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Opinión | Blog “Al otro lado”

Hogueras e independencia

“Una noche en La Cour”.

“Una noche en La Cour”. / Javier Albarracín

Era el 20 de junio de 2023. Estábamos en la plaza de los Luceros de Alicante y Oumou nunca había escuchado una mascletá. Calculé que tendría la reacción de cualquier persona que la escucha por primera vez: sorpresa y algo de susto. La reacción inmediata fue la esperada: las dos manos apretando sus oídos, como si quisiera sellarlos para siempre. Le expliqué lo mismo que nos explicaron a todos de pequeños: abre la boca, para que la presión no te reviente los tímpanos. Me miró como si le estuviera pidiendo algo absurdo. Pero lo hizo. Y ahí, con la boca abierta en medio del estruendo, acabó la mascletá aplaudiendo, a saltando y bailando al mismo ritmo que los demás.

Llevamos 98 años plantando hogueras en Alicante. Las primeras nueve se levantaron en 1928, aunque la tradición de encender fuego en el solsticio de verano viene de mucho antes. El fuego no es decoración: es un rito. Quemar lo viejo para abrir paso a lo nuevo. Ese gesto lleva con nosotros miles de años, y sigue aquí, intacto, aunque ahora venga acompañado de Les Fogueres de Sant Joan, La Manta al Coll, Paquito Chocolatero… sonando en cada esquina. Hay tradiciones que sobreviven precisamente porque tocan algo que no tiene nombre, que se hereda generación tras generación.

Cada año, Oumou participa más. Ya no es la que mira desde fuera: se mete en los pasacalles, admira los monumentos fogueriles, se hace cientos de fotos con ellos posando una y otra vez… y se entristece cuando se queman. Ha entendido que la cremà no es el final de la fiesta sino su forma de cerrarse: quemar lo inservible para continuar con lo más valioso. Eso, para alguien que viene de una cultura donde el fuego también marca el tiempo de la tierra, no necesita demasiada explicación.

A 6.000 kilómetros de aquí, en la República de Guinea, hay una fiesta que cumple una función parecida. No en las fechas, ni en la forma, pero sí en lo que significa: el momento del año en que un pueblo entero recuerda cuando volvió a empezar de cero: el 2 de octubre de 1958, Guinea se convirtió en el primer país africano en conseguir la independencia de Francia. Y lo hizo con una frase que todavía resuena: “Preferimos la pobreza en libertad, a la riqueza en esclavitud”. Fue la única colonia que dijo no al referéndum de De Gaulle. No fue un gesto sencillo: durante casi setenta años, Francia había reorganizado esa tierra a su manera, sus fronteras, su administración, su economía, la lengua en que debían aprender a leer sus hijos, algunas de sus costumbres… Ese 2 de octubre no fue solo una fecha: fue el día en que Guinea decidió que sus riendas las retomaban ellos. Por eso cada año, cuando llega ese aniversario, el peso de lo que se celebra va mucho más allá de los actos oficiales.

Hoy, la semana de la independencia va del 27 de septiembre al 3 de octubre. El día grande es el 2. Por la mañana temprano, el presidente deposita una corona de flores en la Place des Martyrs, en el distrito de Kaloum, en memoria a los mártires. Tres kilómetros después, en Le Palais du Peuple, desfilan las fuerzas armadas seguidas por representantes de las distintas etnias luciendo los trajes confeccionados para ese día —rojo, amarillo y verde, los colores de la bandera— que nunca repiten de un año para otro, y otros colectivos sociales. Luego la ciudad se suelta. Las calles se llenan con sus gentes y sus coloridos, sus trajes cuidadosamente confeccionados, y de djembés que marcan el ritmo de la fiesta. Cada etnia, Fulani, Malinké, Soussou, - las tres mayoritarias-, Mikiforé, Baga, Landouma, Yalunka, Nalou, Mmani, Soninké, Kouranko, Djalonké, Sankaran, Wassoulounké, Guerzé, Kissi, Loma, Manon, Kono, Oubi, Bassari, Koniangui, Badjaranké, Tembe, aporta lo suyo. Las familias se sientan alrededor de grandes bandejas de arroz: Riz Soussou con salsa de yuca o cacahuete, Poulet Yassa con cebolla y limón. Por las tardes, torneos de fútbol interbarrios, carreras, música. Siempre música.

Frente a una celebración milenaria, una exaltación del carácter propio, una memoria por los que lucharon por retomar las tradiciones milenarias. Una fiesta que une a un pueblo entero que, desde aquí, algunos los creemos enfrentados día y noche.

Fiestas como el Festival de pesca de Noradala, que se celebra en el pueblo de Norassoba en la Alta Guinea desde el siglo XIV, y que reúne a miles de personas para pescar colectivamente en un estanque sagrado antes de la temporada de lluvias. O la de las Danzas rituales y de máscaras en Kankan, donde los rituales colectivos van acompañados de los djembe, balafón y la salida de los cazadores tradicionales, conocidos como “Dozo” y cuyos inicios se remontan al siglo XII, no tienen la misma importancia para ellos, como la fiesta de la independencia.

Dos celebraciones totalmente distintas. La nuestra, tradición milenaria con ninguna interrupción. La de ellos, una celebración que, más que una tradición, es una exaltación del ego frente a la imposición.

Esta semana, he elegido esta foto porque, para Oumou y para mí, es la mirada de Guinea: el anciano sigue el haz de luz de aquel 2 de octubre, el hombre mira fijamente el haz de luz… esperando “algo”… la joven espera su momento pendiente del entorno que ilumina ese haz de luz.

Hay cosas que no necesitan traducción, y si hay algo que yo tengo clarísimo, es que el futuro de África… es la mujer, junto a sus hombres!! Pero llevado por ellas.

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