Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión | Centra, que remato

Hay que dejarse ganar

Lamine Yamal durante el partido ante Francia

Lamine Yamal durante el partido ante Francia / EFE

Sábado dieciocho, de buena mañana. Llevo tres días alucinado, sin casi dormr, echando mano de cafeína, dexidrina y todo tipo de estupefacientes que me den fuerza para pensar cómo hacemos frente toda la parafernalia desatada por esos locos argentinos que no paran de intimidarnos y mostrarnos su superioridad moral futbolística (“ustedes sigan haciendo jamones, que ya estamos nosotros para producir futbolistas”, me grita un grandote con barba lleno de tatuajes con la cara de Maradona, desde Tiktok). Y es que están locos estos argentinos. Y a un loco (y no digamos a millones) ni se le gana, ni se le convence. Lo que sí se le puede hacer es desconcertarle, enseñarle un poquito algo que le permita rasgar la cordura, que le haga intuir que la razón existe.

Maradona implantó el populismo futbolero desde su aparición a finales de los setenta. Lento pero seguro, partiendo de un lodazal mísero como Villafiorito, con el tiempo se sentó a tomar ron con Fidel Castro y margaritas con el comandante Chávez. Entre medias, ganó un mundial, dos scudettos con el Nápoles, y marcó la madre de todos los goles, diez segundos perfectos que le convirtieron en el autor de uno de los hitos sociales del siglo XX. Diez segundos inauditos que aún hoy, cuarenta años más tarde, ni siquiera se pueden imitar en la “play station”. A partir de ahí, igual que los judíos saben que son el pueblo elegido por Yahvé, los argentinos creen que el fútbol lo inventaron ellos hace dos mil años, si no antes. Y además, qué más da todo: en el mundial de 2010, con Maradona de entrenador, les tocó Alemania en cuartos. Iban tan sobrados los argentinos que en una rueda de prensa previa al partido no se le ocurrió otra cosa al “pibe” que decir “¿Qué te pasa Schweisteiger? ¿Estás nervioso?”. Los de Schweisteiger le metieron cuatro cero. La racionalidad diría que lloverían las críticas y volarían chuzos de punta, pero quién dijo miedo: la selección argentina fue recibida por más de veinte mil personas haciendo volar sus bufandas al grito de “el Diego no se va”.

Así que, ¿qué hacer? ¿cómo enfocar esto mañana? La épica, la lírica y la metafísica están de su parte. El relato lo manejarán ellos, tanto si ganan como si pierden. Frente a esa pandilla de macarras con los ojos inyectados en sangre que les hace parecer como poseídos, la selección española parece un grupito de niños bien educados que están de viaje en Estados Unidos para aprender inglés. Pero ¡si no hacemos faltas, ni discutimos al árbitro! Cubarsí, Del Olmo, Fabián, Oyarzábal. Daríamos una mano para que cualquiera de estos fuera nuestro yerno, algún día y en algún altar. Pero Lautaro, Macallister, Enzo, Tagliafico: ¿qué haríamos si nos los cruzamos en un callejón?

Por eso vuelvo al principio: la única manera que tenemos de ganar este partido es dejándonos perder. Eliminando la dramaturgia Y desde el minuto uno. Que Cucurella salga con el pelo rapado y que se le olvide correr. Que Rodri falle por lo menos dos pases, y conscientemente. Que Porro se equivoque y nos meta tres goles en propia puerta. Que Laporte deje cabecear a Messi en nuestra área pequeña y sin necesidad de saltar. 0-7 a los veinte minutos y todo se habrá desinflado. Ni épica, ni lírica, ni metafísica. Nadie celebrará una victoria tan facilona. Nadie recordará este partido. Y ningún argentino grandote y barbudo me podrá gritar que no sirvo para otra cosa que hacer jamones. Pues así llevo tres días, cercano al delirio. Árbitro, la hora, o no respondo de mí.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents