Opinión | En la barra del Café Época
Tengo un problema de circulación y no es a causa del colesterol ni de los triglicéridos

Tráfico en Elche, en la zona de la rotonda de l’Aljub. / ÁXEL ÁLVAREZ
No se qué me pasa últimamente, empiezo a sospechar que alguien me ha echado mal de ojo, pues ya es casualidad, ya, que cada vez que pillo el coche me veo enredado en un atasco de dimensiones bíblicas, no te digo más que el otro día me dio tiempo a afeitarme, hacerme las uñas, depilarme las cejas y acordarme hasta la decimocuarta generación del que diseñó la rotonda de l’Aljub, todo ello sin moverme del sitio y sin salir del coche, y es que entre obras, carreras, manifestaciones y procesiones no hay quien se libre de comerse un buen atasco, como si se estuviera comiendo una milhoja.
Llevamos un tiempo que vivir en Elche no consiste simplemente en residir en una ciudad, vivir en Elche es participar diariamente en una gincana gigantesca organizada por una misteriosa combinación de obras públicas, carreras populares, procesiones religiosas, cortes de tráfico, desvíos provisionales, desvíos de los desvíos y decisiones urbanísticas cuya lógica probablemente solo sea comprensible para una civilización extraterrestre extremadamente desarrollada, los ilicitanos ya no nos desplazamos, simplemente sobrevivimos. Hubo un tiempo, cuentan los ancianos en los que cuando uno salía de casa, se subía al coche y llegaba directamente a su destino, un hecho que para la mayoría de los menores de veinte años es una leyenda popular, como lo de los unicornios o los alquileres baratos, porque actualmente desplazarse por Elche requiere una planificación logística comparable a la de una expedición al Himalaya, de tal forma que antes de salir de casa conviene revisar el estado del tráfico, las obras activas, las carreras previstas, las procesiones anunciadas, la alineación planetaria y, por precaución, consultar también un astrólogo, pues nunca se sabe, puede que la calle que ayer existía hoy ya no exista, al menos funcionalmente.
Últimamente las obras públicas merecen un capítulo propio dentro de la historia contemporánea de la ciudad, pues en otros lugares las obras son acontecimientos temporales pero aquí han pasado a formar parte del paisaje. Las obras en Elche poseen un ciclo vital fascinante: primero aparece un cartel anunciando una gran transformación urbana: el proyecto revolucionará la movilidad, mejorará la accesibilidad, modernizará el entorno, impulsará el comercio, favorecerá la sostenibilidad, probablemente también reduzca el colesterol. Los vecinos observan el cartel con la misma expresión con la que un paciente escucha a un dentista decir que "no va a notar nada", después llegan las máquinas: ruido, polvo, excavaciones, movimiento constante, parece que todo avanza a una velocidad espectacular, es una fase emocionante que dura aproximadamente con suerte una semana, a continuación comienza la etapa contemplativa: la excavadora, los conos, las vallas, los operarios, los ladrillos, todo permanece inmóvil, parado, inerte y es cuando los residentes empiezan a considerar la maquinaria parte del mobiliario urbano, y entonces surge la gran pregunta: ¿Cuándo terminan las obras? Ppregunta incorrecta, un auténtico ilicitano nunca pregunta eso porque sabe que las fechas de finalización son conceptos filosóficos, son aspiraciones, deseos.
Cuando una obra está prevista para seis meses, los vecinos traducen automáticamente: "Entre seis meses y el próximo cambio de era geológica". Y lo extraordinario es que cuando finalmente una actuación concluye, nadie la celebra, predomina una sensación de sospecha: algo no encaja, demasiada normalidad, demasiada fluidez, y efectivamente, pocas semanas después comienzan nuevas obras dos calles más allá y el equilibrio cósmico queda restablecido.
Sin embargo, sería injusto responsabilizar únicamente a las obras del caos circulatorio, porque Elche ha conseguido desarrollar otra actividad de enorme relevancia estratégica: las carreras populares.
Hay tantas carreras que algunos ciudadanos sospechan que la población local entrena en secreto para unos Juegos Olímpicos permanentes, tenemos para todos los gustos: carrera solidaria, escolar, benéfica, conmemorativa, media maratón, diez kilómetros, cinco kilómetros, carrera nocturna, carrera diurna, carrera del infierno, carrera porque sí o porque yo lo valgo. Llegados a este punto uno tiene la sensación de que si alguien inaugura una panadería, la apertura incluirá una carrera popular de doce kilómetros.
Los corredores son admirables, nada que objetar, el problema aparece cuando el ciudadano descubre que toda la ciudad ha sido reorganizada para permitir que tres mil personas corran durante una mañana mientras doscientos treinta mil intentan averiguar cómo cruzar de un barrio a otro. La situación suele desarrollarse así: uno arranca el coche, gira la primera esquina, cortada, busca una alternativa, cortada, busca otra, cortada, activa el navegador, este entra en crisis existencial, una voz metálica anuncia: Recalculando ruta, veinte minutos después: ¿Ha pensado usted en mudarse?
Si todo esto no fuera suficiente, añadan ustedes las manifestaciones o las procesiones, acontecimientos que tienen una capacidad sobrenatural para aparecer exactamente en la calle por la que uno necesita pasar, da igual la hora, da igual el recorrido, da igual la probabilidad estadística, últimamente siempre te encuentras una y uno observa cómo avanza la comitiva a una velocidad que haría parecer hiperactivo a un caracol con problemas de ansiedad, mientras tanto, el conductor contempla resignado el horizonte, acepta su destino, reflexiona sobre la vida, piensa ¡Señor, llevame pronto!, dicen que ha habido gente que ha entrado joven en una retención causada por una procesión y ha salido con hipoteca.
Pero la verdadera obra maestra, sin embargo, se produce cuando coinciden los tres fenómenos, obras, carrera y procesión, todo el mismo día, ese momento representa la perfección urbanística absoluta, es el equivalente municipal de un eclipse total, una experiencia única, irrepetible, devastadora. Las calles cerradas por las obras obligan a desviarse hacia el recorrido de la carrera, la carrera obliga a desviarse hacia la procesión, la procesión obliga a desviarse hacia otra obra, mi amigo Manolo se tiró así un mes y medio sin poder escapar.
Pero no todo este caos es negativo, pues ha aparecido una nueva profesión en nuestra ciudad, el experto en desvíos, un señor de mediana edad, con bigotillo, palillo encastrado en la comisura de los labios y chaqueta cruzada que habitualmente se encuentra apoyado a una valla, una persona capaz de explicar rutas imposibles utilizando frases como: Ya te digo yo por dónde ir, atiende, cuando llegues a la calle cortada por la obra, gira donde antes estaba la otra obra, sigue recto hasta la valla azul, no la roja, y luego rodea la procesión por detrás del paso de peatones provisional y por último tú tira a la izquierda por donde va la carrera, en un plis plas estas en casa, ¡ñas coca!
Lo cierto es que lo de circular por la ciudad se está convirtiendo en algo tan difícil como averiguar cual es el encanto de Paquirrín, puede ser, que no digo yo que no que algún día podamos volver a contemplar una ciudad sin zanjas, sin cortes, sin desvíos, sin rotondas endemoniadas y sin sorpresas circulatorias, y si esto sucede, no se lo comenten a nadie, pues si se corre la voz, la gente lo querrá celebrar por todo lo alto y no duden que son capaces de organizar una carrera popular, una procesión extraordinaria y varias obras de mejora, todo a la vez, y otra vez, vuelta a empezar. ¡Que por nadie pase!
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