Opinión | Tribuna
De la sátira al exabrupto

Gabriel Rufián, ERC, y Santiado Abascal, Vox. Sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados. / José Luis Roca
Resulta inevitable preguntarse qué pensarían Cervantes, Quevedo, Larra o Valle-Inclán si pudieran asomarse por unos instantes a las tribunas parlamentarias, a las ruedas de prensa o a los debates políticos contemporáneos. Probablemente, no les faltarían motivos para escribir una nueva obra. Lo que resulta más dudoso es que se tratara de una sátira. Porque para satirizar algo es preciso que exista previamente altura intelectual sobre la que construir la caricatura. Posiblemente, ese sea el problema.
Durante siglos, la lengua española aportó algunos de los ejercicios más brillantes de ironía, sarcasmo y crítica social que puedan encontrarse en la literatura universal. Cervantes ridiculizó las fantasías de su tiempo convirtiendo a un hidalgo delirante en uno de los personajes más lúcidos jamás escritos. Quevedo hizo de la burla un arte mayor y fue capaz de despellejar a sus adversarios utilizando únicamente la inteligencia, el ingenio y un dominio extraordinario de la lengua. Larra retrató las miserias políticas y sociales de la España decimonónica con una mordacidad que sigue resultando incómodamente actual. Valle-Inclán deformó la realidad hasta convertirla en esperpento para mostrar una verdad que la realidad misma parecía incapaz de revelar.
Ninguno necesitó insultar para resultar demoledor.
Algo similar sucedió con los grandes oradores de la vida pública española. Manuel Azaña elevó la discrepancia política a una categoría literaria donde la ironía y la inteligencia podían resultar mucho más devastadoras que cualquier descalificación personal. Indalecio Prieto manejaba la réplica parlamentaria con una mezcla de humor, agudeza y precisión que convertía los debates en auténticos ejercicios de oratoria. Castelar o Maura entendían que el adversario político debía ser derrotado con argumentos, no con insultos.
Hoy, sin embargo, uno tiene la sensación de que la sátira ha sido sustituida por el exabrupto, la ironía por el grito y la inteligencia por el argumentario.
La caricaturización inteligente, la exageración ingeniosa o la crítica mordaz han dejado paso a una retórica cada vez más pobre, más directa y también más vulgar. Ya no se trata de desmontar las ideas del adversario. Se trata de desacreditarlo personalmente. Ya no se pretende convencer. Basta con descalificar. El objetivo no parece ser que el otro se equivoque, sino que deje de existir políticamente.
Y para semejante empresa no resulta necesario dominar la lengua. Al contrario.
La pobreza expresiva parece haberse convertido en una virtud política. Las construcciones tautológicas, las frases vacías, el abuso de lugares comunes, el lenguaje pandillero y la incapacidad para desarrollar una idea mínimamente compleja se han instalado con sorprendente naturalidad en el debate público. Hasta el punto de que algunos dirigentes parecen sentirse más cómodos manejando consignas de diez palabras que argumentos de diez líneas.
La paradoja es extraordinaria. Nunca ha habido tantos asesores de comunicación, expertos en relato, responsables de estrategia discursiva y fabricantes de argumentarios. Y, sin embargo, pocas veces la política ha transmitido una sensación tan acusada de pobreza expresiva.
Tal vez porque muchos de quienes ocupan los espacios de representación pública ya no hablan. Leen. Y tampoco siempre con éxito.
Algunos tropiezan con las palabras que les escriben sus asesores con la misma facilidad con la que tropiezan con las ideas que deberían defender. Los lapsus, el abuso del “coso”, del “tema”, del “aquello” o del omnipresente “cosa que”, han terminado convirtiéndose casi en los últimos vestigios involuntarios de creatividad lingüística en determinados debates parlamentarios.
Al menos aportan algo de entretenimiento. Porque, más allá de la anécdota, el problema es bastante más serio. El deterioro de la lengua suele anticipar el deterioro del pensamiento. Cuando disminuye la capacidad para construir argumentos complejos también disminuye la capacidad para comprender realidades complejas. Cuando el vocabulario se empobrece, el pensamiento se simplifica. Y cuando todo se reduce a consignas, etiquetas y descalificaciones, desaparecen los matices, la reflexión y la posibilidad misma del diálogo.
Lo preocupante es que esta forma de comunicación ha terminado por extenderse mucho más allá de los parlamentos. Las redes sociales, los medios de comunicación e incluso muchas conversaciones cotidianas reproducen cada vez con mayor frecuencia ese mismo lenguaje de confrontación permanente donde la discrepancia se interpreta como agresión y la descalificación sustituye al razonamiento.
No se trata de sentir nostalgia por las gorgueras, los bombachos o las levitas. Tampoco de idealizar un pasado que nunca fue tan brillante como solemos recordar. Se trata de reivindicar algo tan elemental como el respeto por la inteligencia propia y ajena.
La lengua no es únicamente una herramienta para comunicar. Es también una herramienta para pensar. Cuando quienes representan a la ciudadanía son incapaces de utilizarla con rigor, precisión y respeto, el problema trasciende lo lingüístico para convertirse en algo mucho más preocupante.
Si la pobreza del lenguaje que emplean ya resulta inquietante e irritante, cuesta no plantearse qué ocurrirá con la calidad de las decisiones que toman quienes lo utilizan. Y, lamentablemente, no es una ironía.
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