Opinión | Esto no es un cuaderno
Sin chiringuitos

Chiringuito cerrado a falta de los últimos permisos en Arenales, en una imagen de esta semana. / Héctor Fuentes
"Yo tengo un chiringuito
a orilla de la playa.
Lo tengo muy bonito
y espero que tú vayas".
El chiringuito (1988), canción de Georgie Dann.
Me dispongo a dar una caminata por la vora de la mar bajo la achicharrante solanera, apenas mitigada por una suave pero reconfortante brisa, entre efluvios de bronceadores, sorteando niños enfrascados en sus proyectos arquitectónicos con arena y grupos de adultos de charleta en plena zona deambulatoria. Recorro media playa de Arenales y la del Carabassí, y llego a las rocas, que marcan el punto de regreso, tras los últimos vestigios de lo que a comienzos de la década de 1980 se convirtió en el primer enclave nudista del litoral ilicitano.
Tras tan larga y sofocante caminata sentí la necesidad de hidratarme (por dentro, que por fuera ya me había zambullido varias veces en las refrescantes aguas) y emprendí el regreso en busca de un chiringuito salvador que, como un oasis en el desierto, me ofreciera libaciones para apaciguar mi sed y sombra para sosegar mi espíritu. Pero por mucho que desandara mi caminata, mirando en derredor compulsivamente, no encontraba vestigio alguno de tan imprescindibles instalaciones hosteleras playeras. Ni rastro en todo El Carabassí de los establecimientos existentes otros años, ni zonas de hamacas, ni nada.
Seguí mi exploración costera por Arenales Sur y res de res. Ni un chiringuito a la vista. Empeñado en llegar hasta el fondo del enigmático asunto, atravesé la zona urbana y seguí hacia el norte. Nada más dejar atrás los edificios, encontré una casita blanca junto a las dunas y me dije, hombre, parece que aquí por fin hay uno. Mi gozo en un pozo: estaba cerrado a cal y canto y a medio montar. Seguí, al borde de la deshidratación y de mis fuerzas (estábamos en temperaturas récord) hasta llegar al límite municipal en la playa de El Altet, y el misterio de los chiringuitos desaparecidos continuaba irresoluto. Pregunté por el camino a socorristas y bañistas y, aunque se mostraron tan extrañados como yo, no supieron darme razón. ¿Cómo se puede presumir de banderas azules y no tener chiringuitos?, se quejaba alguno. La pregunta quedó sin respuesta, flotando en la salitre calima.
Y es que los chiringuitos constituyen una seña de identidad de las playas españolas, además de un servicio esencial que repercute positivamente en la salud de la población, favoreciendo no solo la hidratación sino también el aporte de nutrientes en forma de vitaminas, hidratos de carbono, minerales y antioxidantes de la cerveza –aunque sin abusar, porque también suele llevar alcohol- y de proteínas de alta calidad, grasas saludables y omega-3 de las sardinas a la plancha. Además de fomentar la relación social en torno a una mesa sobre la arena o en la barra.
Las playas de Elche, por sus características al estar constituidas en su mayor parte por litoral virgen, con sus ventajas naturales pero también con las limitaciones que ello acarrea a la hora de aprobar instalaciones de este tipo, no han tenido una tradición muy dilatada de chiringuitos. Ha sido en las últimas décadas cuando han proliferado, y siempre con limitaciones en su número y servicios, por lo que eran frecuentes los desencuentros entre el Ayuntamiento y el servicio territorial de Costas, que autoriza su implantación en suelo de dominio público.
Durante el mandato del alcalde socialista Alejandro Soler (2007-11) se produjo una de estas situaciones, al no permitirse a los puestos playeros ilicitanos servir alimentos que requiriesen manipulación (todo lo más pizzas congeladas al microondas) por no cumplir determinados requisitos. La concejal de Turismo de entonces, la aguerrida Encarna Marco (1948-2022), harta de lo que consideraba una intolerable discriminación, se plantó en el despacho del responsable provincial de Costas y le espetó algo así como «¡Por mis coj… que si los chiringuitos de la playa de San Juan sirven sardinas, los de Elche también servirán sardinas!». Ese verano hubo sardinas en las playas ilicitanas (al menos de manera testimonial).
