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Opinión | Con permiso de mi padre

Elogio del aburrimiento

Vivimos convencidos de que cada hueco de la agenda necesita ser ocupado

Elogio al aburrimiento.

Elogio al aburrimiento.

Hay un momento del verano, casi siempre después de comer, en el que los pueblos parecen contener la respiración y hasta las ciudades bajan el volumen. Las persianas están a medio bajar, las calles se vacían y hasta los perros buscan un rincón de sombra donde dejar pasar la tarde. En el pueblo solo se escucha el canto insistente de las chicharras y, de vez en cuando, el motor lejano de un tractor que regresa despacio; en la ciudad, el mismo silencio lo interrumpe el ronroneo de un aire acondicionado o el timbre distante de una bicicleta. Es una hora en la que no sucede gran cosa. Y, sin embargo, sucede casi todo.

Hace años no teníamos tanto miedo a esos ratos. Nos aburríamos con una naturalidad que hoy parece extravagante. «Mamá, me aburro», decíamos, esperando quizá una solución. La respuesta llegaba casi siempre igual: «Pues abúrrete». Y uno acababa inventando un juego, hojeando un libro cualquiera, observando las nubes o sentado en la puerta de casa viendo pasar el tiempo, que entonces caminaba mucho más despacio que ahora.

Algo se ha ido torciendo, y no ha sido el calendario.

Vivimos convencidos de que cada hueco de la agenda necesita ser ocupado. Si el sábado amanece libre, enseguida buscamos un plan. Si alguien propone una comida, otra cena y un concierto el mismo fin de semana, nos cuesta renunciar a alguno. Parece que decir «no» equivale a desperdiciar la vida. Como si la felicidad pudiera medirse por el número de actividades que somos capaces de encadenar antes del domingo por la noche.

El verano tampoco se ha librado de esa fiebre. Antes bastaba con sacar las sillas a la puerta cuando caía el sol. Hoy hay que descubrir la playa escondida, el restaurante del que todo el mundo habla, el festival imprescindible, la terraza con las mejores vistas o el pueblo que todavía «no está masificado». Y, entre un sitio y otro, fotografiarlo todo para demostrar, quizá también para demostrarnos, que estamos aprovechando las vacaciones como se espera de nosotros.

Lo curioso es que esa carrera acaba cansando más que el trabajo del que pretendíamos descansar.

No hacer nada requiere un aprendizaje. Al principio incómoda. Uno mira el reloj, el teléfono, vuelve a mirar el reloj. Tiene la impresión de que está perdiendo el tiempo. Pero, si consigue resistir unos minutos, descubre que el tiempo no se pierde: simplemente deja de perseguirnos.

Entonces aparecen las conversaciones sin prisa. El paseo sin destino. La lectura de unas páginas que no estaban previstas. El café que se alarga porque nadie tiene que marcharse corriendo. Incluso el silencio recupera una dignidad que habíamos olvidado.

Quizá el aburrimiento nunca fue un enemigo. Tal vez era el espacio donde crecían la imaginación, la paciencia y esa costumbre, hoy tan rara, de estar a solas con uno mismo sin necesidad de llenar el vacío con una pantalla o una ocupación.

No hace falta apuntarse a todos los planes. Ni aceptar todas las invitaciones. Ni convertir cada día libre en una pequeña hazaña que hay que justificar el lunes en la oficina. Tiene un nombre en inglés, FOMO, como si hiciera falta importar una palabra para algo que en los pueblos se ha llamado toda la vida «no quedarse quieto ni un domingo». También hay una forma de vivir que consiste en quedarse. En dejar que la tarde pase mientras el aire mueve despacio las hojas del árbol de la plaza y alguien riega las macetas antes de que anochezca.

Puede parecer poca cosa. Pero quizá ahí, en esas horas que nadie fotografiará ni nadie contará después en una sobremesa, siga escondido lo único que de verdad merece llamarse descanso: el que no necesita ser visto por nadie para haber ocurrido.

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