Opinión | Tribuna
Crueles adioses

Bárbara Lennie y Vicky Luengo en una escena de la película «Amarga Navidad», de Pedro Almodóvar. / INFORMACIÓN
De las informaciones y críticas aparecidas en los medios generales y especializados sobre «Amarga Navidad», pocas -casi ninguna- han hecho hincapié en un aspecto inusual en la filmografía de Almodóvar, y que resalta tras «La habitación de al lado»: la ruptura de una amistad entre mujeres, base de su imaginación desde que acompañaba en los pueblos de la infancia a su madre con las vecinas. Si en su largometraje inglés amplificaba la empatía entre mujeres frente al dolor de la enfermedad que surgía al final de «Volver», quizá este nuevo giro temático sea similar al que cristalizó en las escenas de Chus Lampreave en «La Flor de mi secreto» tras la decisión del personaje de Kika al final de su película homónima (la historia almodovariana con mayor intensidad de enemistad femenina).
Más allá de abanderar una autocrítica sobre la naturaleza de la ficción en sus películas, la sequía argumental de Almodóvar que anuncia durante prácticamente todo su metraje «Amarga Navidad» se desestabiliza mediante el ajuste de cuentas de Mónica (Aitana Sánchez-Gijón), la asistente de Raúl (Leonardo Sbaraglia), el cineasta inspirado en el propio Almodóvar, inmerso en una crisis creativa. Tras el choque en un café del Retiro, al que ella se arrepiente de acudir por el carácter cargado de razón de su antiguo jefe, aflora la verdad gracias al mezcal y el cineasta autoficticio encuentra de nuevo la inspiración en el agravio que infringe a su antigua amiga, que será el espíritu con el que reconstruya el personaje de la cineasta de culto, Elsa (Bárbara Lennie) y su relación con sus amigas, Patricia, la publicista (Vicky Luengo) y Natalia, la modelo (Milena Smit), a las que intenta salvar desde una posición moral superior, propia de un narcisista.
El anticipo de esa nueva película de Raúl la tenemos ante nuestros ojos y, como escribía Jaime Pena en «Caimán Cuadernos de Cine», «su personaje central (Mónica) es una consecuencia de todos los que se han ido sucediendo a lo largo del metraje», incluso Beau (Patrick Criado), el novio bombero y stripper de Elsa, o Santi (Quim Gutiérrez), el novio complacido de Raúl, contrapunto al ego que preside la vida de los cineastas retratados aquí. Aunque al breve personaje de Carmen Machi le cueste entender qué es ser cineasta de culto, y aunque el público pueda tener cierta idea, lo cierto es que la definición se va completando conforme se conoce a Elsa, que acaba interrogando con la mirada en el último plano a su creador, Raúl. Almodóvar expone en ambos cineastas ficticios las maneras de una toxicidad inesperada, el cruel reflejo a través de dos creadores, de lo que supone la manipulación fraternal, un contrapunto a la festividad de Pepi (y de Luci, Bom y de tantas otras chicas del montón) o a la libertad de Pepa en «Mujeres al borde de un ataque de nervios».
Al escribir y filmar en «Amarga Navidad», Almodóvar asume que está más cerca del adiós, del fin de una vida como él la entendía, a pesar de que siga reconociendo que en las relaciones entre mujeres nacen las historias más atractivas, como es, sin duda, la destrucción de una amistad, en la que una de las partes tiene dificultad para aceptar las críticas y la mirada de la otra parte, a la vez que juzga y culpabiliza a ésta (cuando en realidad ésta es la víctima) porque conoce como nadie sus debilidades, no en vano es una persona que necesita un validación constante de su conducta (repleta de agasajos y atenciones que nadie pidió para ejercer control que extiende hasta el hijo de la otra como una especie de tía adoptiva) y que esconde desprecio y un impedimento a ponerse en el lugar de la otra, una dominación que Almodóvar centra en los cineastas de las películas, una dentro de otra. Ni Raúl ni Elsa reconocen a Mónica y a Patricia como víctimas sino como instrumentos para crear su ficción, una realidad distorsionada, como un chisme hiriente.
En la vida, y en el cine de Almodóvar, ya no es fácil confiar en la bondad de las desconocidas, como practicaba Huma Rojo en «Todo sobre mi madre». De ahí, la importancia de recuperar esta obra, que será clave en una filmografía única, esta semana en el cine Odeón, que sigue consolidando su oferta en la ciudad.
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