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Opinión | El indignado burgués

El caloret y la privatización de las calles

Una camarera atendiendo la terraza de un restaurante en una imagen de archivo.

Una camarera atendiendo la terraza de un restaurante en una imagen de archivo. / AXEL ALVAREZ

Decía Dalí: “Picasso es pintor. Yo también. Picasso es español. Yo también. Picasso es comunista. Yo tampoco”. Eso me pasa a mí con la fiesta: yo tampoco. Hay gente que es festera y otros que no lo somos ni para disimular. Seguramente son más los que sí que los que no, por lo que, como demócrata, me aguanto con la decisión de la mayoría y si ellos escogen fiesta, pues que le vamos a hacer. Pero una cosa es aceptar los inconvenientes y otra que se privatice el espacio de todos en beneficio de unos cuantos, por muchos que sean.

Tampoco soy amante de las terracitas al aire libre. Es más, no me gusta comer en la calle ni aquí ni en Estambul ni en una isla semidesértica del Caribe. Pienso que la comida es una actividad poco respetable que debe desarrollarse en la intimidad o en espacios reducidos y privados. Vamos, que no me gusta ver ni que me vean, si es posible. Pero, sin duda, muchos de ustedes matan por las terrazas y las cervecitas en plena vía pública, y como seguramente son más que los terrazofóbicos, también me aguanto.

El calor me molesta como si hubieran encendido las calderas de Pedro Botero para fastidiarme personalmente. Ni que dudar tiene que el verano no es mi estación favorita, ni siquiera mi tercera estación favorita. Es el movimiento que menos me gusta de “Las cuatro estaciones” de Vivaldi y me pone a cien que los terraplanistas del cambio climático digan que en España siempre ha hecho calor en verano. Pues claro, algunos días, pero yo he veraneado siempre en el norte cuando era pequeño y mi madre nos llevaba con rebequita. Ponte ahora en San Sebastián o en Gijón una rebequita…

Juntar verano, calor y fiestas es nombrar la santa trinidad de mis demonios familiares. Pero no iba a escribir de mis manías, algo inevitable para un columnista vano y superficial como el que firma ahí arriba, sino de asuntos serios como la privatización de la calle.

Es verdad que Fraga vociferó: “La calle es mía” tras reprimir brutalmente manifestaciones después de la muerte de Franco, y la mayoría de los alcaldes decidieron caminar por la misma vía. Verdad es que unos querían frenar la libertad y otros ven en esa libertad de ocupar la calle una fuente inagotable de dinerito. A uno y a otros les importaba una higa que la calle sea de todos, que es como decir que no es de nadie.

Cualquier ciudad, incluso muchos pueblos, ha convertido sus aceras en bares. Una ciudad como Alicante ha privatizado las avenidas, calles y paseos en Hogueras, con el aplauso municipal (dinero a la buchaca), de los hosteleros (más dinero a la buchaca), de los festeros (hombre, son Hogueras y todo está permitido) y de los turistas (mucho menos dinero en sus cuentas corrientes al precio que va el bocadillo de salchichas con cerveza caliente). No hay por dónde cogerlo que la Explanada, el lugar representativo de la ciudad, lo que los antiguos llamaban un salón urbano, haya sido vallada de principio a fin para vender pinchos y poner chunda-chunda con los decibelios a tope.

Vale, es una semana y siete días pasan volando. Pues no, porque lo importante es el detalle, no la duración del hecho. En todo caso bien estaría si solo en fiestas se ocuparan las aceras, pero desgraciadamente es todo el año y en todas partes, hasta tal punto que cuesta atravesar algunas calles del centro y no daré nombres porque todos las conocen y probablemente, como yo, las evitan.

Sinceramente, no veo un motivo por el que los ayuntamientos dejan que los bares y restaurantes se extiendan por las aceras, cuando tienen, o deberían tener, un espacio interior para atender a sus clientes. Ah, ¿que es más barato alquilar el espacio al ayuntamiento que al propietario del local? Pues claro, pero con esa regla de tres cualquiera se bajaría a la calle la cama, dos mesillas, el sofá y la tele y se evitaría pagar al casero, además de ampliar su espacio vital casi por la cara. ¿Qué al ayuntamiento le pagan un montón las terrazas? Vale, y de ese pastizal ¿cuánto repercute en el vecino del primero que sufre a diario la vesania de esas voces, risotadas y entrechocar de cristales que no cesan?

Me temo que expulsar de las ciudades a sus habitantes, escogiendo el camino fácil del ocio más o menos barato, no es rentable a la larga. Nuestros núcleos urbanos son inhóspitos e inhabitables excepto para los que vienen de fuera, que están un rato y les da igual lo que dejan a sus espaldas. Primero echan del centro a los lugareños, después consiguen que los que ya están fuera no vuelvan ni por casualidad y finalmente hacen del núcleo histórico un parque temático, tan de plástico como todos.

Pero mientras funcione la gallina de los huevos de oro (para algunos), las incomodidades (de todos) se dan por bien empleadas. Y desde luego nada de tasa turística, no vaya a ser que el turista se vaya a Praga, a Paris o a Barcelona (si no fuera porque allí la tasa se paga religiosamente). Luego se extrañarán de que la turismofobia se esté convirtiendo en religión…

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