Según explican desde el gobierno municipal, no habrá chiringuitos operativos en las playas ilicitanas hasta la segunda quincena de este mes, cuando haya pasado ya casi media temporada estival. La edil de Turismo, Irene Ruiz, argumenta que se ha juntado la caducidad de la anterior concesión por tres años con nuevos requerimientos por parte de Costas, lo que ha retrasado la licitación de los nueve chiringuitos que se instalarán en el litoral. Vale, pero conociendo de antemano que la concesión estaba caducada y teniendo sobrada constancia de lo pejigueros que son en el Servicio Provincial de Costas, unido al atasco que suele padecer el área municipal de Contratación, habrá quien se pregunte si tal vez no hubiera sido una buena idea poner en marcha todo el proceso con mucha más antelación de lo que se ha hecho. Tal vez.
Esperamos ansiosos el día en que el alcalde, Pablo Ruz, nos deleite con el correspondiente reel recorriendo los recién abiertos chiringuitos, señal de que todo habrá vuelto a la normalidad (excepto alguna cosa). Hay ya banderas azules, socorristas y policía costera, pero hasta que abran los puestos de comida y bebida en la arena, la primera autoridad local no podrá dar por inaugurado oficialmente el veraneo en las playas ilicitanas (no estaría de más que pagara unas rondas a los bañistas presentes por las molestias causadas). Ánimo.
Mientras ese esperado momento llega, más hacia el interior del término municipal Ruz sigue transmitiendo la sensación de tenerlo todo controlado (incluidos a sus socios de Vox, pese a algún que otro zasca del indómito Samuel Ruiz). Da la impresión de que la continuación de la Ronda Sur, la obra del Mercado Central o la solución al congestionado tráfico de la rotonda de L’Aljub son acontecimientos que suceden con el solo aliento de la primera autoridad local. Así lo transmite el alcalde cada vez que habla con la determinación que le caracteriza en los plenos, comparecencias públicas u omnipresentes reels. Es una virtud que hay que reconocerle (menos los de siempre).
Incluso el líder de la oposición y candidato in pectore socialista, Héctor Díez, parece haber sucumbido (al menos momentáneamente) al hechizo. Lo hemos visto proclamar en uno de sus cada vez más frecuentes vídeos que «las cosas bien hechas hay que reconocerlas», refiriéndose a la nueva pasarela de Altabix, al pabellón deportivo inclusivo, a los nuevos colegios Les Arrels y Virgen de la Luz o al centro social de San Antón. Obras ejecutadas y/o inauguradas en el actual mandato del bipartito local PP-Vox. Ejemplos, añade Díez, de política útil al servicio de la ciudadanía. Lo que es bueno para Elche es bueno para todos, concluye, mostrando verdadero convencimiento.
Pero, ¿no estaremos ante un deepfake, uno de esos vídeos falsos generados por la IA? ¿Es realmente el aspirante socialista a desbancar a Ruz de la Alcaldía elogiando el trabajo de su némesis política? ¿Sufriría acaso una insolación con tanto ir y venir sin gorra de un sitio a otro para grabar el reel? Es cierto que Díez destaca que todos esos proyectos se iniciaron en época del anterior gobierno PSOE-Compromís, del que él mismo formaba parte, y en circunstancias normales el hecho de que se alegre de su culminación en beneficio de todos sonaría razonable y lógico. Sin embargo, las cosas están como están, y al enemigo, ni agua con litines. ¿Veremos una reacción de similar gratitud por parte de Ruz por los proyectos que sus antecesores dejaron encarrilados para que él los inaugure ahora? Apuesten.
En fin, voy a coger la nevera portátil y a instalarme bajo la sombrilla a esperar que abran los chiringuitos, mientras leo Ética demostrada según el orden geométrico (1677) de Spinoza (en latín, por supuesto). Feliz verano.
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