Opinión | Trazos y traviesas

Profesora
Sobre la manada, el portal y la machosfera
Se han cumplido diez años desde que cinco hombres, que se hacían llamar la manada, encerraron a una joven en un portal, la violaron, lo grabaron y lo difundieron

Los miembros de la manada en los sanfermines.
Diez años pueden dar para mucho. En diez años, una niña que en 2016 estuviera recién nacida, ahora se encamina hacia una adolescencia que cada vez llega antes. Empezará a salir con sus amigas por las tardes sin la vigilancia de la familia y, entonces, pondrán en su mano —si no lo han hecho antes— un dispositivo móvil para que esté localizada. Si vive en Pamplona, quizás incluso pida permiso para dar una vuelta en San Fermín.
La recibirán la algarabía y los pañuelos rojos. Las manchas de vino pegajosas sobre los adoquines impregnarán las suelas de sus zapatos. En algún momento, buscará el frescor de un portal abierto, ignorante de que camina las calles de una ciudad que no ha olvidado las huellas de otras noches de fiesta. El peligro de las astas de los toros atravesando su carne será infinitamente menos probable que esa amenaza que flota invisible, pero certera: la que nos insta a escribir al llegar, compartir nuestra ubicación, volver en grupo, comprar un spray de pimienta antes de los días gordos, oír pasos y fingir una llamada. Cálculos y gestos que se normalizan como hábitos, pero que no deberían condicionar más la existencia femenina.
Se han cumplido diez años desde que cinco hombres, que se hacían llamar la manada, encerraron a una joven en un portal, la violaron, lo grabaron y lo difundieron en apenas unas horas. Le robaron el móvil para dejarla aún más indefensa. Todos trabajaban en puestos relacionados con la seguridad ciudadana: ejército, guardia civil y vigilancia de seguridad. Dos, además, tenían novias formales. Todo fue parte de un plan orquestado mucho antes de la fiesta. Quizás el acceso temprano al porno y la deshumanización de las mujeres en imágenes tuvieran mucho que ver.
Primero vino el juicio público sobre ella y su conducta: la revictimización. Después, la sentencia habló de abuso, como si la joven hubiera podido defenderse. La indignación impulsada por las feministas llenó las plazas y, finalmente, se dictó sentencia: agresión sexual. A partir de ahí y con la llegada al poder de las izquierdas, la ley ha situado el consentimiento en el centro y no han sido pocos los famosos y no famosos condenados por violación. Aunque, de haber sido más rigurosos en la redacción, no habrían salido en libertad antiguos presos por esta causa.
Pero el derecho penal por sí solo no cambia la cultura. La pregunta es si esa niña que hoy comienza a vivir la ciudad tiene más garantías de no ser violada que las que tuvo la víctima de la manada cuando ella era una bebé. A la luz de los datos, ese portal navarro sigue siendo una herida abierta, un espejo que no ha dejado de reflejar la realidad social. La machosfera ha encontrado en los algoritmos el altavoz perfecto para construir comunidad sobre el desprecio hacia las mujeres y disfrazar a los machistas más agresivos de rebeldes grandilocuentes.
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