Opinión | Tribuna

Arquitecta
Dale a la parada, que me bajo
Me bajo no porque renuncie a cambiar este sistema desigual. Me bajo para ir andando, despacio; para preguntarme cómo hemos llegado hasta aquí. Para tener la oportunidad de retroceder si hace falta, de buscar otro autobús que no esté condenado a estrellarse

El barrio de la Font Dolça, en una imagen de archivo / JUANI RUZ
Hace poco se hacía viral cómo una multimillonaria, en las playas de Málaga, utilizaba un helicóptero para trasladar al personal de servicio y cocina desde un barco hasta su yate privado. En términos de emisiones, un solo traslado para servir un desayuno puede equivaler al consumo energético mensual de un hogar. Un hogar que, en el caso de Málaga, ni siquiera está garantizado, aunque tengas trabajo. Una ciudad donde una de cada tres personas se encuentra en riesgo de pobreza o exclusión social.
Pero normalizar la precariedad de quienes sostienen la vida cotidiana no es exclusivo de Málaga. En la Comunitat Valenciana, cerca del 30 % de la población se encuentra en riesgo de pobreza o exclusión. Lo más doloroso es comprobar cómo, una vez más, los discursos de odio desvían la culpa hacia colectivos que apenas influyen en el problema de fondo.
Por otro lado, ese mismo discurso suele ir acompañado de la defensa, a capa y espada, de un estilo de vida que convierte la acumulación sin límites en un ideal de éxito, aunque ese éxito se sostenga sobre desigualdades y atrocidades perfectamente evitables. Y sobre un desayuno con una huella de carbono de 100kg de CO2.
Y entonces, yo me pregunto: ¿cuándo es la siguiente parada para bajarme?
Pero me bajo no porque renuncie a cambiar este sistema desigual. Me bajo para ir andando, despacio; para preguntarme cómo hemos llegado hasta aquí. Para tener la oportunidad de retroceder si hace falta, de buscar otro autobús que no esté condenado a estrellarse. Y os invito a bajaros conmigo: a dejar de buscar respuestas rápidas y simplistas; vacías de contenido y llenas de odio. A aceptar la complejidad del problema. A entender que nuestro Estado democrático sostiene una balanza que se equilibra entre atraer grandes inversiones de capital que generan riqueza “macro” y mantener un sistema de derechos que garantice la vida digna y la economía “micro”. Pero ojo, ahí mi reflexión de transeúnte: no confundir el crecimiento económico con el bienestar social.
Quizá esa sea la cavilación que merece el Día Mundial de la Población. No tanto preguntarnos cuántos somos, sino qué tipo de sociedad estamos construyendo y qué vínculos queremos fortalecer. Porque el verdadero desafío no consiste únicamente en imaginar un futuro mejor para cada individuo, sino en reconocer que nuestras vidas están inevitablemente unidas a las de los demás.
Y ese cambio de mirada no se construye sólo desde las instituciones, sino en lo cotidiano. En la Comunitat Valenciana hay personas y organizaciones que llevan años demostrando que otra forma de hacer las cosas es posible. En Fundación por la Justicia lo vemos cada día: acompañando a quienes más dificultades encuentran para ejercer sus derechos, promoviendo una justicia social que ponga la dignidad de las personas en el centro y generando espacios de encuentro donde la comunidad deja de ser una idea para convertirse en una práctica.
Como escribió Ruth Wilson Gilmore, la dependencia mutua es una de las formas más radicales de la existencia humana. Y cuando entendemos que cuidar de la comunidad es también cuidarnos a nosotras mismas, dejamos de ser únicamente población para convertirnos, de una vez, en ciudadanía.
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