Opinión | En la barra del Café Época
La siesta 4 - el tardeo en Fiestas 0

Ambiente en el Paseo de la Estación en las Fiestas de Elche, en una imagen de archivo. / ÁXEL ÁLVAREZ
No sé si a ustedes les pasa o solo es cosa mía, pero hay días en los que uno sale de casa con la sana intención de resolver un pequeño problema y termina cuestionándose el funcionamiento mismo del universo. El pasado viernes decidí acometer una de esas gestas reservadas únicamente para personas de gran fortaleza física y espiritual: conseguir una cita con el médico de cabecera, ya que la aplicación de la Conselleria de Sanidad, esa maravilla tecnológica diseñada, al parecer, por el mismo ingeniero que programó el acceso al Área 51, lleva semanas respondiendo con un educado pero firme «no hay citas disponibles», una frase que, con el tiempo, adquiere la categoría de filosofía existencial, así que opté por el método tradicional: acudir personalmente al centro de salud, y para que contarles, ¡ñas coca!, tras más de cuarenta minutos de cola frente al mostrador de admisión, comprendí que aquello no era un centro sanitario sino una experiencia inmersiva sobre la paciencia humana que recordaba más a la antesala del juicio final que a una consulta médica.
Cuando por fin llegó mi turno, hice una genuflexión respetuosa sobre el mostrador dispuesto a demostrar que era digno del inmenso privilegio de aspirar a una cita médica y ya les digo yo a ustedes que, con el tiempo que estuve esperando, si hubiera hecho falta recitar las Cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio, lo habría hecho en gallego medieval y con acompañamiento de zanfona. Superado ese primer nivel, lo cual ya es un logro como subir al Everest, el administrativo me envió a una sala denominada de triaje, pero que a mí me pareció más una de interrogatorios, donde había una señora vestida completamente de azul, con un moño perfectamente ensamblado, que reunía la autoridad de la señorita Rottenmeier, la eficiencia de un controlador aéreo y la capacidad intimidatoria de un inspector de Hacienda, y después de responder preguntas sobre síntomas, antecedentes familiares, el color aproximado de mi alma y, creo recordar, la alineación del Elche Club de Fútbol de la temporada 1983-1984, llegó el momento culminante: tiene usted cita... Para finales de agosto. Sentí una emoción difícil de describir… Pero telefónica, añadió. ¡La Virgen del Amor Hermoso!, exclamé involuntariamente, la funcionaria, sin apenas mover un músculo facial, añadió: «No me mire usted así, que todavía se la anulo». Ante semejante demostración de poder administrativo, reaccioné como correspondía: me disculpe por el atrevimiento, le besé la mano, hice una reverencia digna de un cortesano del siglo XVII y abandoné el edificio implorando a San Pantaleón, patrón de los médicos, que aquello que me ocurría decidiera esperar pacientemente hasta que llegara mi turno, porque como tuviera prisa, estaba perdido.
Con semejante descarga de adrenalina necesitaba un café, me senté en la terraza del bar de enfrente y, mientras intentaba recuperar la tensión arterial, leí una noticia que me dejó completamente desorientado: «La Junta de Gobierno Local había decidido que este año los racós, cuartelillos y barracas deberán cerrar entre las cinco y las ocho de la tarde durante las Fiestas de Agosto».
En ese momento recordé que quienes hoy gobiernan el Ayuntamiento y han adoptado esa decisión, cuando estaban en la oposición, defendían exactamente lo contrario. Entonces sostenían que, para convertir las fiestas patronales en un verdadero motor para el comercio local, era imprescindible flexibilizar los horarios, favoreciendo así la actividad económica, atrayendo visitantes y permitiendo que bares y restaurantes aprovecharan al máximo unos días tan señalados. «Qué jodida es la hemeroteca», pensé, la tipa no tiene compasión, posee una memoria extraordinaria y tiene una virtud aún mayor: nunca necesita echarse la siesta.
Ahora, sin embargo, parece ser que el planteamiento de los que mandan ha cambiado, haciendo valer el dicho aquel de que una cosa es predicar y otra dar trigo, de tal forma que en Fiestas, entre las cinco y las ocho de la tarde, se impone el silencio administrativo... Y festivo. La explicación oficial es perfectamente respetable: proteger el descanso de los vecinos. Hasta aquí, nada que objetar, descansar es maravilloso, dormir la siesta forma parte del patrimonio inmaterial mediterráneo y probablemente debería ser candidata a Patrimonio de la Humanidad. Lo sorprendente aparece cuando uno sigue leyendo, porque, mientras se protege con enorme celo el descanso vespertino, por la noche las barracas, racós y cuartelillos continúan funcionando hasta altas horas de la madrugada. Para que nos entendamos, entre las cinco y las ocho el silencio es prácticamente un derecho fundamental, a partir de medianoche, en cambio, parece que el sueño entra en una especie de excedencia voluntaria y la lógica jurídica adquiere entonces dimensiones cuánticas.
