creemos saberlo), el algoritmo aprende nuestros gustos y manías, los multiplica y nos devuelve una versión hipertrofiada de aquello que alguna vez nos interesó. La acumulación ya no es una consecuencia de la abundancia: es parte del producto. La plataforma necesita que siempre haya algo pendiente, una razón para volver mañana. Lo más curioso es que casi nunca disfrutamos de esa abundancia. Nos limitamos a administrarla. Pasamos más tiempo guardando recomendaciones, haciendo capturas de pantalla o enviándonos enlaces a nosotros mismos que leyendo, viendo o escuchando aquello que supuestamente nos interesaba. Hemos convertido el descubrimiento en una tarea logística.
La acumulación cultural compulsiva tiene menos que ver con la cultura que con el miedo. Guardar una serie para más adelante parece inocente. Guardar cincuenta empieza a parecer una compulsión. La convicción silenciosa de que habrá tiempo para todo: que veremos esa filmografía completa, leeremos esa montaña de novelas y escucharemos esos pódcast que llevan meses añadiéndose a una lista interminable. Guardar una serie es un pequeño acto de fe laica. Una manera de decirle al futuro que pensamos seguir aquí. El problema es que el archivo crece más rápido que la vida. Por eso «ponerse al día» se ha convertido en una expresión absurda. Cada mañana trae un fenómeno cultural imprescindible que por la tarde empieza a caducar y por la noche ha sido sustituido por otro. La conversación cultural se parece cada vez menos a una conversación sobre cultura y cada vez más a una conversación sobre atracones culturales. Ya no hablamos de lo que nos ha conmovido, sorprendido o cambiado sino de lo que nos falta por ver.
Quizá por eso produce una culpa tan extraña. No la culpa de no haber aprovechado el tiempo, sino la de no haber consumido suficiente, como si la experiencia estética fuera una obligación administrativa o hubiera una ventanilla invisible recordándonos todo lo que sigue pendiente. No se me ocurre una solución elegante. Tal vez porque la única solución consiste en aceptar una realidad muy sensata: nunca veremos todo lo que queremos ver. Nunca leeremos todos los libros que nos interesan. Nunca llegaremos al final de la gran lista, y no pasa nada. Una vida buena va de sentir el entusiasmo de descubrir algo por primera vez y prestar atención a unas pocas cosas antes de que las luces se apaguen. Aunque cada vez cueste más recordarlo, la vida no es una lista de reproducción.
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