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Opinión | El teleadicto

Mi primera cremà

La Cremà de las Hogueras de Alicante, en una imagen de archivo.

La Cremà de las Hogueras de Alicante, en una imagen de archivo. / Alex Domínguez

Décadas después narraría las Hogueras, sus desfiles, sus actos, en los primeros años de funcionamiento de las televisiones locales; y las cubriría para un diario provincial escribiendo hasta cuatro páginas diarias entre el 21 y el 24 de junio. Siempre me han apasionado las fiestas. Pero nunca olvidaré aquel año en que siendo muy niño me empeñé en vivir mi primera Cremà. Convenciendo a mi abuelo para que me trajese a Alicante en el tren especial que habilitaba Renfe con salida y regreso a Villena la noche del 24 de junio. Han pasado de ello casi sesenta años, pero lo recuerdo con nitidez.

Aquel ferrobús no podía ser más gris, carecía de más aire acondicionado que el que entraba por las ventanas, y su traqueteo era escandaloso. Pero yo lo veía de colores, porque me trasladaba a un lugar mágico.

¿Qué no hará un abuelo por un nieto? El mío me paseó por todo el centro de la ciudad, pero a la manera del cuento de Cenicienta, a la una en punto de la madrugada había que regresar a la estación, porque esa era la hora marcada del regreso. Con qué pena quedé mirando a la hoguera ferroviaria, que se plantaba justo a los pies de las escaleras de la estación, y todavía no había ardido. Recuerdo cómo fui pegado a la ventanilla hasta que pasamos por San Vicente y Agost, desde donde todavía se divisa el monte Benacantil. Después, Monforte, Novelda-Aspe, Monóvar-Pinoso, Elda-Petrer, Sax y la Colonia de Santa Eulalia. Al llegar a casa me refugié en unos diminutos libritos de Bruguera que mi abuelo me compró en Alicante. Esos Mortadelos y Anacletos que muchos años después me hicieron llorar el día que los encontré en un cajón.

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