Según la teoría de los mandamases municipales, durante tres horas el ruido es insoportable, durante las siguientes seis o siete parece convertirse en una agradable melodía ambiental, debe de existir alguna ley física que desconozco que explique cómo los decibelios molestan muchísimo a las seis de la tarde, pero desarrollan un carácter simpático cuando el reloj marca las cuatro de la madrugada. Quizá sea el mismo fenómeno que provoca que durante las Fiestas la legislación sobre contaminación acústica entre en una especie de limbo normativo del que luego reaparece milagrosamente cuando termina la última bombá del castillo de fuegos artificiales del día 15 de agosto.
Y ahí surge la gran pregunta: si durante las fiestas se flexibilizan –como es habitual– muchas limitaciones derivadas del ruido porque se entiende que estamos ante unos días excepcionales, ¿qué lógica tiene convertir precisamente el tardeo en el gran enemigo del descanso vecinal? Resulta complicado entender que el vecino pueda dormir plácidamente con una orquesta terminando de madrugada, pero vea amenazada seriamente su estabilidad emocional por una cerveza a las seis de la tarde. Quizá el verdadero problema sea que la siesta tiene un departamento de comunicación infinitamente mejor organizado que el tardeo, porque lo cierto es que pocas imágenes representan mejor el verano español que una terraza llena de gente compartiendo conversación, un café, una cerveza o una tapa mientras el calor empieza lentamente a dar tregua. No parece precisamente el escenario de una invasión bárbara. En cualquier caso, siempre es reconfortante comprobar que la Administración continúa siendo capaz de sorprendernos, cuando uno cree haberlo visto todo, descubre que las fiestas pueden suspender parcialmente el ruido... Pero no la siesta, y eso tiene mérito, muchísimo mérito.
Y es que hay batallas que nacen perdidas. Intentar enfrentar el tardeo con la siesta es como organizar un combate entre un flotador de playa y un portaaviones, el resultado está escrito antes de que suene la campana, porque el tardeo podrá tener música, cerveza fría, tapas, amigos, risas y hasta un DJ empeñado en convencernos de que todavía tenemos veinte años, cuando la mayoría no vuelven a cumplir los cincuenta, pero enfrente tiene al rival más poderoso que ha conocido la civilización mediterránea: la siesta, la cual no necesita campañas publicitarias, ni concejalías que la promocionen, ni carteles anunciadores, nunca ha organizado un festival, jamás ha patrocinado una orquesta y, sin embargo, lleva siglos ganando elecciones por mayoría absoluta, sin distinguir entre ideologías, clases sociales ni edades, da igual que uno sea empresario, funcionario, albañil o catedrático, después de una buena comida de agosto, todos terminamos militando en el Partido Nacional de la Persiana Bajada.
La historia está llena de grandes derrotas: Waterloo, Trafalgar, la Armada Invencible... Pues bien, desde este verano habrá que añadir otra más: el tardeo en Fiestas contra la siesta, y es que era una guerra imposible de ganar, porque mientras el tardeo necesita que la gente salga de casa, la siesta solo exige un sofá, un sillón o, en casos extremos, una silla de plástico de terraza. Es un movimiento silencioso, perfectamente organizado y con millones de simpatizantes que bostezan al unísono cada tarde. No nos engañemos, en este país no manda el reloj, manda el bostezo, y cuando la siesta levanta la mano, hasta las fiestas patronales piden permiso. El tardeo podrá volver el año que viene. La siesta, en cambio, jamás se ha ido, lleva siglos gobernando España sin presentarse a unas elecciones y, visto lo visto, seguirá haciéndolo muchos siglos más.
Así que este agosto ya saben cómo queda el reglamento: de cinco a ocho, silencio, persianas bajadas, abanico en una mano, ventilador apuntando directamente al rostro, y los más militantes: pijama, orinal y a la cama, después, cuando caiga la noche, podrán volver las charangas, los altavoces, las orquestas, las canciones como El Serrucho, El tiburón o La mayonesa, repetidas hasta la saciedad y ese volumen capaz de hacer vibrar hasta las macetas del balcón, porque, al parecer, el sueño de los vecinos tiene horario de oficina, y la siesta, este año, ha ganado la liga por goleada: Resultado final: la siesta 4 - el tardeo en Fiestas 0.
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