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Las lecciones del 18 de julio

La «Cruz de los Caídos» de Monforte delCid hace apología del golpe de Estado franquista del 18 de julio de 1936.

La «Cruz de los Caídos» de Monforte delCid hace apología del golpe de Estado franquista del 18 de julio de 1936. / Áxel Álvarez

La reciente inscripción como partido político de Núcleo Nacional, una organización de inspiración neonazi, y el crecimiento que las últimas encuestas atribuyen al partido ultranacionalista catalán Aliança Catalana responden a realidades distintas, pero comparten un mismo trasfondo. Ambos reflejan la reaparición de discursos ultranacionalistas y excluyentes que parecían residuales en España hace apenas diez años. Estas noticias coinciden con el noventa aniversario del golpe militar contra la Segunda República, iniciado el 18 de julio de 1936.

Se trata de una fecha que no invita a la conmemoración, pero sí a la reflexión, estimulada por estos últimos datos. Quienes hemos dedicado nuestra vida a estudiar aquel período sabemos que las democracias empiezan a perderse mucho antes de que alguien consiga derribarlas. Por eso, el golpe de Estado de 1936 hay que entenderlo como el desenlace de un largo proceso de deterioro democrático, del que se desprenden algunas lecciones que considero muy útiles para comprender nuestro presente.

La primera lección tiene que ver con la fragilidad de las democracias. Ninguna desaparece de un día para otro. Antes, se deteriora la confianza en las instituciones, se deslegitima al adversario y se extiende la idea de que las reglas comunes dejan de ser el marco aceptado para resolver los conflictos políticos. Eso ocurrió durante la Segunda República. El golpe militar del 18 de julio fue la culminación de un proceso en el que una parte significativa de la derecha dejó de reconocer la legitimidad del régimen republicano y decidió acabar con él por la fuerza. Salvando todas las distancias históricas, conviene recordar que la deslegitimación del adversario sigue formando parte del lenguaje político cuando, por ejemplo, un gobierno elegido en las urnas es presentado como ilegítimo. Las democracias empiezan a erosionarse cuando deja de reconocerse la legitimidad de las reglas compartidas, aunque las discrepancias políticas sean profundas.

La segunda lección tiene que ver con el miedo. Durante los años treinta, una parte de la derecha presentó la República como la antesala de una revolución que acabaría con la religión, la propiedad y el orden social. Ese miedo, alimentado de forma sistemática, ayudó a justificar el rechazo de las reglas democráticas. También hoy proliferan discursos que magnifican amenazas y ofrecen respuestas simples a problemas complejos. El miedo rara vez ayuda a comprender la realidad, simplemente la simplifica.

La tercera lección tiene que ver con el valor de la verdad. La propaganda fue uno de los principales instrumentos de los totalitarismos europeos del siglo XX. En España, durante la Guerra Civil, los rebeldes deshumanizaron al adversario y justificaron el uso de la violencia, y después, el franquismo convirtió el golpe militar en una supuesta Cruzada de Liberación Nacional. Hoy las tecnologías han cambiado, pero no el problema. Cuando los hechos importan menos que las emociones, los bulos circulan más deprisa que las rectificaciones y la verdad deja de ser un valor compartido, la democracia pierde el terreno común sobre el que puede sostenerse el lógico desacuerdo, que es cambiado por la riña, los insultos y el odio al que no piensa igual.

La cuarta lección tiene que ver con la normalización de las culturas políticas antidemocráticas. Lo que ahora reaparece no son tanto las camisas negras ni los uniformes de otro tiempo, sino determinadas ideas, como el nacionalismo excluyente, la búsqueda permanente de enemigos interiores, la desconfianza hacia el pluralismo, la nostalgia de un pasado idealizado, el cuestionamiento de derechos conquistados o la identificación de inmigrantes y minorías como responsables de los problemas colectivos. Ninguna de estas ideas define por sí sola el fascismo, pero todas formaron parte de la cultura política que hizo posible su expansión. Las democracias no suelen perderse cuando los autoritarios llegan al poder, sino que empiezan a debilitarse cuando sus ideas dejan de parecernos incompatibles con la convivencia democrática.

La quinta lección tiene que ver con los ciudadanos. Ninguna democracia puede sostenerse solo sobre sus instituciones, sino que necesita una ciudadanía formada y capaz de distinguir entre el pluralismo democrático y los discursos que cuestionan sus fundamentos. Por eso, el mayor triunfo de las culturas autoritarias no consiste solo en conquistar el poder, sino en conseguir que sus ideas dejen de parecernos peligrosas.

No oculto que esta reflexión tiene también una raíz personal. La Guerra Civil atravesó mi familia. Perdí a mis dos abuelos, cada uno desde una realidad distinta. Mis padres quedaron huérfanos siendo apenas unos niños y aprendieron a salir adelante en una durísima posguerra marcada por el hambre, las privaciones y el silencio. Crecí escuchando esos silencios y comprendiendo que la Historia habla de personas concretas y de las consecuencias de las decisiones políticas. Quizá por eso nunca he entendido el estudio del golpe de Estado, de la Guerra Civil o de la dictadura como un ejercicio para alimentar enfrentamientos, sino para comprender cómo una democracia puede dejar de serlo e identificar, antes de que sea demasiado tarde, ideas que la Historia ya demostró adónde conducen. Y entre ellas hay una idea principal que suelo señalar: la democracia fue una conquista, pero ninguna generación tiene garantizado conservarla.

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